Los Investigadores de Arkham Horror

Parece que ArkhamHorror.com se ha decidido a publicar en su web las historias de los investigadores que no tienen historia disponible en alguno de los otros medios donde se publicaron. Ya sea en el libro Investigators of Arkham Horror, tanto la primera edición como la segunda (que añadió más investigadores como Alessandra Zorzi) o ya sea en el Deluxe Rulebook de Arkham Horror 3ªEd (donde aparecieron por primera vez las historias de Daniela y Calvin). Me parece un acierto 100% y ya que parece que FFG España no está por la labor de meter presupuesto a esto para traducirlo, lo hacemos nosotros.

Winifred Habbamock – La aviadora

11 de julio de 1924
Sigo subiendo por la costa. A mi pelo no le sienta bien la sal; tengo que llevar la gorra de vuelo puesta después de los espectáculos porque sin ella parezco una pordiosera. Pero, por el lado bueno, la asistencia a los shows ha sido de lo más decente.

Por lo visto, el Circo Aéreo Bernard Dexter tiene cierto nombre por aquí, pero en mi defensa, no sabía que el Viejo Dexy era de esta zona. Supongo que tiene familia por aquí, pero cada vez que lo menciono pone una cara como si hubiera mordido un limón, así que, por supuesto, me aseguro de mencionarlo siempre que puedo.
Las cifras del espectáculo han sido sólidas, y espero que Poppy se olvide de la apuesta que hicimos sobre eso, porque mi bolsillo anda más vacío que un barril viejo. Hablando de apuestas, estábamos todos cenando en The Beached Whale, en New Bedford —¡y vaya nombre para una posada!—. Medio esperaba que nos llevaran a dormir encima de una montaña de grasa en vez de a una cama.

Allí estábamos todos menos Winston y Robin: yo, el Viejo Dexy, Poppy y Virgil, incluso Alphonse, aunque por supuesto él no dijo nada. Virgil habla por diez personas, y hoy estaba especialmente inspirado, tratándome como si fuese una novata cuando llevo apenas un año menos que él volando. Así que al final me harté y le dije que, si se creía el rey del corral, entonces no tendría problema en hacer una pequeña apuesta para ver quién debía tener el nombre más grande en los carteles: Virgil Bennet o Wini Habbamock. Normalmente, Dexy corta esas tonterías, pero estaba discutiendo con el camarero, que era su primo o conocía a su primo o algo así.

Así que lo sellamos con un apretón, y Poppy apostó por mí —todo un voto de confianza. Después de la cena, empezamos a estrujar ideas para trucos que cerraran la bocaza de Virgil para siempre. De momento, el mejor es hacer una voltereta lateral sobre el ala. Ya puedo ver los carteles: Winifred Habbamock, la Chica sin Miedo.

12 de julio de 1924
Malas noticias. Anoche, cuando terminé de escribir y me metí en la cama, Poppy me recordó la apuesta sobre la asistencia del público. Le dije que le pagaría cuando cobrásemos, pero lo único que quería eran los derechos de presumir. Es la monda, y se lo dije, pero ya ha sacado el tema siete veces hoy. Menos mal que somos amigas. Si no, ya le habría soltado un sopapo sin pensarlo dos veces.
Vamos hacia Plymouth para el fin de semana. Volaré todo el sábado y tendremos el domingo libre, aunque tengo que practicar la nueva voltereta.
Recibí otra carta de mamá animándome a volver a casa y casarme con uno de los chicos Winston. No sé cuántas veces más puedo decirle que no me interesa trabajar en una granja y parir los críos de algún tipo idiota. Le dije que “Winifred Winston” era un nombre horrible y que no pensaba llevarlo. No es que me vaya a escuchar. Nunca entendió lo de volar, ni siquiera después de que la llevara un par de veces. En retrospectiva, los toneles no fueron la mejor idea.

15 de julio de 1924
La voltereta es más peligrosa de lo que esperaba. Ya he hecho algo de caminar sobre las alas, y eso es un chute de adrenalina, pero ¿añadir un truco acrobático? ¡Caray! Es difícil saber qué es arriba y qué es abajo, pero creo que lo tengo dominado. Poppy ya está planeando qué hacer con el dinero cuando los chicos paguen. Quiere comprar un vestido; creo que le gusta Alphonse, aunque no lo admita. Si empieza a hablar de tener sus hijos, la pateo.

No quiero ser la única chica del espectáculo; ¿con quién iba a compartir litera?

Vamos camino de un pueblecito llamado Arkham. Nunca había oído hablar de él, pero creo que un show pequeño es el sitio perfecto para estrenar el truco. Estoy pensando en comprarme un pañuelo de seda como los de Marie Meyer. Seguro que quedaría de perlas mientras hago la voltereta.

17 de julio de 1924
Arkham es un lugar tenso. La gente aquí no sonríe mucho, pero agarraron nuestros folletos en cuanto los repartimos, así que creo que vendrán. Poppy y yo olemos a pescado, porque Dexy nos mandó a cubrir los muelles. Una de las barcas venía de Innsmouth y nunca había visto tanta gente con cara de rana. Nos pasamos la tarde croando por lo bajo y nos llamaron la atención, pero no es nuestra culpa que los marineros tengan esos ojazos enormes. Su dinero vale igual.

Necesito un baño antes de acostarme.

18 de julio de 1924
Sé que he contado algunas mentiras gordas en estas páginas, y casi no puedo creer lo que voy a escribir, pero juro que es verdad. Cruz y raya.

El espectáculo empezó tan normal. Montamos en un campo de los Samson, y Dexy estaba hecho una furia porque el viejo Samson no aparecía por ninguna parte, y nos había prometido dejarnos usar el granero pero lo dejó cerrado a cal y canto. Aun así, nos apañamos, como siempre.

Era el día perfecto para volar. Cielo azul, sin una nube. La brisa del mar era ligera, lo cual me tranquilizó porque no hay nada como el viento del océano para zarandear un aeroplano como un guisante en una lata. El inicio fue estupendo. El público rugió con mis loop-de-loops, como de costumbre. Virgil lo dio todo.

Terminó su número con un picado tan bajo que algunas señoras chillaron.

No podía dejar que me ganara. Pero justo cuando ascendía para mi último pase, ocurrió algo rarísimo. Las nubes se arremolinaron más rápido de lo que había visto nunca. En un parpadeo, el cielo pasó de despejado a tormentoso, y un viento inesperado zarandeó mis alas. Las volteretas ya daban miedo con buen tiempo, y pensé en cortarlas, pero no le daría ese gusto a Virgil.

El corazón me martilleaba mientras ataba el timón y salía del asiento. El avión temblaba bajo mis pies, pero yo me gano la vida desafiando a la muerte. Hice la voltereta justo al pasar frente a las gradas, y pude oír los vítores por encima del motor.

Al caer de nuevo en el asiento, el avión se hundió en las nubes. El aire se cerró a mi alrededor, húmedo y asfixiante. Los instrumentos se volvieron locos; las agujas giraban como peonzas. Volaba a ciegas. Un trueno me sacudió los dientes, y un relámpago iluminó la tormenta. Entonces algo golpeó el fuselaje, lo bastante fuerte como para hacer que el motor tartamudeara. Al principio pensé en un ave… pero no lo era.

No sé bien qué era.

No tenía plumas, solo una piel rugosa y nudosa, grisácea. En lugar de alas, un montón de tentáculos como un calamar. Se agitaban y empujaban mientras nadaba por el aire como si fuese agua. Tenía un solo ojo, en mitad de la cara, y lo clavó en mí como si pensara que yo era su merienda. Eso ya era bastante malo.

Luego abrió el pico… y dijo mi nombre.

—¡Wini! —chilló.

Al principio pensé que estaba imaginándolo. A veces los pájaros suenan como si hablaran, pero no dicen nada. Pero entonces —lo juro por todas las Biblias del mundo— dijo:

—¡Winifred Habbamock!

Me morí del susto. Se lanzó sobre mí; los tentáculos me agarraron un brazo y trató de arrancarme del asiento. Tiré del timón, dejándome caer en picado. Intentó aferrarse, pero yo estaba sujeta y no era lo bastante fuerte. Viré con brusquedad, intentando perderlo en la tormenta mientras el viento trataba de tirarme del cielo.
Un rayo cayó tan cerca que se me erizó el pelo, pero mi única esperanza era perder aquello entre las nubes, así que me lancé al corazón de la tormenta. El viento me sacudía tanto que me mordí la lengua. Poco a poco, los chillidos horribles de la cosa se fueron perdiendo.

No tenía ni idea de dónde estaba, y cualquier piloto sabe que volar a ciegas es un billete de ida al cementerio. Así que apunté al disco apagado del sol.
Salí por encima de las nubes, temblando, pero viva.

Las nubes se fueron disipando tan rápido como habían llegado, y estuve pendiente del calamar-pájaro, pero no apareció. Ya estaba a salvo… salvo por un detalle: no sabía dónde estaba.

De algún modo había acabado sobre el océano. Nada más que agua en todas direcciones. Estaba a millas de mi ruta.

Por suerte tenía el depósito lleno y los instrumentos se calmaron, así que regresé a la granja sana y salva.

Cuando llegué, Dexy me gritó más que nunca. Les conté lo del calamar-pájaro, pero no me creyeron. Virgil dijo que lo inventé para desviar la atención del hecho de que casi me mato.

Pero yo sé lo que vi.

Conocía mi nombre.

19 de julio de 1924
Volví a la granja de los Samson hoy. Dexy habla de dejarme en tierra, y Virgil no para de repetir que aluciné, así que necesito pruebas.

Un tipo de mi edad abrió la puerta con una escopeta. Era amable —dijo que se llamaba Hank— y parecía dispuesto a invitarme a pasar hasta que mencioné al calamar-pájaro. Entonces la sonrisa desapareció como mantequilla en sartén caliente y trató de cerrar la puerta. Se notaba que sabía algo, pero por más que supliqué no soltó prenda.

Quizá fue una locura, pero me fui a buscar al calamar-pájaro. Creo que quería convencerme de que no tenía nada que temer. No lo encontré, aunque escuché cómo me llamaba un par de veces en la distancia.

Con la caída de la luz, me topé con un nido enorme en lo profundo del bosque, lleno de huesos secos, con las entrañas succionadas. Huesos grandes. De pronto, la idea de que pudiera llevarme y comerme ya no parecía tan descabellada.

Lo admito: me dio un susto de muerte. No corrí hasta la camioneta, pero casi.

No he terminado, aun así. Creo que debería montar algún tipo de red en mi avión por si vuelvo a toparme con él.

El cielo es mío.

No voy a dejar que un monstruo me lo quite.

Aunque nadie me crea, yo sé lo que vi.

Lucius Galloway – El poeta

«¡ARKHAM! ¡PRÓXIMA PARADA, ARKHAM!».

El enérgico grito del revisor cortó el estruendo del tren al ir frenando. Lucius Galloway se levantó del estrecho asiento del vagón, se colgó al hombro su maltrecha cartera y trató de mantener la compostura. Por muy agitado que se sintiera, llevaba las buenas maneras como si fueran una armadura, que lo aislaba del mundo. A lo largo de los años había sido muchas cosas: publicista, maestro, poeta, académico… pero, se pusiera el sombrero que se pusiera, había comprobado que una voz queda hablaba más alto que cualquier grito.

El revisor pasó a su lado empujándolo sin decir palabra, con el cinturón tintineando. Maleducado, pero había gente así. Juzgaban a las personas por tonterías superficiales en vez de por lo que había en su interior. Por primera vez en sus más de sesenta años, Lu creía en las almas. Había visto cosas, cosas que lo perseguían. Pero, a medida que el tren se sacudía al detenerse, apartó de su mente todo el embrollo de Harvard. Ahora lo único que importaba era Rudi.

Lucius cruzó el andén abarrotado, apretando en su mano sudorosa una carta. Se había aprendido de memoria sus breves líneas, pero aun así se aferraba a ella como a un talismán, como si las palabras de su amado pudieran barrer a los demonios que todavía lo acosaban.

El mundo es incluso más grande de lo que habíamos imaginado. Ven con nosotros y lo verás.
—Rudi.

El mensaje rebosaba esperanza, pero aun así el miedo se enroscaba y retorcía en las entrañas de Lu como una bestia dormida a punto de despertar.

Menos de una hora después, un Lucius desconcertado se bajaba de un taxi frente a un almacén macizo y sin ventanas. Nada de aquello tenía ningún sentido. Había esperado que la dirección que figuraba en la carta de Rudi lo condujera a una casa de huéspedes o a un hotel. ¿Tal vez se había confundido? Entrecerró los ojos para mirar el sobre y luego a ambos lados de la calle. No había más que almacenes y garajes, sus fachadas ciegas alzándose a su alrededor. Nada de aquello tenía sentido; su desasosiego crecía. Habría salido huyendo de no ser por la necesidad de ver a Rudi cuanto antes, de asegurarse de que el centro de su mundo seguía firme.

Un portazo cercano lo hizo dar un respingo como un niño asustado. Siguió el sonido hasta una puerta abierta en el lateral del almacén. Mientras la observaba, una ráfaga de aire volvió a empujarla, haciéndola chocar contra el marco, como si lo invitara a entrar. O lo estuviera advirtiendo.

Quizá alguien de allí conociera a Rudi y hubiera echado la carta al correo por él. Como mínimo podrían indicar a Lucius alguna casa de huéspedes. En los pueblos pequeños la gente hablaba, y solo había un número limitado de sitios que recibieran a un hombre negro que viajara solo, incluso a uno tan mayor como él y como Rudi. Recompuesto, se echó los hombros hacia atrás y marchó hacia la puerta, dejando que la determinación eclipsara su inquietud. Los obstáculos no importaban. No lo habían separado de su amor antes y no lo harían ahora.

Llegó a la puerta que golpeaba. Se abrió con facilidad, dejándolo entrar en las oscuras entrañas del almacén. No había luces, y sus ojos tardaron un momento en adaptarse de la intensa claridad del día a la oscuridad del interior. Entrecerró los párpados, apenas capaz de distinguir los contornos de una enorme estancia, envuelta en silencio. El aire estaba cargado, posándosele en la piel como una manta pesada en una noche calurosa de verano. Lo aplastaba, un contacto pegajoso.

A medida que sus ojos se acostumbraban a la penumbra, empezó a distinguir unas formas oscuras colocadas en hileras ordenadas, con un pasillo ancho en medio. ¿Qué fabricarían allí? Avanzó con cautela hasta que un sonido desgarró el silencio. Alguien estaba roncando.

La confusión dio paso a la preocupación, y la preocupación, a unos nervios en carne viva. Las jorobas oscuras se resolvieron en camas, cada una con una figura dormida. ¿Algún tipo de casa de huéspedes ilegal, tal vez? Pero ¿qué hacían todos los huéspedes dormidos a las tres de la tarde? Parecía bastante… antinatural. Después de todo lo que había pasado en Boston, de todo lo que había visto, aquello no le gustó ni un pelo.

Se acercó a la cama más próxima y tiró de la manta áspera, dejando al descubierto la figura acurrucada de una mujer con un uniforme de enfermera manchado, el cabello pegado a la frente por el sudor. Le puso una mano en la frente y la retiró de inmediato cuando ella murmuró inquieta. Ardía en fiebre. ¿Sería aquello una especie de sala de enfermos? Un tubo de algún tipo salía de su brazo y se perdía hacia la pared a su espalda.

Lucius se cubrió la boca con la chaqueta, esperando no haber contraído nada. A su edad, no podía permitírselo. Claro que Rudi tampoco. El frío de la preocupación le heló la sangre mientras pasaba a la cama siguiente, inclinándose para mirar el rostro dormido. Un muchacho, un adolescente larguirucho y extremadamente delgado. La garganta se le cerró de angustia mientras iba de cama en cama, desgarrado entre la desesperación por encontrar a Rudi y la loca esperanza de que estuviera muy lejos de allí, sano y salvo.

Pero Rudi estaba al final de la fila. Lu reconocería la forma de sus hombros en la noche sin necesidad siquiera de levantar la manta. Su compañero siempre había dormido con una postura bonita, apoyando la mejilla en las manos juntas, como un niño en oración. Lu apoyó el dorso de la mano en la frente dormida de Rudi y dejó escapar un suspiro de alivio. Estaba caliente, pero no tan febril como los demás.

—Rudi —susurró—. Por favor, despierta.

—¿Lu? —La voz de Rudi estaba pastosa por el sueño, pero Lucius pudo oír en ella la sonrisa—. Sabía que vendrías.

—Y siempre vendré. Vamos. He reservado habitaciones contiguas en el Excelsior.

Pero Rudi se limitó a balbucear algo ininteligible y volvió a caer en un profundo sopor. Lu habría gritado o encendido las luces, pero le repugnaba la idea de despertar a los demás durmientes. Rudi también tenía una vía clavada, su silueta apenas visible bajo la manta. Lucius la contempló horrorizado: Rudi estaba tan entusiasmado con sus amigos Soñadores, ¿y ahora lo habían drogado? Era la única explicación posible, pero Lucius no encontró ninguna aguja al palpar la unión entre el tubo y la piel. Tiró del tubo, que se desprendió con un húmedo ruido de succión. Al deslizar los dedos por su longitud, con la intención de seguirlo hasta algún aparato que pudiera decirle qué veneno estaban vertiendo en el cuerpo de su amado, notó una hilera húmeda de ventosas palpitantes. Asqueado, lo soltó.

Su compañero siempre había sido robusto en comparación con la delgadez desgarbada de Lu, y los años no habían hecho más que ensanchar la brecha entre sus físicos. Pero el miedo sostuvo la fuerza de Lucius, y en aquellos años plagados de episodios de sonambulismo se había acostumbrado a mover a Rudi de un lado a otro.

Sudando y esforzándose, consiguió sacar a su tambaleante compañero medio dormido hasta la calle y meterlo en el taxi que los esperaba.

Lucius depositó a Rudi a salvo en la estrecha cama del hotel e intentó volver a sacudirlo para despertarlo, pero lo máximo que logró arrancarle fue un murmullo. Se preguntó si no debería llamar a un médico, pero la frente de Rudi estaba fresca ahora. Sacarlo de aquel almacén sofocante al menos había servido para eso. Lo único que Lucius podía hacer era esperar y ver qué sucedía, paseándose de un lado a otro de la pequeña habitación hasta que le dolieron los muslos.

Cuando el sol se ocultó tras los árboles, Rudi por fin se removió. La confusión nubló sus ojos al observar la habitación, pero sus labios se curvaron en una sonrisa al ver quién estaba a su lado.

—Lu —exhaló, tendiendo los brazos.

Se abrazaron, y todo volvió a estar bien.

—¿Dónde estamos? —preguntó Rudi cuando por fin se separaron—. ¿Hay agua?

Lucius le sirvió un vaso de la jarra del aparador, y Rudi bebió con ansiedad.

—En el Hotel Excelsior —respondió Lu.

—No deberías haberme sacado de allí —lo reprendió Rudi—. Me estaba yendo muy bien.

—¿Muy bien? ¿Qué demonios quieres decir con eso?

—¿Es que no leíste mis cartas? —Rudi frunció el ceño, jugueteando con el borde de la manta—. Juraría que las eché al correo. ¿Qué día es hoy?

—Viernes.

Rudi soltó una risita incrédula hasta que se fijó en la seria expresión de Lu. Entonces se incorporó, animado.

—¡He perdido los últimos cuatro días! —exclamó—. ¿No lo ves, Lu? ¡Es una señal de progreso!

Pero un miedo absoluto atenazó a Lucius. Él también había perdido tiempo. Y no había sido una buena señal.

—Explícate —exigió.

—Ahora soy un Soñador. He pasado cuatro días en esa cama y no he tenido un solo episodio de sonambulismo. El entrenamiento está funcionando. No te voy a mentir: no hay palabras para describir el alivio que siento.

Una parte de la tensión que tenía el pecho atenazado se aflojó en Lucius. Librarse de aquellos sueños sería un alivio, pero aquel lugar… aquellos tubos tentaculares… seguían dándole muy mala espina.

—¿En qué consiste exactamente ese entrenamiento? —preguntó con cautela.

—Te va a encantar. Te enseña a aprovechar el poder de tus sueños. Pasamos años de nuestra vida durmiendo, ¿no? Pues ¿por qué no hacer un uso productivo de ese tiempo? Yo estaba buscando algo en mis sueños, y ahora lo he encontrado.

—¿El qué?

—Paz —dijo Rudi.

Lucius intentó que el dolor no se le notara en el rostro. Siempre había creído que habían encontrado la paz el uno en el otro. Rudi le dio unas palmaditas en el hombro.

—No pasa nada —dijo—. Ya verás.

—Pero no es así —protestó Lucius—. Nada está bien. El mundo… no es lo que yo creía. Si no hacemos algo, temo que podríamos perderlo.

—¿Perder qué?

—Todo —respondió Lucius.

Rudi chasqueó la lengua.

—Ese es mi Lucius, siempre cargando con el peso del mundo sobre los hombros. Anda, mon beau. Necesitas dormir. Mañana lo verás todo mejor —aseguró.

Tal vez Rudi tuviera razón. Lucius se acurrucó entre sus brazos amorosos. Por primera vez en semanas, cayó en un sueño profundo y reparador. Pasara lo que pasara, lo afrontarían juntos.

Lucius despertó solo. Por un instante tanteó el espacio vacío al otro lado de la cama. Rudi había dormido todo el día, era lógico que se hubiera levantado. Pero Lu encontró también vacía la habitación contigua. No había rastro de su compañero, salvo el vaso de agua junto a la cama.

Con el corazón desbocado, Lucius se puso el traje a toda prisa y bajó a recepción. No había mensajes. Una amable señorita llamó a la policía por él. Unos minutos después, un agente de uniforme entró en el vestíbulo. Lucius procuró que no se le notara la desilusión ante la evidente juventud del agente. Debieron de mandar al novato para calmar al viejo histérico, pero Lucius era un hombre de palabras. Haría que aquel chico lo escuchara.

—Buenos días, agente —dijo—. Gracias por venir tan rápido.

—¿Lucius Galloway? Soy Tommy Muldoon… digo, el agente Muldoon. ¿Quiere denunciar una desaparición?

—Bueno, es un poco más complicado que eso, y admito que la historia va a sonar un tanto descabellada.

—Le escucho.

Lucius le explicó cómo las cartas de Rudi lo habían llevado hasta el almacén, deteniéndose en los detalles extraños: las filas de cuerpos dormidos, los tubos extraños, su incapacidad para despertar a nadie. Mientras hablaba, la expresión de Muldoon se fue tensando más y más.

—Vaya historia —comentó—. La mayoría de la gente diría que usted está loco, pero yo prefiero mantener la mente abierta. Vamos a echarle un vistazo a ese almacén y a aclararlo sobre el terreno.

El almacén estaba vacío, el interior inundado de luz por una hilera de ventanas en la pared del fondo. Lucius se quedó de pie junto a la puerta que golpeaba y se quedó boquiabierto, mientras el agente Muldoon fruncía el ceño.

—Tenía que haber sabido que era una locura creerme un cuento así —dijo—. Tendría que acusarlo de presentar una denuncia falsa, pero no merece la pena el papeleo.

—Pero… ¡pero estaba todo justo aquí! —exclamó Lucius, señalando—. ¡Mire! ¡Se ve dónde se ha removido el polvo del suelo! En líneas, tal como le he dicho.

—¿Alguien le ha puesto a usted en esto? A los demás les gusta gastarme bromas, por ser el más joven. Dicen que soy propenso a las fantasías —gruñó Muldoon.

—¡Le digo la verdad! —insistió Lucius, pero luego se obligó a serenarse. El propio Muldoon lo había dicho: no era más que un crío. Se vendría abajo ante las cosas imposibles que Lucius había presenciado. Lucius tendría que seguir adelante solo. Quitarse al chico de encima antes de que le pasara algo.

—Quizá… quizá me dejé llevar por el susto. O todo fue un sueño. Lo siento. Cuanto más lo pienso, más ridículo me siento.

—Claro —dijo Muldoon, dubitativo—. Le puede pasar a cualquiera.

—Bueno, no le robaré más tiempo. Encontraré el camino de vuelta. Mis disculpas de nuevo, agente.

De mala gana, Muldoon salió del edificio.

A solas, Lucius registró la sala en busca de algo, de cualquier cosa que pudiera darle alguna pista sobre lo ocurrido allí. Encontró algunas tuercas y tornillos sueltos que tal vez hubieran pertenecido a las camas, y un jirón de tela que podía haberse desgarrado de una manta, pero no le revelaron nada.

Entonces, en el rincón donde antes había estado la cama de Rudi, vio un trozo de papel. Lo recogió y lo desplegó con manos temblorosas. Con la característica caligrafía girada de Rudi, decía:

Nos vemos pronto.

Con los labios apretados, Lucius se lo guardó en el bolsillo. Encontraría a esos Soñadores y recuperaría a Rudi, o moriría en el intento.

Kōhaku Narukami – El folclorista

—La luz rebotaba sobre el sendero como si estuviera danzando —dijo Kōhaku Narukami, haciendo una pausa mientras se reclinaba en su sillón y sorbía su té—. La observé durante cinco minutos completos, comprobando la velocidad y la dirección del viento, y estoy bastante seguro de que no era ningún fenómeno natural. Esta conclusión quedó confirmada cuando dio vueltas alrededor de mi cabeza como un perro emocionado por jugar.

Un murmullo se extendió por la biblioteca donde los miembros de la Sociedad Histórica de Arkham se habían reunido para su té mensual. Algunos de los más mayores y más tozudos se habían marchado a mitad de su historia, con el desprecio evidente en sus labios apretados y ojos en blanco. No creerían nada que no vieran por sí mismos y, aun así, Kōhaku estaba seguro de que intentarían justificar cualquier cosa salvo los fenómenos más incontrovertibles. Donde él veía posibilidad, ellos solo percibían una amenaza para sus opiniones cómodas sobre la realidad. Pobres hombres. Pero algunos miembros aún permanecían, cautelosos pero atentos.

Sentada frente a él, Mandy Thompson se bajó las gafas por la nariz para mirarlo por encima de la montura. Algunos de sus colegas la descartaban como una cara bonita, pero él siempre la había encontrado más abierta de mente que el resto. Era bastante refrescante, para ser sincero.

—¿Y dice que vio esa cosa en los Bosques de Arkham? —preguntó con suavidad.

—Así es —respondió—. El sábado pasado, sobre las siete de la tarde.

—¿Y qué hizo con esa luz fantasmal tan juguetona?

Dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada resonante.

—Pues jugué con ella, por supuesto. Quería ver qué haría. No parecía tener ninguna comprensión del habla humana. Intenté explicarle las reglas del escondite, pero cuando me tapé los ojos, simplemente se quedó flotando junto a mí, y me siguió cuando intenté esconderme.

—Lo que sugiere que carece de la inteligencia de un niño pequeño —dijo la señorita Thompson, tocándose la barbilla pensativa—. ¿Probó algo más sencillo?

—Tonterías —interrumpió uno de los profesores de la universidad. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y les dirigió una mirada airada—. El propósito de este té es discutir asuntos de relevancia histórica para la ciudad de Arkham, no difundir supersticiones sin sentido sobre esferas flotantes.

—Ah, pero este es un asunto de relevancia histórica —replicó Kōhaku con tono apacible—. Arkham tiene una profunda historia de fenómenos inexplicados. Fue uno de los factores decisivos que me trajeron aquí para completar el Libro de los mitos vivientes.

—Hmph —respondió el profesor, cuyo nombre Kōhaku seguía olvidando. No importaba. La señorita Thompson era una conversadora mucho más agradable.

Kōhaku volvió a ella, sonriendo tras su espesa barba.

—¿Dónde estábamos? —preguntó, sirviéndose más té de la tetera en la mesa auxiliar—. ¿Le ofrezco un poco más?

—Por favor. Con azúcar y leche.

—Justo como me gusta a mí.

Kōhaku continuó su relato mientras preparaba la taza.

—Como usted sugería tan acertadamente, señorita Thompson, quizá el escondite era demasiado complicado para nuestra esfera flotante. Tal vez tenga la inteligencia de, digamos, un perro. En ese caso, respondería a órdenes simples si se le ofrece el estímulo adecuado.

—Ah, pero ¿cuál es el estímulo adecuado? —preguntó la señorita Thompson, animándose—. Con un perro sabemos lo que quiere. Un trocito de carne basta para que se siente, y una vez que entiende la relación entre acción y recompensa, responderá a la orden esperando la golosina.

—¡Exactamente! —Kōhaku sonrió radiante—. ¿Y qué quiere una bola de luz oscilante? Le ofrecí el contenido de mis bolsillos, pero no mostró interés. No tuve más remedio que seguirla.

—¿Seguirla? ¿Seguirla adónde?

—Me condujo al interior del Bosque de Arkham. Para entonces ya estaba oscureciendo y no quería torcerme un pie en el terreno irregular, así que avancé con mucho cuidado.

—¿A dónde lo llevó?

—No conozco su destino final —dijo Kōhaku, conteniendo un escalofrío—. Nuestro viaje fue interrumpido.

—¿Por…?

—Al subir una cresta, había una figura a lo lejos. Para entonces el cielo estaba muy oscuro y no pude verla bien. Empiezo a pensar que mi vista está fallando. Tal vez, si hubiera llevado gafas, habría distinguido más.

Se estremeció, invadido por una repulsión súbita e inexplicable. La señorita Thompson le dedicó una mirada preocupada, pero él la descartó con un gesto.

—Mis disculpas —dijo—. Soy propenso a la dispepsia.

—¿Puedo traerle algo? ¿Un digestivo quizás? —ofreció.

—Es usted muy amable, pero gracias, me las apañaré. Como decía, era una persona con algún tipo de prenda amarilla y holgada. No sé si era una bata, una capa o algo totalmente distinto. Todo lo que pude ver fue una mancha contra el paisaje. Un hombre amarillo.

La señorita Thompson se quedó completamente inmóvil, aferrando la taza. El profesor de la universidad, que seguía fulminándolos con la mirada, derramó té sobre su traje; sus manos temblaban súbitamente.

—Yo debería…

Pero no terminó la frase. Dio media vuelta y huyó hacia el baño.

Kōhaku tragó saliva, la garganta seca.

—Su luz fantasmal… —dijo la señorita Thompson, pálida como la cera—. ¿Huyó?

Él se irguió de golpe.

—¿Cómo lo supo? —preguntó—. ¿Qué era esa… esa figura amarilla…?

Pero no pudo pronunciar las palabras. La garganta se le negó. Cuanto más pensaba en la figura amarilla, más rápido latía su corazón.

—Déjelo estar —dijo la señorita Thompson, poniéndose en pie precipitadamente—. Concéntrese en sus luces brujas y olvide que vio… eso.

Quiso exigir respuestas. Investigar el origen de las leyendas era su trabajo, el motivo por el que había venido a Arkham. Pero su voz rebelde no cooperó. Solo pudo quedarse sentado en silencio mientras la señorita Thompson se marchaba, gritando mentalmente todas las preguntas que no podía pronunciar.


Una rama se quebró bajo el pie de Kōhaku al internarse en los Bosques de Arkham. Esta vez había venido mejor preparado, con una mochila que contenía varios elementos esenciales para la naturaleza: agua, una brújula y marcadores de sendero. También había salido antes, decidido a encontrar de nuevo la cueva con los dibujos mientras todavía hubiera luz. Juraba haber esbozado su contenido en sus notas, pero lo único que encontró fueron páginas en blanco manchadas de pintura roja. Era solo otra entrada en la larga lista de sucesos inexplicables que habían plagado su proyecto desde que llegó a Arkham.

Se detuvo junto a una gran roca, frunciendo el ceño. ¿Había subido la colina en ese punto o había seguido el arroyo cuesta abajo? No podía recordarlo…

Entonces, inexplicablemente, era de noche.

Seguía de pie junto a la roca, con las articulaciones rígidas por la inmovilidad. Parpadeó, mirando a su alrededor. Debía haber perdido al menos seis horas. Miró su reloj, pero apenas distinguía las manecillas. ¿Se había quedado dormido de pie? La explicación no calmó en absoluto el vuelco nervioso de su estómago. Lo mejor sería regresar a casa.

Por desgracia, no estaba del todo seguro de por dónde. Tres senderos distintos se abrían ante él, y no veía el arroyo por ninguna parte. Pero aquella era la misma roca: tenía una forma muy distintiva. ¿La habría transportado hasta allí sin darse cuenta? ¡Imposible, ni siquiera podía levantarla!

Cuando levantó la vista, una de las luces fantasmales flotaba en el aire, justo más allá de la roca. Ardía como una llama azul, una pequeña esfera del tamaño de una moneda.

—Necesito volver a casa —dijo—. Creo que estoy perdido.

La luz trazó un rápido círculo alrededor de su cabeza antes de escabullirse por uno de los senderos, igual que la vez anterior. Flácido de alivio, la siguió. La luz fantasma lo conduciría a un lugar seguro otra vez.

Las hojas crujían bajo sus pies mientras intentaba alcanzarla, pero esta vez la luz era mucho menos paciente. Rebotaba en su sitio, girando a su alrededor hasta marearlo. Si no supiera mejor, habría dicho que estaba… asustada.

Entonces lo olió.

Un hedor a cosas muy muertas y podridas, dulzón y nauseabundo. Debajo, una nota especiada, un aroma que transmitía una sensación de edad inexplicable.

Frente a él, la luz fantasmal dejó de oscilar frenéticamente y su brillo se apagó.

Su estómago se revolvió, dispuesto a vaciarse si hubiera tenido algo dentro.

El lento batir de unas alas enormes llenó el aire, como si una criatura sauriana, arrancada de los anales de la historia —podrida y pestilente— hubiese regresado para cazar.

La criatura —o más bien, las criaturas— lanzaron chillidos que él sintió, pero no oyó. Le recorrieron los huesos, erizando cada vello de su cuerpo y perforando sus tímpanos. Gritando, se tapó los oídos, pero no sirvió de nada. El no-sonido reptaba hacia su cerebro.

Algo húmedo le goteó entre los dedos, y olió el aroma metálico de su propia sangre.

La luz fantasma se apagó.

Los batidos de alas se acercaron, las criaturas emitiendo otro de sus horrendos gritos.

Kōhaku echó a correr.

Fue la carrera descontrolada de un hombre desesperado. No eligió dirección alguna; solo quería huir. Las ramas le arañaban la piel, pero no disminuyó la velocidad. Las criaturas se cerraban sobre él, el aire agitado por sus alas colosales. Levantó la vista hacia la oscuridad impenetrable, pero no vio nada. Un inmenso error llenaba el espacio sobre él.

Tropezó, su impulso lanzándolo hacia delante. Su cabeza golpeó algo duro y, después de eso, no sintió nada.


Los pájaros gorjeaban bajo la agradable luz de la mañana.

Kōhaku despertó en el suelo junto a la roca, con la cabeza palpitante. Desorientado, se llevó una mano a la sien y se incorporó, gimiendo.

—¿Qué… pasó? —murmuró.

Su mochila yacía abierta a su lado, con tiras blancas colgando de ella como confeti. El viento sopló algunas sobre su cara, y él las arrancó de su barba. Parecían…

—¡No!

Todas sus notas habían sido hechas trizas. Trozos colgaban de las ramas; un montón se aferraba al lateral de la roca. Solo una página había sobrevivido: estaba en el suelo, a unos pasos, agitándose con la brisa. Mientras la observaba, se dio la vuelta, a punto de salir volando. Se lanzó hacia ella, agarrándola antes de que escapara.

Era la nota del dibujo de la cueva, la que lo había traído de vuelta al bosque.

Sobre su letra apretada, alguien había dibujado la figura amarilla del mural. Esta vez era más nítida, y sus líneas reptaban dentro de su mente, aferrándose a su espina dorsal.

Cayó de espaldas sobre las hojas, jadeando. El cielo giraba encima de él, amenazando con arrastrarlo de nuevo.

Comprendió por primera vez que podía quedarse atrapado junto a aquella roca para siempre, en un bucle interminable, despertando solo unos minutos antes de perderse otra vez. ¿Vendría alguien a buscarlo?

Desesperado, se abalanzó sobre la hoja cuando el mundo se inclinó y se sacudió como un barco en medio de una tormenta. La desgarró en pedazos, gritando.

El mundo se detuvo.

El aire se aclaró.

Pero el bosque permaneció silencioso, expectante, listo para vengarse si intentaba desentrañar sus secretos otra vez.

Humillado, por el momento, recogió su mochila y siguió el curso del arroyo de vuelta al pueblo.

Las notas podían reconstruirse.

Volvería.

Aún quedaban historias por contar. Quedaban advertencias que registrar.

Marion Tavares – La pescadora de arrastre

Marion Tavares salió del Banco de Arkham pisando tan fuerte que el guardia uniformado de la puerta se apartó apresuradamente de su camino. El viaje había sido una pérdida de tiempo. Se había puesto sus mejores galas de domingo y había preparado una carpeta impecable llena de registros financieros y una propuesta de calendario de pagos. Pero nada de eso había importado. El director del banco apenas la había mirado a ella o a sus papeles antes de rechazar su solicitud de préstamo.

Su socia, Annalise Taylor, le hizo señas para que se acercara a un banco a la sombra junto a la calle, terminándose lo último de un helado de cucurucho. Anna parecía mucho más joven de lo que sus veintitrés años indicaban, pero era una de las trabajadoras más incansables que Marion había conocido jamás. Algún día serían dueñas de una compañía pesquera juntas, pero en ese momento, Pesqueros de Arrastre Taylor & Tavares parecía más lejano que nunca.

—Lo siento —dijo, sacudiéndose las migas del regazo—. Debería haberte guardado un poco.

—No tengo hambre —declaró Marion.

Anna se levantó, entrelazando su brazo con el de Marion y apretándolo.

—¿Tan bien ha ido, eh? —preguntó.

Marion soltó un bufido, dejando que parte de su furia se desvaneciera. Anna no le echaría en cara su fracaso. Encontrarían una solución. Siempre lo hacían.

—Pues no —dijo—. Al parecer, no somos una oportunidad de inversión estable, signifique lo que signifique eso. Tendremos que financiar las reparaciones del Wayfarer de otra manera.

—Plan B, entonces. ¿Ese es en el que hacemos horas extra, o en el que atracamos el banco?

—Horas extra —respondió Marion, soltando una risita—. Algunas tenemos principios.

—Eres una aguafiestas.

Bromeando, se dirigieron a los muelles sin mirar atrás ni al banco ni a la figura sombría que permanecía en una ventana del piso superior, observándolas.


Las olas picadas del Atlántico golpeaban el casco del Wayfarer, y los rayos naranjas del sol poniente destellaban sobre el agua. Marion se llevó una mano al hombro, intentando masajear el dolor de la larga jornada laboral. Las otras tripulaciones habían recogido hacía una hora, remontando el Miskatonic hacia los muelles para procesar su captura. Ahora el Wayfarer y su tripulación de dos personas trabajaban las aguas en solitario.

Annalise subió la escalera desde la bodega, con sus botas de goma chirriando. Su pelo se había escapado de los confines de su gorro tejido a mano, sobresaliendo en mechones abullonados como los de un payaso. Marion habría hecho algún comentario si no fuera porque sabía que ella no tenía mucho mejor aspecto. Tenía la camisa pegada a la espalda por el rocío del mar y el sudor, y sus rizos parecían haber cobrado vida propia.

—Estoy pensando que deberíamos volver —dijo Annalise, encaramándose al borde de la escotilla—. Tengo tanta hambre que me comería una vaca.

—¿Hemos llegado a la cuota? —respondió Marion.

Annalise suspiró, y eso fue respuesta suficiente. Marion negó con la cabeza.

—Si nos quedamos cortas con la captura de hoy, tendremos que trabajar el domingo —dijo.

Annalise gimió.

—Venga, Mare —dijo—. Danos un respiro. La luz se está yendo de todas formas. No sacaremos más que algas y botas viejas cuando oscurezca.

—No si instalamos el foco. —Marion se acarició la barbilla pensativa—. Una o dos buenas pasadas con esa luz brillante sobre el agua y tal vez incluso podamos librar el sábado.

Annalise se caló el gorro con más firmeza en la cabeza.

—Quiero eso por escrito —dijo, y Marion supo que había ganado.


El antiguo cabestrante emitió un gemido doloroso mientras se esforzaba por subir la pesada red al barco. El corazón de Marion dio un vuelco. Su pequeño truco de la luz debía de haber funcionado. Se inclinó sobre la borda del barco, intentando vislumbrar el aparejo. La red debía de estar llena casi a reventar para hacer trabajar así de duro al cabestrante.

Necesitaban esa victoria. Una tripulación de dos personas no podía ni empezar a competir con los barcos más grandes; sus capturas eran demasiado pequeñas para atraer la atención de compradores dispuestos a pagar un buen dinero. Si no hacían algo, seguirían en el Wayfarer dentro de veinte años, ganándose la vida a duras penas. Ella quería algo mejor para ella y para Annalise. Quizá no fueran de la misma sangre, pero siempre serían familia. Tras el ataque al corazón de su padre, Marion no daba esas cosas por sentadas.

Había estado ahorrando, pero iba lenta. Si mejoraban el cabestrante y aumentaban su rendimiento, puede que el banco mirase su solicitud de préstamo con mejores ojos. Podrían pasarse a un barco más grande, contratar más ayuda. Si todo lo demás fallaba, siempre podía aceptar la sugerencia en broma de Anna de robar el banco. Sus risitas ante la idea se apagaron cuando el cabestrante soltó un último gemido y se detuvo por completo.

Una inquietante quietud se asentó sobre el barco, rota solo por el chocar rítmico de las olas.

—Eso no suena bien —dijo Annalise.

Con el corazón encogiéndosele, Marion se arrodilló junto al viejo cabestrante, que emitía espasmódicas volutas de humo maloliente. Anna la apartó de un codazo con un resoplido de exasperación.

—No sabrías arreglártelas con un motor ni con un mapa de carreteras; las dos lo sabemos. Largo —ordenó.

—Subiré la red a mano entonces.

—Buena idea. Aunque no veo un carajo ni con tu foco. Puede que tengamos que dejarlo hasta mañana por la mañana.

Marion no quería ni pensar en eso. Las madrugadas proporcionaban la mejor pesca. Perder una sería un paso en la dirección equivocada. A veces parecía que lo único que hacían era dar un paso adelante y uno atrás, una y otra vez.

Refunfuñando, se inclinó sobre la barandilla, tirando de la red con la seguridad de una marinera veterana. Su padre y su abuelo habían sido pescadores de arrastre, y la habían llevado al mar desde que tenía cuatro años. Cosas así se meten en la sangre, y nunca se van, aunque ambos hombres ya no estuvieran.

La red salió del agua con una facilidad desconcertante. Ella era fuerte, pero no tanto. El peso de la captura solía hacerla esforzarse, pero esto…

La red estaba vacía.

Con el estómago cayéndole a los pies, tanteó la malla, buscando una rasgadura. Claro, las salidas al crepúsculo no solían resultar en las mayores capturas, pero deberían haber conseguido algo. Pero la malla estaba intacta, la cuerda rasposa bajo sus dedos inquisitivos. Era como si los peces se hubieran desvanecido. ¿Quizá un tiburón cerca? La teoría tenía sentido, pero hizo poco por calmar el escalofrío inquietante que le recorrió la nuca mientras miraba hacia el agua vacía.

Se giró, red en mano, para mostrar la ausencia de peces.

Algo estaba agazapado en la barandilla, sobre Anna. Tenía forma de hombre, sus proporciones estiradas como si fueran de caramelo. La cabeza era grotescamente grande, la piel cubierta de escamas brillantes. Sus ojos se salían de las cuencas, destellando bajo el foco que colgaba sobre ellas. Su boca se abrió —demasiado— como si fuera a tragarse el mundo.

Marion siempre se había reído de las historias de sirenas u hombres-pez que oía ocasionalmente en el pub, pero nunca volvería a hacerlo. Algo en esa cosa —esa criatura rana— la heló hasta los huesos. No era de extrañar que los peces hubieran huido. Si pudiera caminar sobre el agua, correría hacia la orilla sin pensarlo dos veces. Pero algo la clavó en el sitio, un instinto primario de que tal vez, si no se movía, la cosa perdería interés en ella y volvería al agua a la que pertenecía.

Anna aún no la había visto; estaba demasiado ocupada murmurando para sí misma mientras peleaba con un tornillo atascado. La advertencia que Marion debería haber gritado murió en su garganta repentinamente seca.

Agarró a Anna.

Sus manos palmeadas envolvieron su fina cintura, arrancándole un grito de ira por el susto. Marion sabía que debía ayudar, pero estaba congelada por la certeza, calada hasta los huesos, de que ya llegaba demasiado tarde. El grito de Anna escaló hasta el pánico cuando vio a su captor. La llave inglesa cayó ruidosamente a la cubierta mientras forcejeaba. Pero la cosa-rana simplemente la apretó más fuerte, saltando hacia la barandilla.

—¡Suéltame! ¡Mare! —gritó Anna—. ¡Ayuda!

Marion finalmente se sacudió su estupor y se lanzó hacia delante, con la bota enredándose en la red. Sus dedos desesperados se cerraron sobre nada más que aire. La cosa saltó, llevándose a Anna a las oscuras aguas.

—¡No! —gritó Marion—. ¡Anna!

La furia y el terror luchaban dentro de Marion mientras se liberaba. No iba a perder a su amiga esta noche. Trepó a la barandilla, escrutando el agua. ¡Allí! El amarillo brillante del gorro de Anna estaba en lo profundo del agua, apenas visible bajo el foco y alejándose rápido. Antes de que Marion pudiera pensárselo mejor, saltó.

El agua helada la golpeó con una bofetada, sus músculos agarrotándose por el frío. Se forzó a abrir los ojos, ignorando el escozor de la sal. El brillante foco apenas penetraba la gélida oscuridad bajo el mar. Tardó un momento en volver a localizar el gorro amarillo. Se impulsó hacia él con largas brazadas de sus poderosos brazos, la fatiga del largo día de trabajo olvidada por el pánico. Ninguna cosa-rana —por muy desconcertante que fuera— nadaría más rápido que ella. No con la vida de Anna en juego.

Le ardían los pulmones mientras cortaba el agua. El rostro asustado de Anna oscilaba en el agua agitada, con los ojos desorbitados por el pánico. Burbujas salían de su boca chillando; cintas rojas flotaban en el agua a su alrededor. Estaba herida. Sangrando.

Marion agarró a Anna de la mano y tiró contra una resistencia que no podía ver. ¿La cosa-rana? No podía ver; estaba demasiado oscuro. Sus pulmones gritaban pidiendo aire mientras tiraba desesperadamente de su amiga. Entonces la criatura se le echó encima. Se envolvió alrededor de ella, todo manos codiciosas y dedos palmeados enredándose en su pelo. Aletargada, la golpeó. Su boca se abrió más y más hasta que pareció que se tragaría el mar entero.

La boca, demasiado ancha y con sus hileras de dientes perversos, se cerró sobre la unión entre su brazo y su hombro con un crujido. El sonido fue de alguna manera ensordecedor a pesar del agua que taponaba sus oídos. Pensó vagamente: «Oh, ahí va mi brazo», pero no sintió dolor. En su lugar, se relajó. Ya podía dejar de luchar. Sus pulmones cesaron sus espasmos desesperados, relajándose mientras se llenaban de agua. Una paz sorprendente la llenó hasta el núcleo mientras su cuerpo aceptaba la inevitabilidad de la muerte.

Vagamente, registró el destello del lejano foco en el metal brillante del cuchillo de despiece de Anna. El arma se hundió hacia la cosa-rana una, dos, tres veces. La mano de la criatura se aflojó, soltando su pelo. Eso era agradable, pensó Marion. Pero estaba tan cansada. Necesitaba descansar…

No supo más.


Tres semanas después, los médicos finalmente le dieron el alta del hospital. Marion y Anna aún no habían hablado de la cosa-rana. Bromeaban sobre robos a bancos y se quejaban de cabestrantes averiados, pero Marion no lograba reunir el valor para preguntar si Anna recordaba a su atacante. Tal vez solo había sido un accidente como ambas habían afirmado. Tal vez el dolor la había hecho alucinar. Deseaba mucho creer eso.

Pero no podía dejar que el miedo la venciera, así que en su primer día fuera del hospital, fueron a inspeccionar el Wayfarer.

—Sabes —dijo Anna mientras estaban al final del muelle—, no tenemos por qué hacer esto. Si no quieres volver al agua después de… después de lo que pasó, lo entenderé.

—¿A dónde más iría? —preguntó Marion suavemente—. Mi hogar está aquí. Si no quieres tripular conmigo…

—Sacrificaste tu brazo para salvarme de esa cosa —dijo Anna, con los ojos clavados en el agua—. Creo que te has ganado un poco de lealtad.

Marion tragó saliva. Así que no lo había soñado todo. Anna también lo recordaba.

—¿Crees que sigue ahí fuera? —preguntó.

Anna se giró hacia ella.

—No lo hagas —dijo—. No vamos a tentar al destino. No sé qué era esa criatura, pero es mejor evitarla. No voy a volver a sacar el tema y tú tampoco deberías. Encontraremos un nuevo lugar para pescar y, a partir de ahora, no nos quedaremos fuera cuando oscurezca, ¿me oyes?

Marion asintió. Entendía el instinto de Anna de alejar lo que había sucedido, pero Marion no podía permitirse ese lujo. Ahora solo tenía un brazo. La cosa-rana volvería otra vez, pero ella estaría preparada. La vida con un solo brazo —y el dolor del miembro fantasma— requeriría un tiempo para acostumbrarse. Pero ya había hecho su duelo en las primeras y difíciles noches en el hospital. Ahora no le quedaba nada más que determinación.

No obtendría nada más de ella sin pelear.

Nathaniel Cho – El boxeador

El sudor escocía en los ojos de Nathaniel Cho y sus brazos temblaban mientras se adentraba en el asalto final de su sesión de entrenamiento. Su compañero de sparring —una inmensa montaña de hombre llamado Dutch— avanzaba pesadamente hacia él enseñando los dientes alrededor de su protector bucal. Normalmente, a estas alturas de la sesión Nathaniel estaría flaqueando, con el aliento agotado. Pero desde que su hermano Randall había sido atacado, él estaba imparable, su resistencia inagotable. La furia hacía eso, hasta el momento en que te consumía por completo.

Sin embargo, ese momento aún no había llegado. Respondió a la velocidad con velocidad, agachándose bajo el brazo de Dutch y lanzándose a matar, castigando el torso con una ráfaga de jabs. La superficie acolchada de sus guantes impactó contra la piel, haciendo retroceder a Dutch y obligando al aire a salir de sus pulmones. Se tambaleó, sin aliento y exhausto. Aquello era solo una sesión de entrenamiento; lo deportivo habría sido parar. Pero Nathaniel no podía detenerse. El espectro del rostro magullado de Randall le perseguía. Ciego de una furia desesperada, lanzó un gancho salvaje que sacudió la cabeza de Dutch hacia atrás con un crujido. El hombretón cayó como un árbol talado.

La vergüenza y la preocupación finalmente atravesaron la neblina roja que se aferraba a Nathaniel. Se dejó caer de rodillas junto a Dutch, con el pecho oprimido por el miedo. Entonces el gran hombre gimió, y el alivio hizo que Nathaniel se quedara lacio. Se desplomó sobre el suelo acolchado del ring e intentó recuperar el aliento.


Cuando Nathaniel salió del vestuario, con el pelo mojado peinado hacia atrás desde la frente, se sintió aliviado al ver a Dutch de pie junto a una pila de colchonetas de entrenamiento. El puente de la nariz del enorme boxeador se había partido y tenía un ojo casi cerrado por la hinchazón. Nathaniel señaló hacia allí con una mueca.

—¿He sido yo? —preguntó.

Dutch sonrió, mostrando el hueco donde antes había estado uno de sus dientes.

—Fue un buen golpe —dijo—. Debería haber mantenido la guardia alta.

—Lo siento. Me pasé de la raya yendo tan fuerte. Es solo que he…

Nathaniel fue apagando la voz, incapaz de completar la frase. ¿Es solo que estaba qué? ¿Furioso por su incapacidad para mantener a salvo a su hermano? ¿Por su decisión de mezclarse con los O’Bannion en primer lugar? ¿Con el mundo?

La mano carnosa de Dutch le dio una palmada en el hombro.

—¿Cómo está? —preguntó el hombretón.

—¿Randall? Todavía no ha despertado. El médico dice que está ahí dentro y que saldrá cuando esté listo. Pero… —Nathaniel soltó un suspiro tenso—. No lo sé.

—Eso es suficiente para volver loco a un hombre. —Los ojos de Dutch se clavaron en Nathaniel—. Cuando necesites sacar esos sentimientos, ven a buscarme. No te metas ideas estúpidas en la cabeza, ¿me oyes?

Por mucho que Nathaniel apreciara la oferta, había llegado demasiado tarde. Pero no podía decir eso.

—Claro, compañero —respondió en su lugar—. Gracias. Será mejor que me vaya; quiero pillar al médico antes de que se marche por hoy.

—Ve con Dios —dijo Dutch—. Aunque ya eres demasiado rápido para tu propio bien, si me preguntas a mí.


Las máquinas pitaban y siseaban, el ruido chirriaba contra los sentidos de Nathaniel mientras miraba el cuerpo roto de su hermano. Unas pulcras vendas blancas rodeaban la frente de Randall, haciendo que su pelo se erizara tieso. Siempre había tenido un remolino; Nathaniel se burlaba de ello cuando eran jóvenes. Pero a pesar de aquellos primeros conflictos fraternales, siempre habían estado muy unidos. Los dos contra el mundo. Había sido un buen equipo: el cerebro de Randall y los músculos de Nathaniel. Todo les había ido de cara a ambos hasta el momento en que Tommy Malloy acudió a Nathaniel con la petición de amañar aquella pelea. Quizá no debería haberse negado.

Ahora puede que su hermano nunca despertara.

Se sentó en el borde de la cama, hundiendo las sábanas bajo su peso. La cama crujió. Pero Randall no protestó, no le llamó grandullón estúpido ni observó que olía como un animal de granja. Su hermano simplemente yacía allí, silencioso como los muertos.

Nathaniel no podía soportarlo, ese silencio. Así que hizo lo único que podía hacer. Lo llenó.

—Casi le arranco la cabeza a Dutch en el ring de práctica hoy —dijo—. Me habrías cantado las cuarenta si lo hubieras visto. Pero no te preocupes, lo busqué luego y me disculpé. Empiezo a pensar que él sabe que…

»Bueno, tampoco he sido del todo sincero contigo. Quizá eso no cuente, porque ni siquiera estoy seguro de que puedas oírme ahí dentro. Si puedes, apuesto a que te está volviendo loco no poder contestar, pero ten por seguro que me estoy llamando a mí mismo todos los nombres que tú me dirías si pudieras.

Soltó una risita, aunque no tenía ganas.

—El problema es que no puedo dormir. Lo he intentado todo. Diablos, incluso he bebido leche tibia. ¿Te acuerdas de cómo mamá solía darnos leche tibia cuando éramos niños, y tú la echabas en el helecho y lo mataste? No ayudó entonces, y sigue sin hacerlo. Así que, en lugar de eso, he estado saliendo por las noches. Al principio solo caminaba, esperando poder cansar mi cerebro para poder dormir. Pero entonces, bueno, pasan cosas por la noche, ya sabes. Gente inocente resulta herida igual que tú. Y yo vigilo por ellos, igual que solía vigilar por ti.

»Probablemente ni siquiera marque una gran diferencia. Pero tengo que hacer algo. Alguien tiene que plantar cara a los O’Bannion. Alguien tiene que hacerles pagar por lo que te hicieron. Sé que si pudieras, me dirías que lo dejara estar. Que pusiera la otra mejilla. Pero ya lo intenté a tu manera. Quizá ahora sea el momento de intentarlo a la mía.

»Solo quería contarte lo que pasó por si no vuelvo. Para que cuando despiertes, sepas que intenté que estuvieras orgulloso. De verdad que lo hice.

Nathaniel hizo una pausa, mirando a su hermano, esperando con cada parte de su ser que Randall abriera los ojos y le echara la bronca. Pero no pasó nada.

—Te quiero, hermano —dijo Nathaniel—. Nos vemos.

Cerró la puerta suavemente tras de sí, dejando fuera el incesante pitido.


Nathaniel sabía lo que quería hacer, a pesar de su negativa a admitírselo a sí mismo. A la una de la madrugada seguía caminando, con los hombros encogidos contra la noche fría y brumosa, el sombrero calado sobre los ojos para ocultar su rostro. Quería… algo. Un asaltante o un ladrón, alguien a quien pudiera golpear sin sentirse demasiado culpable por ello. Pero las calles de Arkham estaban vacías, los residentes resguardados tras postigos cerrados y puertas bloqueadas como si se escondieran de algo que no podían nombrar ni explicar, algo que rondaba sus sueños.

Solo Nathaniel —desesperado y sin dormir— se atrevería a salir y perseguir esas sombras. Cuando levantó la vista y se encontró con el Club Clover al otro lado de la calle, ya no pudo negar que aquel había sido su destino previsto todo el tiempo. Los monstruos estaban aquí; él lo sabía. Todas las luces brillantes y la música swing de ritmo rápido no podían cambiar la verdad: los O’Bannion eran peores que cualquier hombre del saco.

Tal vez Nathaniel no pudiera ayudar a curar a Randall, pero podía asegurarse de que los brutos entendieran que poner sus manos sobre cualquiera de los hermanos Cho tenía un precio.

Dio un solo paso hacia las puertas antes de pensárselo dos veces. Los porteros de fuera tenían hombros como jugadores de rugby, puños como jamones enlatados y bultos sospechosos bajo las chaquetas del uniforme. Podía con uno o dos de ellos, pero los números no eran buenos incluso sin las armas de fuego que estaba bastante seguro que llevaban. Si quería llegar a alguien que realmente pudiera retirar a los perros de presa, tenía que jugar con más inteligencia.

Con propósito casual, deambuló hacia el lateral del edificio y se deslizó por el callejón detrás del club. Tal vez pudiera encontrar una entrada de empleados y hacerse pasar por camarero. Eso podría meterle dentro.

El callejón estaba tenuemente iluminado, con la luna bloqueada por los altos edificios. Nathaniel se abrió camino por el callejón, tratando de no hacer demasiado ruido. Randall siempre había dicho que sonaba como un elefante en una cacharrería, pero él pensaba que era bastante silencioso, y nadie le molestó mientras se escurría por la esquina hacia la parte trasera del club. Estaba tan oscuro que no podía ver su propia mano delante de su cara, pero un contorno claro encajado en la pared sugería la presencia de una puerta.

Energizado por su éxito, se apresuró hacia la puerta, con la remota esperanza de que se hubiera quedado sin cerrar. Sus pasos crujieron en la grava, ruidosos en la quietud. Comprobó el pomo, con el corazón palpitando de emoción. ¿De verdad iba a hacer esto?

Se abrió, revelando una figura monstruosa.

Parecía vagamente humanoide, con rasgos como de arcilla derretida. Su cara no era más que un par de ojos pequeños y brillantes y un conjunto de labios flácidos que colgaban abiertos con hambre relajada. El cuerpo era fornido y rudimentario, cubierto de nada más que un conjunto de escamas viscosas. Todo en sus proporciones estaba un poco mal: las extremidades rechonchas demasiado anchas, el cuello demasiado grueso, los codos descentrados de alguna manera. El resultado general era una abrumadora sensación de incorrección. Esta criatura no pertenecía a ningún lugar más que a las pesadillas.

Se abalanzó hacia él.

Aunque Nathaniel era boxeador, tenía como norma no ir golpeando a la gente al azar. Su fuerza combinada con su entrenamiento lo hacían potencialmente letal. Lo responsable era practicar el control. En este momento, todo ese cuidado salió por la puerta. Esta abominación no merecía su precaución. Le lanzó un golpe con toda su considerable fuerza, su puño disparándose a través del aire.

Aterrizó con lo que habría sido un crujido mortal en una persona normal. Pero de alguna manera, la carne blanda bajo su puño cedió, succionando su mano. Fue como golpear barro; había sustancia enterrada en lo profundo, pero las capas de masa temblorosa encima hacían imposible causar daño.

Una de las manos como jamones de la cosa se disparó hacia él. Instintivamente, hizo una finta para apartarse, pero era más rápido de lo que parecía. El golpe rebotó en su hombro, y él salió volando a través del callejón y se estampó contra la pared tan fuerte que cayó al suelo, con estrellas aturdidas floreciendo tras sus párpados.

Astillas afiladas le perforaron la palma de la mano cuando esta rozó un trozo de escombro de madera que repiqueteó mientras se ponía de pie a duras penas. No había tiempo que perder; la cosa avanzaba pesadamente hacia él, su silueta clara contra la luz que salía de la puerta abierta. Agarró el trozo de madera y lo bateó como si tuviera las bases llenas en la última entrada. Golpeó con tal fuerza que la madera se rompió con un chasquido y la criatura soltó un aullido ininteligible, cayendo sobre una rodilla.

—Ran… dall —dijo.

Sabía el nombre de su hermano. La revelación detuvo a Nathaniel en seco. Nada importaba más que su hermano. Necesitaba sobrevivir para mantener a Randall a salvo.

Corrió, odiando cada minuto de ello. Al salir del callejón a la calle, vio a Malloy de pie fuera del club, hablando con los porteros. Sus miradas se cruzaron. Malloy inclinó su sombrero, con una sonrisa irónica y cómplice estirando sus labios. Un par de los fornidos porteros lo flanqueaban. Nathaniel no podía estar seguro, pero basándose en sus siluetas, pensó que también eran criaturas de barro.

No sabía qué estaba pasando, pero no podía dejar a Randall solo e indefenso, no en un mundo donde cosas como la criatura de barro acechaban en las sombras. Empezó a trotar hacia el hospital. Se sentaría junto a la cama de su hermano hasta que Randall despertara, y solo entonces empezaría a entrenar.

Cuando vinieran a por él y su hermano, estaría preparado.

Joe Diamond – El investigador privado (Cap. 2)

Joe Diamond subió pesadamente las escaleras de su edificio de oficinas, con el sombrero fedora colgando de la mano. Había sido una noche larga en su fiel Chevrolet, con la cámara sin usar tirada en el asiento del copiloto a su lado. Maldita vigilancia. Al principio de su carrera, le resultaban emocionantes, pero ahora solo le causaban cansancio. Si no andaba con cuidado, acabaría como esos viejos carcamales del Velma’s, jugando al euchre cada mañana y quejándose del precio de una taza de café.

Una luz brillaba tras el cristal esmerilado de la puerta de su oficina, y por un momento se quedó mirándola sin comprender. Unos segundos después, su cansada mente ató cabos hasta llegar a Enid Phillips, su nueva secretaria. Trabajaba a tiempo parcial en la nueva consulta del primer piso del doctor Fern, y el doctor se la había recomendado encarecidamente. Joe nunca antes había tenido una secretaria —siempre había trabajado en solitario—, pero el papeleo nunca había sido su fuerte. Con suerte, Enid podría sacarle del atolladero durante los dos días a la semana que trabajaba para él.

Entró en la oficina y se la encontró hasta los codos de expedientes de casos. Apenas podía verla por encima de las pilas; una de ellas se tambaleaba al borde del escritorio como la Torre Inclinada de Pisa. La agarró antes de que se cayera. Los ojos de ella se encontraron con los suyos, centelleantes. Tenía una figura de matrona, la piel de un marrón intenso y una sonrisa capaz de iluminar Arkham. Y menos mal: iba a necesitar sentido del humor para abrirse paso a través de todo aquel desastre.

—¿No es usted una persona mañanera, verdad? —bromeó ella, dándole un buen repaso con la mirada.

Él se encogió de hombros mientras colgaba el sombrero junto a la puerta.

—Las trasnochadas son gajes del oficio —dijo él.

—Hay café —ofreció ella—. ¿Quiere que le sirva una taza, o le traigo directamente toda la cafetera para que pueda consumir el maná directamente de la fuente?

—¿Ambas cosas son una opción?

Ella mantuvo un flujo constante de bromas y burlas que solo terminó cuando él se acomodó en su escritorio con una taza de café, sin leche y con dos azucarillos. Enid se sentó frente a él, alisándose remilgadamente la falda sobre las rodillas antes de apoyar su bloc de notas amarillo en el regazo.

—¿Qué tal va? —preguntó él, soplando sobre la bebida humeante—. Algunos de mis casos se vuelven bastante turbios. Si es demasiado, tendrá que decírmelo.

—Cariño, he vivido lo suficiente como para no escandalizarme por nada de lo que la gente sea capaz de hacer. Además, no tengo que leerme todos los detalles escabrosos —respondió ella.

—Bueno, yo también solía considerarme imperturbable, pero resulta que aún me pueden sorprender.

—Le tomo la palabra. Para responder a su pregunta, estoy avanzando en la vinculación de cada caso con sus extractos bancarios. Sus libros de cuentas deberían estar en perfecto estado para cuando termine. Ya he detectado algunos casos que puede que no se hayan facturado por completo. Esa pila de ahí necesita una revisión.

Señaló un fajo de expedientes junto a su codo. El café ya estaba lo bastante frío. Se lo tragó de un trago con la velocidad de un hombre acostumbrado a engullir la comida y la bebida a la carrera antes de abrir la carpeta superior y echar un vistazo a su interior.

—No encontrará ninguna factura para este —dijo él, cerrándola y deslizándola hacia ella—. Lo pasé como un favor a los Fairmont. La mejor inversión que he hecho en mi vida.

—Anotado. —Garabateó en su bloc—. Lo añadiré al expediente. ¿El siguiente?

Abrió la siguiente carpeta, que reveló una fotografía en primer plano de restos humanos destrozados sujeta con un clip a la parte superior de un fajo de papeles. Se apresuró a cerrar la carpeta, esperando evitar la histeria femenina, pero Enid ni siquiera pestañeó.

—Parece que ese sujeto tuvo un día de perros —observó ella—. Tengo siete hijos; no me asusta un poco de sangre. Además, ya lo he visto.

Impresionado, volvió a abrir el expediente para inspeccionar su contenido. El cuerpo había sido mutilado hasta quedar irreconocible, sus rasgos obliterados por la carne revuelta. La fotografía estaba manchada y el fondo era borroso. Era el tipo de caso que debería habérsele quedado grabado, pero no recordaba absolutamente nada. Tal vez se había vuelto más insensible de lo que creía.

Apartó la foto a un lado para examinar la página, con la esperanza de estimular su memoria, pero el papel estaba muy manchado. Unos profundos lamparones negros ocultaban la mayor parte del texto, dejando únicamente palabras y frases sueltas. Las palabras restantes estaban tan truncadas que apenas servían para refrescarle la memoria. «La víctima fue encontrada… asesinato… sótano… dijo que el… tallado en el cu…».

Frustrado, tamborileó con los dedos sobre el escritorio. Todo el registro del caso estaba salpicado de aquella porquería inidentificable, lo que lo volvía inútil. ¿Acaso era tinta? La olisqueó, y sus fosas nasales se llenaron de un olor a levadura que le revolvió las tripas. Volvió a tirar la carpeta sobre el escritorio, respirando profundamente por la nariz, como hacía cuando se enfrentaba a un cadáver especialmente fragante. Finalmente, su estómago dejó de revolverse.

La carpeta se había abierto al caer y los papeles se habían esparcido. Enid los recogió con una calma imperturbable.

—Parece que haya visto a un fantasma —observó ella.

—No recuerdo este caso —dijo él, con una voz algo más temblorosa de lo que le habría gustado—. ¿Cómo podría no recordar… eso?

—Tiene muchas cosas de las que llevar la cuenta, pero este parece de los que deberían destacar. No será usted un bebedor empedernido, ¿verdad? No le juzgo; mi Reggie solía beber como un cosaco los sábados por la noche, que Dios lo tenga en su gloria.

Él negó con la cabeza, con los ojos aún pegados a esa fotografía.

—El alcohol embota los instintos —respondió.

Ella cogió el expediente para volver a meter los papeles dentro y de pronto se quedó paralizada.

—Un momento. Sesenta y seis… ¿Creo que dice Hill? —preguntó.

—¿Qué? —exclamó él—. ¿Dónde?

Ella le tendió la carpeta, señalando un débil garabato en la contraportada. Apenas pudo descifrar su propia e ilegible caligrafía.

—Número 66 de la calle Hill —asintió—. Tal vez me pase por allí durante el almuerzo. Para ver si lo que haya allí me refresca la memoria.

Aunque hizo todo lo posible, su actitud despreocupada no engañó a Enid. Tras solo unos días a su servicio, ella ya le tenía calado.

—¿Por qué no va ahora? —sugirió con dulzura—. No podrá descansar hasta que lo haga.


El número 66 de la calle Hill estaba escondido en las afueras de la ciudad, cerca del Parque de la Universidad de Miskatonic, pero lo único que quedaba en el solar era un agujero en el suelo del tamaño de un edificio. Joe sabía que aquel vecindario se había inundado durante aquella catastrófica tormenta, pero no se había dado cuenta de lo grave que había sido. La manzana estaba desierta y sus edificios habían sido demolidos, dejando a su paso tan solo montones de madera podrida y escombros. Lo que quiera que se hubiera erigido en el 66 de la calle Hill había desaparecido hacía tiempo, al igual que sus dos vecinos, con los cimientos abiertos de par en par como las cuencas vacías tras una visita al dentista.

Joe golpeó el volante con una mano, frustrado. Suponía que podría pasarse por la comisaría —seguro que la policía tendría registros sobre el asesinato—, pero ese tipo de preguntas no inspiraban precisamente confianza. No, tenía que averiguar aquello por su cuenta. Tenía que haber algo allí que desencadenara sus recuerdos.

El suelo chapoteó mientras se abría paso a través del patio revuelto, intentando reconstruir el edificio en su mente. Los restos dentados de un tocón sobresalían de la tierra donde un gran árbol había dado sombra al edificio. Los adoquines rotos sugerían un camino delantero que conducía a una casa o a un pequeño negocio, a juzgar por las dimensiones de los cimientos. Pero por mucho que lo intentara, no lograba conjurar una imagen mental de la estructura, y por lo general era bastante bueno recordando detalles relacionados con los casos.

A medida que se acercaba al foso vacío, un familiar olor a levadura asaltó sus fosas nasales, revolviéndole el estómago. Tragó saliva para contener la repentina oleada en el fondo de la garganta y echó un vistazo más de cerca, pero los muros de piedra del sótano estaban envueltos en oscuridad, con sus profundidades ensombrecidas. Entrecerró los ojos hacia la profunda negrura, pero no logró distinguir nada. El sol estaba asfixiado por unas lúgubres nubes grises, pero aun así debería ser capaz de ver algo.

Se dejó caer de rodillas al borde del sótano, sin importarle que el agua le empapara los pantalones. El olor era más fuerte allí, impregnando el aire como los vapores de un bidón de gasolina; la cabeza le dio vueltas al inhalar. Sacó un pañuelo del bolsillo y se inclinó para frotar la tela contra el borde del muro. Salió cubierto de una sustancia negra, húmeda y pegajosa. ¿Acaso era moho? Olía muchísimo a la pringue de su carpeta del caso. Pero eso no tenía ningún sentido; él no había redactado el papeleo del caso allí.

Tal vez su mente estaba estableciendo conexiones que simplemente no existían. Observó más de cerca aquel negro y apestoso brote. El olor le llenó la cabeza y los colores se fundieron en un gris. Desde algún lugar lejano, se oyó a sí mismo murmurar una maldición que no sintió pronunciar. Luego, no supo nada más.


Cuando volvió a nadar hacia la superficie desde las profundidades de la inconsciencia, se encontró en el suelo empapado mirando un par de zapatos sensatos bajo unas piernas con pantalones. Subió la vista hasta un traje muy parecido al suyo, coronado por un sombrero fedora similar al que le había caído de la cabeza al barro. Lo recuperó mientras se sentaba lentamente.

—Date un minuto —dijo la figura con una voz sorprendentemente femenina—. Respira hondo.

El rostro bajo el ala del sombrero era delicado. Una mujer de largo cabello rubio, vestida con un traje muy masculino. Sus ojos eran fríos como el acero mientras miraba el esqueleto del sótano a solo un par de metros de distancia.

—¿Qué ha pasado? —preguntó él, aturdido.

—Esporas —dijo ella—. ¿Tienes fuego?

Aún no pensaba con claridad, pero su madre lo había educado bien. Cuando una dama pedía fuego, un caballero se lo daba. Sacó una caja de cerillas del bolsillo, con la mano temblorosa, y se la tendió. Ella se la arrebató mientras él se ponía en pie a trompicones, aún aturdido. Su traje estaba empapado, la chaqueta apelmazada de pringue. Se la sacudió durante un minuto antes de dar la batalla por perdida. Tendría que llevarlo a limpiar.

Un súbito puf devolvió su atención al sótano en ruinas, de donde empezaron a ascender hacia el cielo unas volutas de humo acre. La joven estaba de pie a su lado, recortada contra las llamas crecientes, con la caja de cerillas en las manos de él. Mientras la observaba, dejó caer otra cerilla encendida en el profundo y negro foso.

—¡E-espera! —tartamudeó—. No puedes… ¡esa es la escena de la investigación de un asesinato! O al menos creo que lo es…

—Lo sé —respondió ella con calma.

Mientras él la miraba boquiabierto, ella le devolvió la caja apretándosela en la mano, con un tacto suave.

—Sé que esto debe resultar confuso —dijo—. El moho te trastorna la mente. Tienes que quemar cualquier cosa que toque. Incluyendo ese traje, me temo.

—Pero si es mi favorito…

—Entiendo el motivo. Es difícil encontrar un buen trabajo de sastrería. Pero tendrás más trajes.

—No lo… qué es…

—¿Por qué no vuelves al coche? Te sentirás mejor en cuanto tomes un poco de aire fresco.

A su cerebro embrollado le pareció una idea estupenda. Mientras se tambaleaba hacia el coche, sacudió la cabeza, intentando despejarse. Tal vez ella decía la verdad. Normalmente él era rápido de reflejos, pero en aquel momento sentía como si estuviera intentando pensar con un cerebro hecho de lana de acero. Se dejó caer contra la puerta del coche, tragando oxígeno puro y dulce.

Poco a poco, sus facultades regresaron a él. Levantó la vista y se encontró a la mujer de pie ante él, con las cejas arqueadas. A su espalda, el sótano escupía humo. A lo lejos, se oían sirenas.

—Será mejor que te vayas antes de que lleguen los bomberos —sugirió ella.

—Será mejor que te vengas conmigo. Tengo preguntas —replicó él.

—Déjame atajarte antes de que empieces. Me llamo Ari Quinn. Supongo que podrías decir que soy una colega investigadora de fuera de la ciudad. Tú eres Joe Diamond. Si tuviera que adivinar, diría que estás intentando encajar las piezas de lo que ocurrió en ese sótano.

—Pues tienes toda la maldita razón. Hubo un asesinato, pero…

—Pero no te acuerdas. Y no lo harás. Esa porquería juega con tu mente. Ojalá tuviera más tiempo para charlar, pero ya he perdido demasiado. Tengo lugares en los que estar y cosas que quemar.

—¿Qué pasa con el asesinato? —insistió.

—¿Qué asesinato? ¿Qué pruebas? Quedas advertido; si intentas escribir lo que has visto hoy, las esporas crecerán también sobre el papel. Así es como se propaga: el propio conocimiento es infeccioso.

Quiso burlarse de aquello, pero en lo único que podía pensar era en aquel expediente sobre su escritorio y en la sensación nauseabunda que había tenido al sostenerlo. En el fondo, sabía que ella decía la verdad.

—Fuego —dijo él, pensativo—. Quemarlo todo.

—Antes de que se propague —asintió ella.

Agitó la caja de cerillas, provocando un traqueteo satisfactorio. Las sirenas se acercaron, y ella se alejó por la calle en dirección al parque.

—¿Cómo te encuentro? —le gritó.

—No lo haces —respondió ella gritando también—. Eso es lo que tiene nuestro trabajo. Algunos casos, simplemente, nunca se resuelven. Créeme; me fastidia tanto como a ti.

Un camión de bomberos dobló la esquina hacia la calle Hill, con la sirena aullando. Él vaciló, mirando la figura de la señorita Quinn alejándose, pero se había quedado sin tiempo. No podía permitirse verse involucrado en acusaciones de incendio provocado.

Además, tenía un expediente que quemar.

Daniela Reyes – La mecánica (Cap. 2)

Daniela Reyes se sentó en la sala de espera e intentó no removerse en el asiento. Odiaba los vestidos y las medias de nailon que picaban. Pero la nueva planta envasadora de carne buscaba un mecánico y ofrecían unos beneficios fantásticos. Con un sueldo así, podría permitirse terminar su moto con piezas Raleigh en lugar de rebuscar lo que pudiera encontrar en los desguaces. La oportunidad valía la pena como para soportar las ásperas medias, aunque solo fuera para demostrar a sus futuros jefes que iba en serio.

La entrevista de la semana pasada no podría haber ido mejor. A la salida, se había encontrado al entrevistador, el Sr. Filch, inclinado sobre el capó abierto de su coche con el aire petrificado de alguien que se enfrenta a un acertijo en un idioma que no habla. Solo era una batería estropeada, pero ella aprovechó la oportunidad al máximo, señalando algunas posibles tareas de mantenimiento para atajar de raíz futuros problemas del coche. El hombrecillo había parecido impresionado. Eso tenía que ser una buena señal, pero desde luego odiaba esperar.

Finalmente, la secretaria la hizo pasar a la oficina del Sr. Filch. Manteniendo aún su mejor comportamiento, Daniela le estrechó la mano. No es que fuera propensa a juzgar, pero el tipo era un bicho raro. Era calvo como un huevo —ni siquiera tenía cejas— y su piel poseía la suavidad tersa e inmaculada de un bebé recién nacido. En conjunto, le recordaba demasiado a un pollito recién salido del cascarón como para resultar cómodo. Pero no tenía que admirarlo para conseguir que la contratara.

—¿Qué tal funciona su coche? —preguntó mientras se sentaba. —Ronronea como un gatito —dijo él—. Estoy en deuda con usted, señorita Reyes. —En absoluto. Es a lo que me dedico. Y estaría encantada de poner esas habilidades a trabajar en New Horizons, Sr. Filch —declaró. —Estaríamos encantados de contar con usted —dijo él, enseñando los dientes—. Hablemos de su remuneración.

Ella reprimió el impulso de alzar el puño y gritar en voz alta. Por fin, las cosas estaban mejorando.

Para celebrar las buenas noticias, Daniela se ofreció a llevar a sus amigos a cenar marisco a su chiringuito de carretera favorito, subiendo por la costa. Hacía un día precioso para dar un paseo en coche, aunque la moto de Imogen estaba fuera de servicio mientras esperaba la entrega de unas nuevas tapas para los muelles de las válvulas, y la camioneta de Daniela había quedado insalvable tras la inundación. Así que todos se apiñaron en la camioneta de Pawel para el viaje. Las gambas fritas estaban muy calientes y las mazorcas de maíz goteaban mantequilla, dejando charcos en las cestas forradas de papel. Después de llenarse la panza, se repantingaron en la mesa de pícnic, disfrutando de la combinación de sol brillante y brisa fresca.

—Esto es vida —dijo Imogen, frotándose la barriga—. Si esto es lo que pasa cuando te ascienden, espero que dirijas ese lugar dentro de un año. Estoy tan llena que podría reventar. —Ni siquiera os he contado la mejor parte —respondió Daniela—. Me van a dar una camioneta de trabajo para sustituir a la que se llevó el agua. Podré invertir todo mi dinero duramente ganado en mi moto, así que podremos hacer algunos viajes juntas el verano que viene. —¡Yuju! —exclamó Imogen, alzando su botella de refresco—. ¡Brindo por eso!

Chocaron los envases. Entonces Daniela frunció el ceño. —Espero que no os sintáis abandonados —dijo—. Sinceramente, lo único negativo de este nuevo curro es que no estaréis allí. —Bzdura —dijo Pawel, agitando una mano con desdén—. Es bueno que crezcas. —Además —añadió Imogen con una sonrisa traviesa—. Esperamos de todo corazón que nos recomiendes cuando se abran más vacantes. Nos alegramos por ti, pero es un tipo de alegría interesada. —Yo no admito nada —dijo Pawel, alzando las manos en posición de rezo como un colegial inocente, y todos rieron.

Después de la comida, condujeron más arriba por la costa, pero acabaron dando la vuelta antes de lo previsto. Unas nubes taciturnas surcaron a una velocidad alarmante los cielos antes despejados, amenazando lluvia. El viento arreció, soplando desde el agua con una fuerza que sacudía la camioneta. Pawel se mantenía firme al volante, guiando el vehículo con manos seguras, pero todos estuvieron de acuerdo en que probablemente era mejor acortar el viaje.

Pawel tomó una ruta diferente para volver, dando un rodeo hacia el interior para evitar lo peor del viento. Tras unas cuantas curvas y desvíos, salieron a la Ruta 18, una carretera secundaria de dos carriles. El viento era más clemente allí, pero una lluvia fría repiqueteaba contra el parabrisas y las nubes se habían vuelto tan oscuras que Pawel encendió los faros a pesar de lo temprano de la hora. No era un viaje de esos de agarrarse los nudillos al volante —Daniela había conducido en condiciones mucho peores—, pero desde luego no era un día para un paseo de placer.

—Bueno, ¿no es esto un paseo por el parque? —murmuró Daniela—. Hay que querer al clima de Massachusetts. —Yo no tengo que querer nada —declaró Imogen—. Nos está arruinando la fiesta.

De repente, la camioneta se apagó. Las luces se oscurecieron y el motor se detuvo. El limpiaparabrisas se quedó atascado a mitad de su arco sobre el cristal. Pawel soltó de sopetón otra palabra en polaco que probablemente no era una palabrota, pero que definitivamente apestaba a frustración. Daniela le dio unas palmaditas en el brazo mientras él se desviaba hacia el arcén.

—Si te vas a quedar tirado en medio de la nada, al menos tienes el buen juicio de hacerlo con dos maestras mecánicas —observó ella, intentando aligerar el ambiente.

Este comentario le valió una breve sonrisa, y todos se apearon para echar un vistazo bajo el capó. La lluvia helada escocía en las mejillas de Daniela, y ella encogió los hombros mientras rodeaba la parte trasera de la camioneta para ir a buscar la caja de herramientas.

—Pilla una linterna, ¿quieres? —le gritó Imogen. —¡Voy!

Daniela sacó la pesada linterna de la caja antes de arrastrar todo el armatoste hasta la parte delantera de la camioneta. Pero cuando pulsó el interruptor de la luz, no ocurrió nada.

—¡Maldita sea! —exclamó. Pawel la estudió, con el ceño fruncido. —Es nueva —dijo, evidentemente desconcertado—. Debería funcionar. —Aún hay luz suficiente para ver si nos damos vidilla —sugirió Daniela—. Y hace un frío que pela aquí fuera. Yo digo que nos pongamos en marcha y ya nos ocuparemos de la linterna más tarde. —Secundo la moción —dijo Imogen.

Pero por más que lo intentaron, no pudieron encontrar ni un solo problema en la camioneta. La bomba de combustible parecía estar bien, los filtros despejados. La batería estaba en perfectas condiciones. Con cada teoría descartada, Daniela se sentía más confundida. No había ninguna razón por la que esa camioneta no debiera funcionar, y con cada minuto que pasaba, el cielo se volvía más y más sombrío. Parecía mucho más tarde de… ¿qué hora era, de todos modos?

Su reloj se había parado, lo que era la guinda de un pastel ya de por sí frustrante.

—¿Alguien tiene la hora? —preguntó—. Se me ha olvidado darle cuerda al reloj. Pawel gruñó, mirándose la muñeca. —Extraño —dijo—. Está parado. Imogen soltó un grito ahogado. —¡El mío también! —exclamó.

Un escalofrío recorrió la espalda de Daniela. Probablemente había alguna explicación racional para aquello, algún tipo de depósito mineral que emitía frecuencias eléctricas y freía los circuitos o… algo así. Las zonas muertas no surgían de la nada; eran provocadas. Pero no tenía por qué gustarle. Sería mejor que pusiera a sus amigos a salvo antes de que las cosas empeoraran, como solían hacerlo por esos lares.

—Creo que deberíamos largarnos —dijo ella, manteniendo la voz firme con esfuerzo—. No estamos llegando a ninguna parte, y quién sabe cuánto tendremos que caminar antes de toparnos con una granja. Hace frío, está oscuro y, sinceramente, este lugar me da escalofríos. No me da miedo admitirlo. —No me apetece nada esa caminata, pero desde luego que no me voy a quedar aquí toda la noche. ¿Quién sabe cuándo pasará alguien para echarnos una mano? No puedo recordar la última vez que nos cruzamos con otro coche —declaró Imogen.

Pawel vaciló. —Iré contigo de copiloto mañana para recoger la camioneta —ofreció Daniela—. Podemos remolcarla hasta el taller si es necesario. Su expresión se endureció. —Cierto —dijo—. Es importante manteneros a salvo, chicas. Mi matka volvería de entre los muertos solo para gritarme si no lo hiciera. —Me habría caído bien —dijo Daniela, cogiendo la caja de herramientas y deslizándola en la cabina para dejarla guardada de forma segura. —Sí, eso creo —coincidió Pawel.

La caminata fue fría, monótona y francamente miserable. La carretera se extendía a lo largo de lo que parecían kilómetros, abriendo una franja a través de espesos grupos de árboles y largos tramos de campos ininterrumpidos. Por mucho que Daniela entrecerrara los ojos, no podía distinguir ni un solo edificio. ¿Acaso no vivía nadie por aquí? Alguien tenía que cuidar de esos campos.

Pawel e Imogen compartían su desdicha. Las burlas y bromas se habían esfumado hacía tiempo, sin dejar más sonido que el crujido de sus pasos en la grava y el siseo de la lluvia. Bueno, eso y los aullidos.

Daniela pensó que se había imaginado la primera llamada, distante y lastimera. Nadie más reaccionó a ella, así que la descartó como una invención de su imaginación. Pero luego hubo otra, entre los árboles a la izquierda. Imogen soltó un gritito y Pawel se tensó, alzando la mano. En ella, sostenía la pesada linterna, y al principio Daniela se preguntó por qué se había molestado en traerla. Luego se dio cuenta de que tenía intención de usarla como garrote. Y menos mal, si es que había lobos al acecho.

Solo podía esperar que realmente fueran lobos y no algo peor. Algo… inexplicable.

—Teníamos lobos en nuestro pueblo cuando era pequeño —dijo Pawel, con voz baja y calmada—. Te rodean en círculo, intentan separar al grupo. Se llevan al más débil. Si doy una orden, escucháis. Sin discutir. Sin correr. Nunca correr. —Entendido —respondió Daniela, agarrando una gruesa rama del borde del camino. —Oh, Dios mío, ¿de verdad vamos a hacer esto? —exclamó Imogen, temblorosa y sin aliento—. ¡Qué aventura!

Desde luego, la situación no parecía divertida, pero Daniela agradeció el intento de aligerar el ambiente. Sin embargo, los aullidos se acercaban, y su garrote improvisado le parecía totalmente insuficiente. Habría dado cualquier cosa por estar en casa, en su cálida cama.

Entonces, la criatura salió dando saltos desde el linde del bosque y el corazón casi se le paraliza.

Tenía un hocico parecido al de un lobo que alzó hacia el cielo, soltando otro de esos hambrientos aullidos. Pero en lugar de pelaje, la cabeza —y de hecho todo el cuerpo— estaba cubierta de una piel húmeda, de un verde enfermizo. El cuerpo estaba extrañamente encorvado y las patas traseras estaban superdesarrolladas. Mientras Daniela miraba boquiabierta a aquella cosa deforme, una más pequeña se acercó dando saltos para unirse a ella. Esta también soltó un aullido, y la luz crepuscular destelló en más dientes de los que deberían caber en aquella estrecha mandíbula.

—Creo que me acabo de mear encima —dijo Imogen, con un hilo de voz. —Sigue caminando —ordenó Pawel, apartando la mirada con resolución.

Mientras seguían avanzando, los ojos de Daniela escudriñaban entre los árboles, captando destellos de movimiento que no podía seguir. ¿Cuántos de ellos había? El corazón le latía en la garganta; no podía recuperar el aliento. Era solo cuestión de tiempo que aquellas cosas atacaran.

Aunque sabía mucho más de maquinaria que de vida silvestre, tenía razón en eso. El ataque llegó, rápido y silencioso. Pawel soltó un grito, blandiendo su linterna. Imogen gritó mientras asestaba un golpe con su pesada bota. Daniela agarró su rama con ambas manos y la hizo oscilar con todas sus fuerzas cuando uno de los lobos-rana se abalanzó hacia ella, con la boca abierta en una mueca ansiosa. Los años de cargar con maquinaria pesada dieron peso a su golpe; golpeó a la cosa con tanta fuerza que la rama se hizo añicos. La bestia salió volando con un grito de dolor que se cortó en seco al estrellarse contra el tronco de un robusto árbol. Ella soltó un grito feroz, agarrando otro palo.

Antes de que sus atacantes pudieran reagruparse, un par de faros rompió la creciente oscuridad, y el rugido de un motor ahogó los rugidos de furia. El coche estaba, de algún modo, justo encima de ellos, pero Daniela no iba a cuestionar la llegada de la caballería. Las criaturas huyeron a la espesura cuando el vehículo se acercó, haciendo sonar la bocina a modo de advertencia.

—Ni una palabra —advirtió Daniela a sus amigos—. Nos meterán en un manicomio y tirarán la llave.

Pawel asintió, trazando una equis sobre su pecho en una promesa silenciosa. Imogen soltó una carcajada casi histérica. Pero todos se dibujaron una sonrisa en el rostro cuando el roadster se detuvo deslizándose junto a ellos.

—¿Necesitan que los lleve? —preguntó el anciano al volante—. Parecen haber pasado por un mal trago. —Y que lo diga —respondió Daniela, dejando caer sigilosamente su rama al suelo a sus pies.

De camino a recoger su camioneta al día siguiente, ni Daniela ni Pawel hicieron referencia a su espantosa experiencia, pero ella sabía que ambos la tenían en mente. El viaje fue tenso; Pawel llevaba un pesado martillo escondido junto a su asiento. Cuando creía que ella no miraba, apoyaba la mano en él como si le diera consuelo.

La camioneta abandonada arrancó a la primera. Los dos intercambiaron miradas con los labios apretados, esperando el sonido de unos aullidos que nunca llegaron.

—Pues ya está —dijo Pawel, frunciendo el ceño. —Por ahora —coincidió ella. —¿Crees que…? —Él negó con la cabeza—. No importa. Es Arkham. No se puede explicar.

Ella resopló divertida, pero no podía dejar de pensar en aquello mientras seguía a su camioneta de vuelta a la ciudad. Ciertamente, Arkham no tenía explicación, pero era su hogar.

Miguel de la Cruz – El ranchero (Cap. 2)

Mientras Miguel de la Cruz detenía su camioneta frente a la tienda de ultramarinos de Arkham, vio a una anciana que se esforzaba por meter un pesado saco en el maletero abierto de su sedán. Frunciendo el ceño, aparcó rápidamente su camioneta en una plaza y se apresuró a ayudarla.

—Señora, por favor, permítame —dijo, hablando despacio y con calma. Había descubierto que eso ayudaba a la buena gente de Arkham a entenderle a pesar de su acento.

Ella soltó el saco con un suspiro de agradecimiento, permitiendo que el peso se acomodara en sus brazos. Nueve kilos de tierra para macetas no eran problema para alguien como él, pero no podía creer que ella hubiera intentado levantarlo por sí misma. La mujer tenía el pelo gris y los huesos como los de un pajarillo. Era un milagro que no se hubiera caído.

—Gracias, muchacho —dijo ella, subiéndose las gafas de ojo de gato por la nariz. —No hay de qué.

Colocó el saco en el maletero y despachó rápidamente los otros dos que había en el carro. Solo tardó unos segundos. Una vez hecho, sacó un pañuelo del bolsillo trasero para limpiarse las manos.

—Que Dios te bendiga —dijo la anciana, tendiéndole la mano con expresión decidida—. Ethel Strawbridge, a tu servicio. —Miguel de la Cruz. —Se dieron la mano—. El placer es mío. ¿Qué le ha pasado al chico de la tienda? Debería haberle cargado esto.

Ella resopló. —Normalmente lo habría hecho, pero el muy zoquete ha tirado una pila entera de alpiste. Si tuviera que esperar a que limpiara ese desastre, probablemente me habría muerto. Menos mal que has aparecido, o habría tenido que meter la tierra en el coche a puñados.

—Encantado de ayudar. Que tenga un buen día, señora —dijo, quitándose el sombrero.

—Espera un segundo —dijo ella, agarrándole del brazo—. ¿Eres el chico que se ha quedado con la antigua propiedad de los Wilbur? —Sí, señora —respondió él con cautela.

La boca de ella se ensanchó en una gran sonrisa.

—¡Vaya, pues entonces somos vecinos! —exclamó—. Vivo justo colina arriba de tu casa, en la de color amarillo. Solíamos tener caballos, cuando mi Floyd vivía. Me alegra el corazón ver a los tuyos pastando todos los días, aunque no me imagino cómo llevas tú solo un lugar tan grande. Un ranchero necesita una familia que le ayude a compartir esa carga. Solo Dios sabe que Floyd habría quemado el lugar si no me hubiera tenido a mí para mantenerle por el buen camino. Ese hombre habría perdido la cabeza si yo no le hubiera recordado que aún la tenía sobre los hombros.

Miguel soltó una risita, pero Ethel ni siquiera se detuvo. Parecía ser bastante habladora.

—Podemos buscarte a una buena chica de Arkham —dijo ella—. Tengo una nieta que podría gustarte. Tiene muy buena mano con los animales, y hace una tarta de manzana de muerte. —Es usted muy amable —respondió él—, pero estoy casado. Mi marido y mi hija se reunirán conmigo aquí en cuanto puedan. Están en casa, en Argentina, atando cabos sueltos. —¡Oh! —Ella sonrió radiante—. Bueno, estoy deseando conocerlos. Tendré que invitaros a cenar cuando lleguen. —Es usted muy amable, pero… —No tengo mucha compañía, ¿sabes? No desde que murió Floyd. Pero estoy acostumbrada a cocinar para multitudes. Cuando nuestro rancho funcionaba, teníamos la mesa llena durante los meses cálidos. Alquilábamos nuestros caballos, ¿sabes? Y teníamos mozos de cuadra todos los años…

Ella siguió parloteando y Miguel empezó a preguntarse si alguna vez lograría escapar. Entonces, unas cuantas gotas húmedas repiquetearon sobre su sombrero. Echó la cabeza hacia atrás, mirando escéptico al cielo. Cuando había salido del rancho, el cielo estaba azul y despejado, pero ahora unas espesas nubes ocultaban el sol. ¿Cuánto tiempo llevaba dándole a la lengua?

—Señora Ethel —dijo, interrumpiendo una larga disertación sobre los mejores tipos de tarta para dar de comer a una multitud—, será mejor que me dé prisa. Mis caballos siguen en el prado, y parece que se avecina una buena tormenta. Será mejor que vuelva a casa y los meta dentro por si hay relámpagos.

—¿Una tormenta? —Parpadeó, entrecerrando los ojos hacia el cielo—. Bueno, ¿te lo puedes creer? Otra ráfaga de lluvia intermitente repiqueteó contra el suelo.

—No sabía que iba a llover hoy o no los habría dejado fuera —observó él—. Nunca he visto una tormenta avanzar tan rápido.

Ella frunció los labios. —Muchacho, esto es Arkham. Las reglas habituales no se aplican aquí —dijo.

Él abrió la boca para preguntar a qué demonios se refería, pero ella se despidió con la mano antes de que pudiera hablar. —Vete a casa y ocúpate de tus animales. Ya seguiremos charlando más tarde.

Cuando Miguel bajaba la colina hacia su rancho, a menudo encontraba a algunos de sus caballos junto al muro de piedra que bordeaba la propiedad. Maravilla y Perla, sus dos yeguas más simpáticas, le esperaban allí durante horas hasta que regresaba, y normalmente se les unían diversos cerdos, gallinas y otro ganado. Siempre lo había tomado como una señal de que estaba haciendo algo bien. Al fin y al cabo, sus animales no le echarían de menos si los tratara mal.

Pero nada le preparó para la visión que le esperaba al coronar la colina tras dejar atrás la casa de la señora Ethel.

Sus veinte caballos esperaban junto al muro de piedra. Normalmente, solo podía ver sus cabezas asomando por encima de la barrera de metro y medio, pero no hoy. Toda la manada tenía los cascos delanteros apoyados en el muro como perros ansiosos que esperan el regreso de su dueño. Nunca había visto un comportamiento equino tan extraño. Aquello desplazaba la mayor parte de su considerable peso a los cascos traseros; no podía ser cómodo. No se pararían así sin un buen motivo, pero tampoco podían echarle tanto de menos. Quizá presintieran la tormenta que se acercaba. Los animales eran mucho más sensibles a esas cosas; había hecho bien en apresurarse a volver a casa.

Aparcó la camioneta mientras otra ráfaga de lluvia salpicaba el parabrisas, subiéndose la cremallera del abrigo mientras se deslizaba fuera del asiento del copiloto. El viento le azotó la cara, casi arrancándole el sombrero de la cabeza antes de que se lo sujetara con la mano.

Mientras se apresuraba hacia la cancela, los caballos le miraban fijamente, inmóviles como estatuas. Tenían las colas quietas y las orejas pegadas a la cabeza. No lo entendía, y desde luego no le gustaba. Abrió la cancela de golpe y extendió la mano hacia Maravilla, que era la que estaba más cerca de él.

En cuanto su mano tocó el cálido flanco del animal, este se desentumeció, soltando un relincho de pánico equino. Ya había oído esos sonidos antes: cuando era niño, a su primer caballo le había picado una serpiente. Cuco había relinchado exactamente así. Durante mucho tiempo, el sonido había atormentado sus sueños.

Se apartó del muro y aterrizó en el suelo con un golpe sordo. Uno a uno, los demás se unieron a ella, relinchando agitados. Algo les había asustado mucho. ¿Se había hecho daño alguno de la manada o, peor aún, lo habían matado?

Intentó contarlos, pero daban vueltas a su alrededor frenéticamente y él siempre contaba un caballo más de los que tenía —veintiuno en lugar de veinte— y aquello no tenía ningún sentido. A la tercera, se rindió. La lluvia arreciaba y el cielo había adquirido un tono amarillo enfermizo. Los cielos verdes presagiaban tornados. No quería saber qué significaban los amarillos.

Condujo a los frenéticos animales hacia los establos, pero estos se apartaron asustados de la puerta. Por mucho que les rogó, se negaron a entrar hasta que fue a buscar a Cortez, su perro pastor. Sus frenéticos ladridos lograron por fin meter a la manada dentro y atrancar la puerta tras ellos. Toda la situación había sido muy extraña, pero no había tiempo para darle vueltas. Miguel cruzó corriendo el campo hacia el gallinero mientras el cielo amarillo empezaba a escupir granizo.

La tormenta arreció toda la noche y Miguel se levantó de madrugada al día siguiente para evaluar los daños. Abrió la puerta principal y vio una gran rama que había caído del arce de su jardín delantero. Por poco no había dado a su camioneta. Había tenido suerte.

Normalmente, empezaba las mañanas con las gallinas, pero los caballos se habían comportado de forma tan extraña que decidió ocuparse de ellos primero. Cruzó el campo con paso pesado, hundiendo las botas de agua en la tierra blanda. El suelo estaba sembrado de escombros: ramitas, una teja rota, un saco de pienso rasgado. ¿El tiempo aquí era siempre tan horrible? Entre esta borrasca y la gigantesca tormenta que había azotado poco antes de mudarse, estaba empezando a preocuparse. Tal vez Ethel tenía razón. Las reglas habituales no se aplicaban aquí en Arkham. Eso no le gustaba ni un pelo.

Pero eso no era nada en comparación con lo que sintió al ver la puerta del establo abierta de par en par. La pesada tranca yacía descartada cerca de allí y el suelo blando a su alrededor estaba revuelto por las huellas de cascos.

Asomó la cabeza al interior para ver si quedaba alguien de la manada y retrocedió. El olor metálico de la sangre le golpeó como una bofetada. Las paredes del establo estaban cubiertas de manchas secas y, en un rincón, había un gran charco que brillaba a la luz. Se le secó la garganta. Había limpiado el lugar después de algunos ataques de coyotes, pero ninguno había sido ni remotamente tan violento. ¿Qué demonios había pasado aquí?

—Madre de Dios —murmuró, persignándose.

Dio un solo paso hacia el interior antes de quedarse helado, con los ojos clavados en el suelo. Este misterioso depredador debía de haber dejado huellas. Una vez que lo identificara, sabría qué hacer. A lo largo de sus años persiguiendo animales extraviados, se había convertido en un rastreador bastante bueno. Pero no conseguía encontrar nada. Entre el pisoteo de pánico de sus caballos y toda aquella sangre, cualquier pista había quedado destruida.

Con el corazón palpitante, cogió su rifle y salió a buscar a la manada con Cortez pisándole los talones. El perro solía mostrarse excitable por las mañanas, pero hoy estaba concentrado en su tarea: con el hocico y la cola gachos mientras zigzagueaba de un lado a otro sobre el rastro olfativo. Los condujo cuesta arriba por la ladera que había detrás de los establos y a través de la arboleda que había más allá. Miguel los siguió, aferrando el arma con las manos sudorosas y sobresaltándose con cada sonido. La carnicería de los establos le había afectado más de lo que quería admitir. Puede que sus caballos estuvieran heridos, o algo peor, y no podría descansar hasta encontrarlos y ofrecerles toda la ayuda que pudiera. Eran algo más que su sustento: eran su familia.

Encontraron a la manada en el extremo más alejado del prado norte, apretujados en un círculo defensivo. Normalmente, correrían hacia él, hurgando en sus bolsillos en busca de manzanas o terrones de azúcar. Pero ni siquiera se inmutaron.

Cortez soltó un ladrido seco de advertencia y salió corriendo, rodeando a la manada y lanzando ladridos de alerta. Miguel alzó el rifle y escudriñó la zona en busca de depredadores. Pero no vio nada.

A medida que se acercaba, no dejaba de mirar al suelo, con la esperanza de encontrar algo útil. Cuando por fin vio las huellas, se quedó helado. Nunca había visto nada igual. La criatura tenía cuatro almohadillas plantares dispuestas en cuadrantes iguales, y unas profundas hendiduras sugerían que tenía unas garras gruesas. A juzgar por el patrón de las huellas, la criatura parecía ser bípeda. Intentó imaginar qué clase de animal tendría unos pies tan extraños, pero no se le ocurrió nada.

¿Adónde había ido? Las huellas conducían a la tierra revuelta alrededor de los asustados caballos. Siguió el rastro cuando apareció al otro lado del campo. Pero justo antes de adentrarse en los árboles, las extrañas huellas fueron sustituidas por otras de cascos. Era como si alguna mano celestial hubiera recogido al extraño depredador y hubiera dejado caer a un caballo en su lugar.

Se quedó mirando las huellas durante un largo rato, intentando encontrarles sentido. Pero nada en aquella situación lo tenía. A regañadientes, se volvió hacia la manada para contar las cabezas. Veinte esta vez. Una voz asustada en el fondo de su mente le susurró miedos ridículos: que no había contado mal la noche anterior, que alguna extraña criatura cambiante había estado justo delante de él y no se había dado cuenta. Cuando era niño, sus primos le contaban historias del Hombre Gato, que a veces era un gato y otras veces otra cosa. Algo hambriento y cruel. ¿Podía estar aquí ahora aquella bestia malévola, tan lejos de su hogar? Pero no faltaba ninguno de sus caballos. ¿Qué había muerto?

No lo sabía. Pero Maravilla hurgó en su bolsillo en busca de terrones de azúcar, y con suerte eso significaba que sus preciosos animales estarían bien. Los llevó de vuelta a la granja para no perderlos de vista mientras limpiaba los establos. Pero mantuvo el rifle bien agarrado en todo momento.

Algo le decía que iba a tener que llevarlo consigo durante una buena temporada, por si acaso. Tal vez se lo llevaría a casa de Ethel, para ver qué sabía ella.

André Patel – La estrella de cine (Cap. 2)

—¡Corten!

Tan pronto como la directora dio por terminada la jornada de rodaje, André Patel se dejó caer en medio del plató. Su casco rodó hasta el suelo y se habría alejado de no ser por la mano que él plantó encima. Había pasado el día escabulléndose por los túneles saturnianos, tendiendo emboscadas a los alienígenas que habían secuestrado a su tripulación, y había sido bastante agotador.

—¿Estás bien, cariño? —preguntó Phyllis, la encargada de vestuario, agarrando el casco.

—Sí, sí, por supuesto —respondió.

Tal vez lo estuviera y tal vez no, pero la estrella del espectáculo no podía decir esas cosas. Ese tipo de rumores podían matar el ambiente en un plató, como había visto con aquellas abominables lesiones en el set de La maldición del culto reptiliano. No quería que Un viaje cósmico también se fuera a pique. El guion tenía verdadera enjundia. Era la clase de proyecto que podía darle a un hombre mucha influencia en el estudio si sabía jugar sus cartas.

Phyllis frunció el ceño, con un escepticismo evidente, y aunque él deseaba de todo corazón descansar un minuto, se puso de pie a duras penas e intentó parecer animado.

—Supongo que también querrás que te devuelva el traje —dijo, derrochando encanto. Ella rio por lo bajo, con las mejillas en llamas. Él le dio unas palmaditas en la mano y continuó—: Te lo entregaré en un santiamén, mademoiselle. Solo dame un momento para cambiarme.

Giró sobre sus talones y habría hecho mutis por el foro de no ser por Alice Gaither. Nadie habría adivinado que aquella mujer cansada y vestida con un tweed arrugado había dirigido todo el catálogo cinematográfico de Lantern Top, pero tras verla trabajar, era imposible dudar de su capacidad. André esbozó una sonrisa, le tomó la mano y le besó el dorso. En respuesta, ella le dio un manotazo.

—Deja eso —dijo ella con afecto—. Buen trabajo hoy.

—Mi objetivo es complacer, mon capitain —bromeó—. Usted dirá. No soy más que su fiel servidor.

—Tú, amigo mío, eres incorregible. Pero te lo perdonaré si me quitas esta petición de encima. La revista Phantasmascope quiere hacer un perfil de Lantern Top.

—¡Qué maravilla! Una persona sabia me dijo una vez que cualquier publicidad es buena publicidad.

—Eso lo dije yo.

—Exactamente. ¿Cómo puedo ayudar?

—Quieren a una estrella para una entrevista y una sesión de fotos con Jacques Deschamps. Me gustaría que lo hicieras tú.

Él se iluminó. Deschamps había sido en el pasado el fotógrafo de la élite de Hollywood, y en los inicios de su carrera, André había soñado con una sesión de fotos con él, al igual que Valentino. Pero el fotógrafo se había vuelto todo un ermitaño en los últimos años. Hasta ese momento, André había dado por hecho que se había retirado.

—¡Con mucho gusto! —exclamó.

—Mañana, en su casa de las Colinas —continuó ella.

Aunque había estado anhelando un largo fin de semana de descanso y relajación, su profundo agotamiento se desvaneció bajo una ola de euforia.

Mademoiselle —dijo con una reverencia exagerada—, será un placer.

Tras una noche de sueño agitado, interrumpido por un emocionado dar vueltas en la cama, André condujo hacia las colinas de Hollywood. Deschamps vivía en las afueras, donde las casas se erguían en una impresionante soledad. Su largo y serpenteante camino de entrada conducía a una espesa arboleda. Los árboles se cerraron sobre el coche de André, con ramas que colgaban tan bajo que rozaban el techo. El dosel que formaban por encima ocultaba el sol, convirtiendo la brillante media mañana en la tenue luz del atardecer. La oscuridad se volvió tan antinatural que su corazón dio un vuelco, pero luego emergió por el otro lado y lo olvidó todo ante su asombro.

La casa era enorme. Parecía haber sido ensamblada por distintos constructores, cada uno con su propia visión. La entrada era de piedra, con un pico alto de estilo Tudor. Extendiéndose hacia la derecha: una expansión de ladrillo propia de un drama eduardiano. A la izquierda: una torre de estilo medieval, completa con aspilleras cortadas en la piedra. En general, el lugar era una pesadilla, pero aquella mezcolanza arquitectónica ofrecía muchísimas oportunidades fotográficas.

André se quedó fuera de su coche durante un largo rato, asimilándolo todo. Estaba tan absorto en las vistas que pasó completamente por alto que tenía compañía hasta que el crujido de la grava bajo unos pies atrajo su atención. Para entonces, ya estaban casi encima de él.

Un joven y dos mujeres de mediana edad se detuvieron junto a su coche. El hombre vestía un polvoriento uniforme de mayordomo, mientras que las mujeres lucían vestidos negros y delantales blancos, amarillentos por el paso del tiempo. Parecían parientes, con los mismos ojos azules y acuosos y el pelo oscuro y engominado hacia atrás. Su piel era tirante —demasiado tirante—, con una cualidad cerosa que la hacía parecer más plástico de baquelita que algo humano. Se estremeció al observarlo.

—Usted debe de ser… —dijo la criada de la derecha.

—André Patel —terminó la de la izquierda.

—Monseñor Deschamps le está esperando —añadió el mayordomo.

Sus rostros no se movieron. Ni siquiera los labios. Era como mirar fijamente a una máscara, salvo por el ardor de sus ojos. A pesar de lo emocionado que estaba André, luchó contra el repentino impulso de echar a correr hacia el coche solo para escapar de sus miradas funestas. Pero aplacó sus nervios con esfuerzo. Deschamps valía la pena.

—Por aquí —dijo una de las mujeres.

Lo guiaron al interior de la casa. El vestíbulo estaba a oscuras, con las contraventanas bien cerradas sobre las ventanas. Apenas podía ver por dónde iba; las sombras envolvían los rincones de la estancia. Pero sus extraños guías ni siquiera titubearon.

—Es una casa impresionante —observó André, con la esperanza de romper el tenso silencio.

Ninguno de ellos respondió. La acústica de aquel lugar era bastante inusual; redirigía el sonido como en un teatro de ópera a pesar de la estrechez del espacio. El repiqueteo de sus zapatos contra el suelo de piedra se multiplicó por cien hasta sonar como un ejército marchando por el pasillo. Francamente, aquel efecto lo desconcertó.

Se aclaró la garganta, tratando de ignorar el extraño fenómeno.

—Entonces, ¿haremos primero las fotos o la entrevista? —indagó—. Estoy a su disposición, y he traído algunas mudas por si mi traje no fuera suficiente. Tal vez debería haber cogido mi bolsa del coche.

—Su traje… —dijo la criada de la izquierda, sin girarse ni reducir la marcha.

—… es aceptable —terminó la mujer de la derecha.

Pero él se detuvo de todos modos. Toda la situación era sencillamente muy extraña: el oscuro interior de aquella rara casa antigua, el inquietante comportamiento de sus acompañantes, la entrevista que tenía que llevarse a cabo en un lugar tan remoto en primer lugar. ¿Se trataba de una especie de intento de secuestro? Quizá debería haber insistido en traer a alguien del estudio. Todo aquel asunto olía a chamusquina.

El mayordomo se detuvo muy cerca detrás de él. Demasiado cerca; André podía sentir el aliento del tipo en la nuca. Un olor dulzón y enfermizo inundó sus fosas nasales, revolviéndole el estómago. Aceleró el paso con la esperanza de poner cierta distancia sin resultar descortés, pero por muy rápido que fuera, el mayordomo igualaba su ritmo como una sombra obstinada.

—Oigan… —empezó, decidido a obtener algunas respuestas.

—Ya hemos llegado —dijo una de las criadas, empujando una puerta para abrirla.

La habitación que había más allá estaba completamente a oscuras, incluso en comparación con el pasillo tenuemente iluminado. La miró con recelo. Lo último que quería hacer era entrar.

—No parece que haya suficiente iluminación para una sesión de fotos ahí dentro —dijo, retrocediendo.

El mayordomo metió la mano y accionó un interruptor situado justo en el marco de la puerta. La luz se derramó hacia el pasillo, haciendo que a André le lloraran los ojos. En el interior de la habitación, pudo ver un estudio bastante amplio, con telones de fondo apiñados en las esquinas y cámaras sobre todas las superficies disponibles. Había un sillón en el centro de la estancia, de espaldas a la puerta. Apenas podía ver la parte superior de una cabeza de pelo canoso; Deschamps era más bajo de lo que había supuesto.

Su corazón dio un vuelco; no sabía distinguir si era por la emoción o por los nervios.

—Volveremos una vez terminadas las fotos —dijo el mayordomo, haciéndole pasar por la puerta.

—Disfrute —dijo una de las mujeres en tono monótono.

La puerta se cerró con un clic a sus espaldas antes de que pudiera pronunciar siquiera una palabra de protesta. Una llave giró en la cerradura. Eso, más que nada, le preocupó; no por sí mismo, sino por Deschamps. Se apresuró hacia la silla, con los nervios atenazándole la garganta.

El fotógrafo estaba canoso, encorvado y viejo, muy lejos de la figura elegante que André había admirado. No podía tener más de cuarenta años, pero aparentaba el doble de esa edad. Dormitaba, con la mejilla apoyada en una mano y la baba goteando por su barbilla.

André se humedeció los labios, repentinamente resecos, antes de sacudir con suavidad el hombro del hombre dormido.

—Monseñor Deschamps —le llamó—. Señor, ¿se encuentra bien?

El fotógrafo se despertó de sobresalto, con pánico en los ojos. Se agarró al brazo de André, hundiendo sus dedos huesudos en la carne.

—¡Váyase! —exclamó—. Váyase tan pronto como pueda.

El miedo emanaba de él en oleadas. El instinto de André no se había equivocado; había algo turbio en aquellos supuestos sirvientes. No sabía qué tramaban, pero no pensaba quedarse de brazos cruzados. Había pasado años interpretando al héroe y, aunque todo hubiera sido actuación, había aprendido un par de cosas.

—No sin usted —replicó—. ¿Qué demonios está pasando aquí? Olvídelo; ya me lo explicará luego. Salgamos primero de aquí y luego charlamos.

—No hay escapatoria para mí. Vendí mi alma a le diable hace mucho tiempo.

—No sea tonto. —André pensó rápidamente—. Hagamos una o dos fotos. Luego puede pedir un cambio de vestuario; he traído algo en el coche. Me dejarán salir para eso, ¿verdad? Haré mi escape y regresaré con refuerzos. Puede contar conmigo; ¡se lo juro!

—¡No! —Deschamps se puso pálido, aferrándose el pecho—. ¡Fotos no! ¡Nunca más!

—Pero monseñor… —comenzó André.

Su voz se apagó, con la atención captada por el destello de un movimiento contra la pared, detrás de uno de los telones de fondo. ¿Acaso alguien les estaba espiando incluso en aquel momento? Apartó la tela para revelar una serie de fotografías colgadas en marcos de plata. En el centro había una foto del propio Deschamps, sentado en aquella misma habitación. Pero la imagen en blanco y negro no era un retrato estático; se movía como una película. El Deschamps de la foto gritaba en un tormento mudo, con un líquido negro brotando de sus ojos como lágrimas. Mientras André observaba incrédulo, el hombre de la fotografía se tiraba del pelo, balanceándose de un lado a otro como si estuviera dolorido. Se había burlado de El retrato de Dorian Gray cuando lo leyó por primera vez, pero ahora, mientras el horror de aquellas fotografías atormentadas calaba en él, no podía negar su creciente temor.

Las otras fotos también se movían. André no reconoció a ninguno de los sujetos, pero todos parecían compartir el dolor de Deschamps. Se balanceaban, gritaban y golpeaban el suelo con los puños, mientras lágrimas negras brotaban de sus ojos. Si André permitía que le tomaran una fotografía, ¿se convertiría él también en parte de tan desconcertante exhibición?

Mon dieu —murmuró—. ¿Qué oscura brujería es esta?

La puerta se abrió antes de que el fotógrafo pudiera responder. André volvió a correr la cortina sobre las fotos y se giró para enfrentarse al desconcertante personal de servicio que entraba. Si se daban cuenta de lo que él sabía, no había forma de saber lo que harían.

—¡Ahí están! —dijo, fingiendo entusiasmo—. Ya que la entrevista tratará sobre mi última película, debería ir disfrazado. Menos mal que he traído mi traje espacial, ¿verdad? Si me acompañan de vuelta al coche, podremos sacar esas fotos en un periquete.

Las criadas intercambiaron una mirada mientras el mayordomo negaba con la cabeza.

—Ese traje está bien —dijo.

—No se preocupen; solo me llevará un momento. Estoy acostumbrado a la necesidad de hacer cambios rápidos de vestuario. En el cine, el tiempo es dinero, ya saben. Llévenme de vuelta a mi coche para que podamos seguir con esto.

Tras otro momento de duda, accedieron, volviendo a encerrar a Deschamps antes de guiar a André fuera de la casa. El corazón le latía tan fuerte que pensó que debían escucharlo mientras buscaba las llaves. El mayordomo seguía pisándole los talones. André esperó hasta estar junto al coche antes de pisotear el pie del mayordomo y atizarle un codazo certero en la boca del estómago, tal y como había hecho en Un viaje cósmico. Mientras el hombre jadeaba en busca de aire, André se metió en el coche de un salto.

Metió la marcha y pisó el acelerador, esquivando por los pelos a las criadas mientras intentaban bloquear su huida. La grava saltó por los aires mientras aceleraba por el camino de entrada, casi chocando contra el grueso tronco de un árbol en su desesperación por escapar. Dio un volantazo justo a tiempo, esquivando el árbol por centímetros y derrapando entre las hojas.

Su respiración salía en jadeos llenos de pánico mientras buscaba a sus perseguidores a su alrededor.

El camino de entrada estaba vacío, la casa tapiada y en ruinas.

¿Cómo podía ser eso?

Las malas hierbas asfixiaban la entrada; los restos podridos de la puerta colgaban de una sola bisagra. Debía de haber soñado todo aquello. ¡Pero había sido tan vívido! Sintió la tentación de echar un vistazo a su alrededor, pero fue incapaz de obligarse a salir del coche.

Estaba claro que trabajaba demasiado si sufría alucinaciones completas. Esa era la única explicación que tenía sentido. Quizás debería hablar con alguien… ¿Alice…? No, ella podría sustituirlo. ¿Betsy? Había oído los rumores sobre ella. ¿Acaso quería verse manchado por el mismo estigma? Era mejor olvidar que aquello había sucedido alguna vez, así que eso es exactamente lo que haría. Pero las manos no le dejaron de temblar mientras conducía a casa.

Carolyn Fern – La psicóloga (Cap. 2)

Tras una larga mañana repleta de evaluaciones de nuevos pacientes y toda la documentación que conllevaban, Carolyn Fern por fin se tomó un descanso para comerse un sándwich alrededor de la una y media. Se le habían entumecido las piernas después de estar sentada tanto tiempo en la silla de su despacho. Estirarse le vendría bien, pero sería breve. Las notas de los pacientes no se iban a redactar solas, y le gustaba registrar sus observaciones mientras aún estaban frescas en su memoria.

La sala de espera estaba en silencio, salvo por el repiqueteo de una máquina de escribir. Enid Phillips, su nueva secretaria, tenía un don especial para descifrar los apuntes de Carolyn. Su caligrafía solía ser bastante buena, pero durante las sesiones rara vez tenía tiempo suficiente para escribir las cosas en condiciones. Sin embargo, Enid nunca tenía problemas para interpretar aquellos garabatos apresurados. Con suerte, la relación laboral funcionaría a largo plazo. Hasta la fecha, Carolyn no había tenido mucha suerte con las secretarias.

La regordeta y maternal secretaria detuvo su rápido tecleo para clavar en Carolyn una mirada severa.

—Doctora, de verdad necesita salir a tomar aire más a menudo —dijo—. ¿Siquiera ha almorzado ya?

—Perdí la noción del tiempo —admitió Carolyn—. Solo necesito un poco de café para pasarlo.

—Permítame.

Enid cogió la taza y salió presurosa por la puerta, dirigiéndose hacia la pequeña cocina al final del pasillo. Para cuando Carolyn se había terminado la mitad de su sándwich, Enid ya estaba de vuelta con una taza de café humeante, preparado con crema y azúcar justo como a Carolyn le gustaba. Aceptó la bebida con una sonrisa de agradecimiento.

—Es usted la mejor —dijo.

—Sinceramente, ustedes los jóvenes tienen las prioridades totalmente equivocadas. Solo trabajo, trabajo y trabajo, todo el santo día. ¿Acaso duerme?

Carolyn bostezó, pues la mera mención de la palabra dormir le recordó la fatiga constante que le calaba hasta los huesos. Enid tenía razón: no dormía, pero aquello no tenía nada que ver con sus hábitos de trabajo. En todo caso, a veces le ayudaban a ahuyentar los sueños. Las Tierras del Sueño la atormentaban últimamente, incluso cuando no caminaba por sus sinuosos senderos.

—Disfruto con mi trabajo —dijo, dando un sorbo a su café.

—Y también es buena en ello, hasta yo puedo verlo. Pero, ¿cuándo fue la última vez que salió a pasar una noche en la ciudad con alguien especial?

Carolyn suspiró. Estaba acostumbrada a que los entrometidos impertinentes le preguntaran esas cosas, pero esperaba que Enid tuviera más tacto. Al fin y al cabo, ambas eran mujeres profesionales y capaces, ¿y qué había de malo en ello?

—No necesito a un hombre para ser feliz —dijo en voz baja.

—Oh, cariño, no hablo de necesitar a un hombre —replicó Enid—. Hablo de tener vida propia. Ya sabe lo que dicen sobre que no todo en la vida es trabajar. Diablos, usted misma lo ha dicho. He leído sus notas. Constantemente le dice a la gente que salga y forje relaciones saludables. Es un buen consejo; tal vez debería aplicárselo.

Carolyn dudó. Tal vez se sentía un poco sola, pero la vida nocturna y las fiestas no le atraían. Quería estimulación intelectual, y eso no era fácil de conseguir. Según su experiencia, la mayoría de la gente pasaba el tiempo intentando no pensar en absoluto. Pero Enid tenía razón. Debería hacer algo.

—Tal vez tenga razón —dijo—. Esta noche hay una reunión de la Sociedad Histórica. Lo leí en el Advertiser; van a traer a un orador para hablar sobre todas las nuevas construcciones de la ciudad y las oportunidades de preservar los edificios y registros históricos. Me pareció interesante; quizá me pase por allí.

—¿De verdad? —Enid se animó—. Todavía tengo un socavón en mi patio trasero. Estoy por ir y exigir que lo rellenen antes de que alguien se caiga dentro. —Dudó—. ¿Le importaría si la acompaño?

Carolyn se iluminó. Nunca había pasado tiempo con Enid fuera de la oficina, pero tal vez eso era justo lo que necesitaba: una velada fuera con una nueva amiga. Le gustaba la actitud práctica y directa de la secretaria. Aunque la reunión fuera un fracaso, sería tiempo bien invertido.

—Suena encantador —dijo—. Quizá podamos picar algo mientras estamos fuera.

La tarde pasó volando, y la siguiente vez que Carolyn miró el reloj, ya eran las cuatro y media. El tiempo justo para terminar sus notas sobre la sesión más reciente de Diana Stanley. Los delirios de la pobre chica seguían siendo persistentes a pesar de las múltiples sesiones de hipnoterapia. Mientras Carolyn se recostaba en su silla para organizar sus pensamientos sobre el asunto, un suave golpe en la puerta llamó su atención, y Enid asomó la cabeza.

—Siento interrumpir —dijo—, pero el sheriff Engle está aquí y dice que es urgente.

Carolyn frunció el ceño. Había hecho muchas consultas para el departamento de policía, pero el sheriff nunca antes había acudido a su despacho. Guardó la carpeta de Stanley en el cajón de su escritorio y asintió.

—Gracias, Enid —dijo—. Hágale pasar.

El sheriff Engle solía proyectar el tipo de confianza que cabría esperar del sheriff de un pueblo pequeño, pero hoy, el alto hombre parecía alterado. Tenía los labios exangües y los ojos entrecerrados por la tensión. Se controlaba bien bajo presión, pero Carolyn había hecho de la lectura de las personas su profesión. Podía detectar los signos reveladores del pánico en cuestión de segundos.

Señaló la cómoda silla frente a la suya, con una expresión abierta y acogedora.

—¿Café? —preguntó.

—No. —Su voz sonó ronca—. No, gracias.

—Eso será todo entonces, Enid. —Cuando la puerta se cerró con un clic, Carolyn continuó—: ¿Qué puedo hacer por usted, sheriff?

—Tengo una nueva consulta para usted. Es…

Dejó la frase en el aire, mientras su garganta trabajaba para producir unas palabras que se negaban a salir. Interesante. Puede que Arkham fuera un pueblo pequeño, pero había visto más de lo que le correspondía en materia de tragedias, especialmente en los últimos meses. Sabía que Engle era imperturbable durante las crisis. Había oído el rumor de que él mismo había apilado sacos de arena alrededor de la comisaría durante las inundaciones, desafiando el muro de agua a base de pura fuerza de voluntad, aunque no podía corroborarlo. De todos modos, la veracidad de la historia no importaba, salvo para poner en perspectiva su evidente ansiedad. Debía de haber algo especial en esta consulta; quizás algún vínculo con un acontecimiento traumático de su pasado.

—¿Por qué no empezamos por los hechos? —sugirió ella, cogiendo una pluma y preparándose para tomar algunas notas.

—Varón blanco, sin identificación, aproximadamente un metro setenta y ocho, sesenta kilos. No ha dicho una palabra desde que mis chicos lo recogieron en la Biblioteca Orne. Está toda cerrada por obras; se supone que no debe haber nadie allí. Él estaba… —Engle tragó saliva, y su garganta emitió un chasquido—. Bueno, tenía un cuenco lleno de dedos.

El rasgueo de su pluma se detuvo y ella enarcó una ceja hacia él.

—¿Dedos? —inquirió, esperando haberle oído mal.

—Cuando me fui, mis chicos habían encontrado cuarenta y seis. Estoy seguro de que habrá más para cuando terminen. Los estaba usando como pinceles para crear una especie de mural grotesco. Habrá que repintar las paredes.

Un cuenco lleno de dedos cortados era un concepto espeluznante, pero Carolyn había aprendido hace mucho tiempo a mantenerse al margen de esas cosas. Esas habilidades eran aún más importantes desde que se había mudado a Arkham, donde ocurrían cosas extrañas todo el tiempo. Así que mantuvo un firme control sobre sus emociones, dejando el horror a un lado para más tarde.

—¿Sabe de dónde salieron? —preguntó—. ¿Los dedos?

—Al tipo le faltan los meñiques, pero obviamente eso solo explica dos, y como dije, no suelta prenda. No estoy seguro de si deberíamos avisar a las autoridades estatales, enviarlo directamente al hospital de St. Mary o encerrarlo y tirar la llave. Me gustaría conocer su opinión al respecto.

—No puedo hipnotizar a un sujeto en contra de su voluntad ni obligarle a hablar, si es eso lo que me está pidiendo. Me temo que esto no funciona así.

—No estoy aquí por eso. —La garganta de Engle volvió a contraerse—. Es solo que… hay algo…

Sus ojos se clavaron en los de ella, rebosantes de miedo. Reconocía aquella expresión desquiciada demasiado bien. Había rozado algo que no comprendía y, en el fondo, había intuido que ella era la más indicada para manejarlo. ¿Hasta qué punto la habían cambiado sus paseos oníricos de formas que ni siquiera ella podía percibir? Aquel era un pensamiento aleccionador que dejaría para otro momento.

—Estaré encantada de ayudar. ¿Cuándo quiere que me pase? —dijo.

—Sé que es tarde, pero no quiero dejar a este tipo en el calabozo durante la noche. —Engle apretó los labios antes de forzar las palabras—. Tengo un mal presentimiento sobre todo esto. ¿Puede venir ahora?

Desbarataría sus planes para la velada, pero no podía rechazarle. La obsesión por los dedos era fascinante, y luego estaba la cuestión de dónde los había sacado el pintor. ¿Era un simple ladrón de tumbas o se habían topado con algo peor?

—Déjeme coger el abrigo —dijo ella.

En la comisaría, el sheriff Engle acompañó a Carolyn hasta una sala de interrogatorios y se detuvo en la puerta. Se había vuelto a poner su máscara de rudeza, pero no podía engañarla. Su andar rígido y sus hombros tensos delataban que seguía en tensión.

—Está esposado a la mesa —dijo—. Pero hágame el favor y manténgase fuera de su alcance. Lleve su pluma encima en todo momento; no la deje sobre la mesa. ¿Lleva algo en los bolsillos?

Se los revisó y no sacó nada.

—Bien. Estaré justo afuera.

Al coger el pomo de la puerta, se sintió bastante curiosa. El sheriff no solía ser tan precavido y, aunque el concepto de pintar con dedos reales era macabro, la reacción de Engle le pareció exagerada. Sería interesante ver si su evaluación coincidía con la de él.

La pequeña sala solo contenía una mesa y un par de sillas de metal, todas atornilladas al suelo. En la silla frente a la puerta estaba sentado un hombre enfundado en un mono manchado de pintura. Era alto y dolorosamente delgado, con unos pómulos que parecían poder cortar cristal. Un pelo grasiento y sin lavar le asomaba por encima de las orejas, muy necesitado de un buen corte. Tenía las uñas descuidadas y melladas, con los bordes incrustados de mugre y pintura. Los muñones de los meñiques que le faltaban habían cicatrizado, pero la carne seguía roja e hinchada. Miraba la mesa con el rostro inexpresivo mientras ella se sentaba frente a él.

—Me llamo doctora Fern —dijo en tono amable—. Me gustaría hacerle algunas preguntas sobre su arte.

Aquello provocó una reacción. Los ojos vacíos del hombre se desviaron hacia el rostro de ella, aunque por lo demás no se movió. Pero la había oído. Podía usar eso a su favor.

—No soy ninguna artista, aunque me encantan los grandes maestros. Creo que Renoir es mi favorito a nivel personal —continuó—. Menos estirado que los demás impresionistas.

El pintor guardó silencio mientras ella charlaba sobre cuadros, deteniéndose de vez en cuando para esperar una respuesta y continuando luego como si él se la hubiera dado. Pero estaba escuchando, con los ojos fijos en la boca de ella. Era el momento de presionarle para ver qué pasaba.

—Por supuesto, usted ha elevado esta forma de arte con su elección de pinceles —observó.

La comisura de sus labios tembló.

—¿De dónde sacó los dedos? —insistió.

En lugar de responder, se movió como una serpiente al atacar, agarrándole la muñeca antes de que pudiera alejarse del alcance de las esposas. Se había descuidado demasiado, acercándose en exceso. Dejó escapar un gritito de sorpresa, con el corazón latiéndole a mil por hora. Su agarre la estrujó, haciendo que los huesos rechinaran dolorosamente entre sí mientras sus ojos se clavaban en los de ella.

—Pobre Carolyn Fern —dijo, con una voz sorprendentemente aguda e infantil—. Te persiguen, ¿verdad? Todos esos pacientes que perdiste. Te preguntas si les fallaste, si te esperan en las Tierras del Sueño. Viktor Zhuk. Annaliese Gardner. Mary Therese Lisbon. Rudolph Lazarus. La pequeña Gretchen Phillips.

Cada nombre la golpeó como una bala. El pintor tenía razón; soñaba con ellos todas las noches, los pacientes a los que había fallado, los que había perdido. Pero, ¿cómo lo sabía? El miedo se aferró a su espina dorsal con manos frías y húmedas, provocándole escalofríos por la espalda.

—Pero no te preocupes. Su mano está sobre ti y pronto nada más importará. Esos fantasmas no volverán a molestarte —continuó el pintor, encurvando los labios en una sonrisa perturbadora.

—¡Suélteme! —exigió ella, retrocediendo.

La soltó de repente y ella estuvo a punto de caerse de la silla. Pero él ni siquiera pareció darse cuenta. Había regresado a su estado semicatatónico, con la mirada perdida en la mesa. De no ser por las marcas rojas en su muñeca y el palpitar de su pulso, habría creído que se lo había imaginado.

—¿La mano de quién? —preguntó—. ¿La mano de quién está sobre mí? ¿De dónde han salido esos dedos? ¿Son suyos?

Él ni siquiera parpadeó. Ella probó con todos sus desencadenantes, pero él no dio señales de escuchar sus preguntas sobre cuadros y dedos. El familiar consuelo de la evaluación psiquiátrica la ayudó a recuperar la compostura, pero finalmente no tuvo más remedio que rendirse. Ese día no conseguiría sacarle más información.

El sheriff la esperaba en el pasillo, apoyado contra la pared con estudiada indiferencia. Se irguió de golpe cuando ella cerró la puerta a sus espaldas.

—¿Y bien? —exigió—. Hay algo raro en él, ¿verdad?

No estaba dispuesta a admitir lo que el hombre le había dicho. No creía poder hacerlo sin revelar lo mucho que la había inquietado. Así que se limitó a asentir.

—Me gustaría que lo trasladaran al St. Mary para una evaluación más exhaustiva —dijo—. Pero no puedo prometerle ninguna información útil que conduzca a la identificación de esos dedos.

Los labios de él se apretaron en una línea severa.

—Sí, bueno, estoy acostumbrado a eso —murmuró—. Cuando lleve aquí trabajando el tiempo suficiente, usted también lo estará.

Por mucho que deseara rebatírselo, tuvo que admitir que, en el fondo, sabía que él tenía razón.

Marie Lambeau – La intérprete (Cap. 2)

Marie Lambeau bajó del escenario del Black Cat Lounge, brillando de sudor tras una larga actuación bajo los focos calientes. Los flecos de pedrería de su vestido se balanceaban mientras se abría paso por las abarrotadas bambalinas hacia su camerino. Lo único que quería era sentarse un momento en la quietud y la oscuridad. Los rituales de su Grand-Mère llenaban el aforo a rebosar cada noche, atrapándolos con su canto de sirena, pero a cambio se llevaban algo de ella, algo que no estaba segura de poder recuperar jamás.

Mientras bordeaba una pila de cajas de sombreros, el telón del escenario ondeó y los músicos de su banda de acompañamiento entraron a raudales. La mitad de ellos eran suplentes debido a una extraña enfermedad que se había estado abriendo paso por el club; Marie la había padecido la semana anterior, y las cosas que había visto en su delirio no podían desverse. Ahora la mayor parte de la sección de viento metal estaba de baja por culpa de ello, aunque con el público que el Cat había estado atrayendo, no habían tenido problemas para encontrar sustitutos. Los nuevos habían tocado bastante bien, pero por el amor de Dios, qué bulliciosos eran. Inundaron la diminuta zona entre bastidores, vociferando tan alto como el público.

Marie se llevó la mano a la frente. En sus años de juventud, habría estado lista para cualquier cosa después de un espectáculo: una copa, un baile, tal vez incluso un arrumaco. Pero en los últimos meses, el público había aumentado y su energía había menguado. Intentaba no pensar en los rituales que llenaban el local cada noche. Después de todo, ¿qué otra opción tenía? Una chica tenía que comer, y si no hubiera tomado cartas en el asunto, el Cat habría cerrado. Eso nunca ocurriría si ella podía evitarlo.

Dejó a la banda con su jolgorio y se coló en su diminuto camerino. En el interior, se dejó caer en una silla sin molestarse siquiera en encender las luces. La cabeza le palpitaba como si la música siguiera sonando. Tal vez si descansaba un momento, se le pasaría.

Sonó un golpe en la puerta y Grease Jennings asomó la cabeza. Era un diablo apuesto y lo sabía. Sus modos zalameros con las mujeres le habían valido el apodo, y parecía tomárselo como un cumplido, pero Marie no lo veía así en absoluto. Lástima que el sinvergüenza no supiera pillar una indirecta. Llevaba allí una semana y no dejaba de hacerle proposiciones.

—Marie, cher —dijo, con una mala imitación de su acento—. Ven a tomarte una copa con nosotros. Tienes que estar sedienta.

—Esta noche no —respondió—. Me duele la cabeza.

—¡Entonces déjame acompañarte a casa! —exclamó—. Insisto.

Ella dejó escapar un suspiro. Grease la seguiría a casa, y entonces las cosas se pondrían incómodas. La banda se vendría abajo sin un saxofonista. Era mejor mantener la paz y escabullirse después de una rápida copa antes de dormir. Una vez que empinara el codo, ni siquiera se daría cuenta de que se había marchado.

—Muy bien —accedió.

Él juntó las manos como si ella hubiera aceptado fugarse con él.

—Excelente —dijo.

Se divirtió más de lo que esperaba. Clarence, su bajista, se mantuvo a su lado todo el tiempo a pesar de los intentos de Grease por separarla del grupo. El viejo y canoso guitarrista tenía muchas historias que compartir sobre sus nietos, y la bebida alivió su dolor de garganta y le quitó la tensión de los hombros. A pesar de todo, se alegró de haber ido.

Entonces Grease dijo:

—Animemos un poco esta fiesta. ¿Alguno de vosotros ha usado alguna vez una tabla güija?

Clarence resopló.

—Chico, aquí no andamos jugando con esas patrañas espiritistas.

Marie no respondió, pero los ojos de Grease la buscaron de todos modos, desesperados por su aprobación. Él le guiñó un ojo.

—Vamos; será divertido. Yo mismo soy un poco espiritista aficionado. ¿Ninguno quiere contactar con sus seres queridos fallecidos hace tiempo y ver qué mensajes tienen para vosotros?

—¡Oh, eso es aterrador! —exclamó una de las camareras.

—Me encantaría hablar con mi exmujer —dijo el batería—. Vaya si tengo unas cuantas cosas que decirle.

Grease y el batería se rieron.

—Decidido, entonces. Dejadme ir a por la caja —dijo Grease.

—Los muertos no son juguetes. —La voz gutural de Marie cortó el espacio, atrayendo la atención de todos—. Tened cuidado de no abrir una puerta que no podáis cerrar.

—No te preocupes, cher —dijo Grease—. Yo te mantendré a salvo.

Clarence volvió a resoplar y Marie puso los ojos en blanco. Niños insensatos. Pero era imposible hacer entrar en razón a ciertas personas. Había malgastado suficiente aliento a lo largo de los años como para saberlo.

Mientras Grease preparaba el tablero e instruía a su público sobre el uso de la plancheta, Marie apuró el resto de su bebida. Por mucho que le disgustara el uso descuidado de la tabla espiritista, al menos le daría la oportunidad de hacer una salida libre de Grease. Se despidió de Clarence y se levantó mientras los músicos se arremolinaban alrededor del tablero, con los dedos sobre la plancheta.

—¡Se está moviendo! —exclamó la camarera.

—Espíritu —entonó Grease de forma melodramática—, ¿quién eres? ¿Cuál es tu nombre?

Negando con la cabeza, Marie se dirigió hacia la puerta.

—M… A… oh, ¿qué está deletreando? —balbuceó la camarera—. R…

—Marie —dijo Grease—. ¿Te llamas Marie?

La plancheta se deslizó rápidamente por el tablero.

—¿No? ¿Quieres hablar con Marie? —preguntó Grease.

La plancheta se movió de nuevo. La camarera jadeó.

—¡Marie, el espíritu tiene un mensaje para ti! —dijo.

Marie puso los ojos en blanco. Grease de verdad estaba desesperado por evitar que se marchara, pero no iba a caer en sus trucos.

—Ya os lo advertí —dijo—. Mi gente se toma el gris-gris muy en serio. No es algo con lo que jugar. Me voy a casa a dormir, y os sugiero a todos que hagáis lo mismo.

Al volverse hacia la puerta, pudo oír la plancheta moviéndose de nuevo, rascando sobre la áspera superficie del tablero. Sonaba bastante rápido; Grease debía de estar muy molesto. Luego se oyó un fuerte sonido de desgarro. La camarera gritó. La plancheta se incrustó en la pared junto a la cabeza de Marie, con las patas clavándose profundamente en el yeso.

Se quedó helada, llevándose una mano a la oreja. La plancheta la había fallado por un pelo. Podía ver un mechón de su cabello clavado en la pared debajo de ella. ¿Se la había lanzado Grease? Le costaba creer que pudiera haberla incrustado en la pared de esa manera.

Se giró lentamente para ver al grupo de músicos con los ojos muy abiertos, mirándola fijamente. La plancheta había cavado un surco a lo largo del tablero, extendiéndose desde la palabra «Sí» hasta el borde opuesto. Casi podía sentir a los espíritus arremolinándose a su alrededor, suplicando una vía de entrada, y se armó de valor contra la tentación de escuchar. Ella haría caso de sus propias advertencias, incluso si aquellos insensatos no lo habían hecho.

Grease parecía un poco verde, pero cuando la camarera se desmayó, la atrapó en un gesto de caballerosidad automática.

—¿Ahora me crees? —le preguntó a Marie.

Al día siguiente, Grease la acorraló de camino a su camerino con desesperación en los ojos. Sostenía el sombrero entre las manos, con el ala arrugada por el apretón. Ella se detuvo, suspirando. Por muy irritante que fuera aquella confrontación, era mejor acabar con ella antes de que las cosas se pusieran feas.

—Te debo una disculpa, Marie —dijo, tomándola completamente por sorpresa.

—Sí, me la debes —dijo ella, firme.

Hay que reconocerle el mérito de que no se acobardó.

—No quería asustarte —continuó. Ella resopló y le habría puesto en su sitio si él no hubiera continuado—. Solo intentaba impresionarte y lo llevé demasiado lejos. Lo siento de verdad.

—Disculpa aceptada —respondió tras un momento de consideración—. Pero, por favor, escúchame cuando digo que con cosas como esa tabla espiritista no se debe jugar. Mi Grand-Mère solía decir…

—¿Sabías que mi madre solía vivir al lado de tu Grand-Mère? —interrumpió, iluminándosele el rostro—. Allá por los años noventa, debió de ser.

—¿Estás seguro de eso, cher?

—Sí, señora. Mamá solía contar historias sobre ella. Según cuenta, la única razón por la que papá y ella acabaron juntos fue gracias a uno de los amuletos de tu Grand-Mère. Una especie de hechizo de amor o algo así. Creo que lo tiene guardado. Si te apetece venir a tomar el té, podría buscarlo para ti.

Marie dudó. ¿Era aquello otra estratagema para quedarse a solas con ella? No estaba segura, pero la oportunidad de ver aquellos viejos amuletos tenía su encanto. Se preguntó si aún conservarían algo del poder de su Grand-Mère, incluso después de tanto tiempo, y si sería o no capaz de utilizarlos. Además, podía lidiar con alguien como Grease Jennings.

—Iré —dijo—. ¿Qué día?

Él se animó.

—¿Qué tal mañana? —sugirió.

Al día siguiente, Marie se presentó con sus mejores galas dominicales —sombrero, guantes y todo— para el té de la tarde. Grease le hizo una pequeña reverencia y la hizo pasar al salón donde esperaba su madre. Era más mayor de lo que Marie había previsto; su piel oscura estaba arrugada como una nuez seca. Le echó un vistazo a Marie y se iluminó.

—¡Maisie! —exclamó—. ¡Viejo caimán! ¿Has traído mi… ya sabes, el…? —Su voz se apagó, y luego volvió a iluminarse—. ¡Maisie!

Grease se agachó junto a su madre, dándole unas palmaditas en el hombro.

—Es Marie, mamá —dijo—. ¿Te acuerdas? Dije que vendría de visita.

Le lanzó una mirada de disculpa a Marie.

—Lo siento —dijo—. A veces parece no saber dónde está ni con quién está hablando. A mí me reconoce bien, pero con todos los demás se hace un lío. Aún podemos tomar el té, y bajaré esa caja del desván para ti si me das un minuto.

—Me parece bien —dijo ella.

Él le sonrió agradecido y se dirigió a la cocina, dejándola con la anciana. Ella se sentó en el sofá de flores, alisándose el vestido sobre las rodillas.

—Gracias por invitarme a tomar el té, madame —dijo.

La señora Jennings se inclinó hacia delante. Sus ojos nublados se aclararon, clavándose en el rostro de Marie.

—Hola, mon ‘tite —dijo.

La voz chirriante de la anciana cambió, bajando a un registro más grave y retorciéndose en un espeso acento cajún. Hacía años que Marie no oía aquella voz, pero la reconocería en cualquier parte. Era su Grand-Mère, y el apodo cariñoso que su Grand-Mère usaba para ella. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Grand-Mère —dijo—. ¿Qué quieres?

—¿Es esa forma de hablarle a un pariente perdido hace tiempo? —La señora Jennings se recostó, torciendo la boca en una familiar sonrisa maliciosa—. Es hora de rendir cuentas, y he venido a cobrar.

—No sé a qué te refieres —dijo Marie, pero el estómago se le había hundido hasta las rodillas. Lo sabía; simplemente no quería admitirlo.

—¿Ah, no? Bueno, entonces me llevaré mi gris-gris de vuelta conmigo. ¿Y entonces qué harás? Todos esos asientos en esa pequeña casa de música tuya. ¿Sabe alguno de tus amigos lo que estás haciendo para llenarlos? —Marie palideció, y la anciana se rio a carcajadas—. Ya me lo imaginaba.

—No hay nada de malo en ello —dijo, esforzándose por creerlo.

La señora Jennings chasqueó la lengua.

—Oh, ‘tite —dijo—. Siempre hay un precio. Muy pronto, habrá que pagarlo.

—Pararé —juró Marie.

—Claro que lo harás. —La anciana soltó una risita burlona—. ¿Crees que puedes? Una vez que abres esa puerta, es difícil volver a meter a la bestia en su jaula.

—¿A qué te…?

La puerta de la cocina se abrió antes de que Marie pudiera terminar la frase, y la señora Jennings se desplomó como una marioneta a la que le han cortado los hilos, con la baba escurriéndole de la boca. Grease la miró y suspiró.

—¿Ha estado durmiendo todo este tiempo? —preguntó—. Lo siento. No pude encontrar el azúcar. Debe de haberlo puesto en alguna parte, pero solo Dios sabe dónde.

—No pasa nada —respondió Marie, poniéndose de pie. Tenía que salir de allí, tenía que encontrar un poco de espacio para pensar en lo que significaba todo aquello. Los espíritus no merodeaban por el mundo de los vivos por diversión; siempre querían algo. Se estremeció al pensar en lo que exigiría este.

En cuánto debía ya.

—Debería irme —dijo.

—Todavía no he sacado esa caja —dijo Grease, ensombreciendo el gesto.

La señora Jennings se irguió de golpe, dejando escapar un grito de sorpresa.

—¡Maisie! —dijo, mirando fijamente a Marie de nuevo—. ¡Qué alegría verte!

—De verdad —dijo Marie—. Debo irme.

—Si estás segura. Puedo llevar la caja al club esta noche, ¿si quieres? —sugirió Grease.

—Claro. Por supuesto. Sería un detalle muy amable.

Marie se apresuró hacia la puerta, con la nuca erizada. Sentía como si alguien estuviera flotando justo sobre su hombro, una presencia que había sentido durante mucho tiempo pero que se había obstinado en negar. Mientras empujaba la mosquitera y se despedía, la señora Jennings empezó a cantar «Au Clair de la Lune».

La canción favorita de su Grand-Mère. El poder en aquellas palabras le provocó escalofríos por la espalda, pero no podía negar que algo dentro de ella —algo profundo en su sangre— cantaba la misma canción. Algún día, se volvería demasiado ruidosa para negarla, pero no hoy.

—Deberías cantarla esta noche, querida —dijo la señora Jennings, con su propia voz—. Será algo verdaderamente mágico.

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