Arkham International – Temporada 2

Arkham International: La llamada del mar maldito, nos vuelve a llevar tras los pasos de Trish y Roland una vez convertidos en agentes de la Fundación al final de la temporada anterior. Los sucesos de La ciudad sumergida aún colean y queda mucho por aclarar. En estos capítulos volveremos a interactuar con viejos conocidos y conoceremos más sobre qué está ocurriendo en el mundo de los Arkham Files.

CAPÍTULO UNO: KETCHIKAN

Hacía frío, estaba húmedo y Trish Scarborough se sentía desdichada. Se encogió aún más dentro de su abrigo y pisó fuerte con sus botas, intentando devolver algo de sensibilidad a sus dedos. La hierba congelada crujió bajo sus pies, un sonido que la irritó todavía más. —Odio Alaska —murmuró, sin importarle quién pudiera escucharla. —Ya lo has dicho —comentó Roland Banks, dando un sorbo a su café—. Más de una vez. —Y seguiré diciéndolo hasta que abandonemos este yermo helado. Roland la observó por encima del borde de su taza. —Siento el deber de recordarte que fuiste tú quien quiso seguir esta pista en particular. Dio otro sorbo. Trish tuvo la clara impresión de que su compañero estaba disfrutando de su incomodidad. —Gracias por el recordatorio —espetó, malhumorada. ¿Acaso se dibujaba una sonrisa en su rostro? Por el bien de él, esperaba que no. Volvió a patear el suelo—. De todos modos, ¿cuánto se tarda en meter un barco en el dique seco? —Depende del barco. Trish le lanzó a Roland una mirada de advertencia. —Gracias, Roland. Eres de gran ayuda.

Roland ocultó la boca tras la taza de café. Estaba sonriendo, no cabía duda. Ella decidió ser la persona madura y pasarlo por alto. Después de todo, no era realmente culpa suya. Como bien había señalado, ella era la que había insistido en venir a Alaska para investigar una pista. La Fundación tenía otros agentes; no tenían por qué ser siempre ella y Roland. Pero había tenido un presentimiento extraño con este caso, y durante su tiempo en la Oficina de Cifrado había aprendido desde el principio a confiar en sus ocasionales destellos de intuición. Ya no formaba parte de la Oficina, por supuesto, pero algunas costumbres son difíciles de erradicar.

Como siempre, pensar en cómo habían terminado las cosas con la Oficina le producía cierto pesar. Habían sido unos meses extraños desde que ella y Roland habían sido reclutados a la fuerza para trabajar en la Fundación. No es que el trabajo en sí fuera muy diferente. Más bien, era el mundo el que había cambiado, al menos en la medida en que Trish juzgaba tales cosas.

Era como si todo estuviera ligeramente inclinado. Las viejas certezas se desvanecían rápidamente, para ser reemplazadas por… ¿qué? ¿Caos y confusión? Una receta segura para una atrocidad inminente. Calculaba que tenían unos diez años, quizá menos, antes de que alguien, en algún lugar, hiciera algo fenomenalmente estúpido y uno de los incendios que actualmente ardían por todo el planeta se convirtiera en una auténtica conflagración. Pero ese tipo de cosas no eran su principal preocupación en estos días.

No, tenía nuevas y, francamente, más aterradoras preocupaciones que la inquietaban.

Caso en cuestión: la goleta rusa, Nikolai, que en ese momento estaba siendo trasladada —muy lentamente— hacia el dique seco. La Guardia Costera había encontrado el barco a la deriva en algún punto del Pasaje Interior, totalmente desprovisto de vida. A bordo no se encontró ni una miserable rata. La Guardia Costera había remolcado el barco hasta la nueva base en Ketchikan, en la isla de Revillagigedo. Dicha base se había establecido hacía muy poco y, al igual que la ciudad —y, para el caso, la propia Alaska—, seguía siendo un trabajo en progreso.

Trish y Roland se mantenían a una distancia prudencial del dique seco de la base, observando cómo un remolcador introducía al Nikolai en la estrecha dársena y lo guiaba hacia la plataforma seca que sería su nuevo hogar en el futuro previsible.

—¿Crees que será como los demás? —preguntó Roland. —No me gusta hacer conjeturas —respondió Trish.

Este no era el primer navío que se encontraba abandonado últimamente; de hecho, se estaba volviendo una ocurrencia angustiosamente común tras lo que la prensa había dado en llamar la Inundación de Arkham. Solo que no había sido una inundación, no realmente. Fue más bien un diluvio, en el sentido bíblico. Un acto de Dios, pero no del que la mayoría de la gente pensaba.

—¿Alguna noticia de nuestros amigos de rojo? —¿Sobre esto? No. Roland la miró. —Sobre cualquier cosa. —Tampoco. A menos que nuestra nueva jefa esté guardando secretos. —Cosa que hace —sentenció Roland, apurando los restos de su café.

Trish asintió. La comisionada Qiana Taylor era el cerebro detrás de la Fundación, o uno de ellos, al menos. Si había sido su criatura desde su concepción, o si solo había actuado de partera, Trish no sabría decirlo, y las fuentes eran confusas. Había indagado un poco en sus horas libres, pero había regresado con las manos vacías. La Fundación no era el tipo de rompecabezas que se resolviera con facilidad.

La gente de Taylor había seguido en las sombras a Roland y a Trish durante la mayor parte del año anterior, observando cómo sacrificaban sus carreras —y casi sus vidas— para intentar descubrir qué había ocurrido realmente en Arkham y qué significaba para el mundo. La Fundación había descendido en picado con un rescate de último minuto y una oferta de trabajo. Sin un lugar a donde ir y sin nadie en quien confiar, Trish y Roland habían aceptado.

El trabajo venía con ciertas ventajas; el dinero ya no era una preocupación, para empezar. El presupuesto de la Fundación era astronómico en comparación con el de la Oficina de Cifrado o la Oficina de Investigación. Tenía sus límites: se esperaba que justificaran cada centavo. Pero había muchísimos centavos para gastar, y eso no era poca cosa.

La influencia era otra ventaja. La Fundación tenía las manos metidas en todos los asuntos. Había burócratas serviciales en prácticamente todos los países signatarios de la Sociedad de las Naciones, todos a la espera de engrasar la maquinaria en nombre de una investigación liderada por la Fundación. Para Trish, que había sido entrenada para mantener un perfil bajo, resultaba un tanto desconcertante. Roland, más acostumbrado a echar puertas abajo, estaba en su salsa. O al menos, tan en su salsa como un tipo como él podía estarlo.

Roland nunca había sido un aficionado a las intrigas; le gustaba tener una línea de fuego clara. Y ahora creía tenerla. La Fundación le había proporcionado un blanco y él estaba impaciente por hincarle el diente. Solo que eso estaba resultando peliagudo. La Fundación lidiaba con incertidumbres —anomalías— a diario. Averiguar de dónde habían salido dichas anomalías y quién estaba detrás de ellas, si es que había alguien, era más difícil de lo que sonaba. Roland tenía sus teorías; Trish tenía las suyas propias. Por lo general, se las guardaba para sí.

Ella y Roland abordaron el barco después de lo que pareció una eternidad. La Guardia Costera los dejó a sus anchas. Conducirían su propia investigación más tarde, por guardar las apariencias. La Fundación tenía un largo alcance, pero aún existía un velo de secretismo sobre sus investigaciones. Como la comisionada Taylor les recordaba a menudo, había ciertas cosas que el mundo no estaba preparado para ver en primera plana.

La cubierta superior de la goleta se veía tal como debía verse, salvo por la ausencia de tripulación y el estado andrajoso de las velas. Según la Guardia Costera, el Nikolai había capeado una tormenta antes de ser hallado. Sin marineros que recogieran las velas, el viento las había hecho jirones. O tal vez había sido otra cosa, pensó Trish.

Barrieron la cubierta con la mirada rápidamente, encontrando poco de interés, salvo unas marcas extrañas en las barandillas: arañazos, pensó ella. Posiblemente hechas con garfios. O garras. Los camarotes estaban igualmente desprovistos de cualquier cosa que pudiera servir de pista.

—Es exactamente igual que el anterior —dijo Roland en un tono monocorde. Sonaba irritado, quizás un poco asustado. Trish pensó que tenía buenas razones para estarlo. Doce embarcaciones de alta mar en los últimos tres meses y sumando, todas a la deriva, sin tripulación. Aún no se habían encontrado supervivientes ni se había descubierto el motivo de tal condición. Al menos, no por parte de la Fundación. —Y que el anterior a ese —añadió Trish.

Había rumores de que la versión oficial afirmaba que una potencia u otra había decidido cometer actos hostiles en aguas internacionales. Las apuestas seguras apuntaban a los rusos. Nadie confiaba en ellos, y con buena razón. Trish había pasado suficiente tiempo allí como para saber que no se podía predecir quién estaría al mando en Moscú de aquí a un mes —rojos, blancos o alguien nuevo—, ni qué podrían desear. Se asomó hacia la bodega y luego miró a Roland. —La edad antes que la belleza. —Eres demasiado amable.

Roland sacó una linterna de su abrigo y la encendió mientras empezaba a descender. Trish sacó su propia linterna y lo siguió. La bodega estaba oscura, húmeda y llena de cajas que supuso contenían cargamento. Encontró un manifiesto colgado en la pared y lo descolgó para examinarlo.

—¿Qué transportaban? —preguntó Roland, mientras dejaba que la luz barriera el interior del recinto. Trish mantuvo la suya enfocada en el manifiesto de carga. —Nada digno de mención. Aceite de ballena, principalmente. Supongo que podrían haber estado contrabandeando algo. —O a alguien —intervino Roland. —¿Te refieres a alguien como Tillinghast?

Roland no respondió. Trish suspiró. Tillinghast era la obsesión personal de Roland. Un comerciante de antigüedades que, según la insistencia de Roland, había estado en el centro de lo que fuera que había ocurrido en Arkham, y de otras abominaciones. Solo que Tillinghast había desaparecido poco después, y no habían tenido suerte en encontrarlo, ni siquiera con el respaldo de la Fundación. Finalmente, la comisionada Taylor los había puesto a cargo de otros casos, otros horrores, y la búsqueda de Tillinghast había descendido en la cadena de prioridades para todos, excepto para Roland.

Lo observó por un momento, no sin cierto afecto. Era un buen hombre en un mundo perverso, un rasgo que esperaba no acabara costándole la vida algún día. Empezaba a acostumbrarse a trabajar con un compañero, y Roland era más tolerable que la mayoría de los hombres.

Roland se tensó. Trish frunció el ceño. —¿Qué ocurre? —Me pareció ver… ah. Ahí está. Sacó un pañuelo del bolsillo de su abrigo y se agachó para recoger algo de la cubierta. En cuclillas, examinó su trofeo. —Latón percutido. —¿Qué? —Alguien disparó contra algo. —Pero, ¿contra qué? —Esa es la pregunta —dijo Roland, poniéndose de pie. Pateó algo que tintineó—. Más casquillos. Y me di cuenta de lo que podrían ser algunos agujeros de bala en la cubierta superior. Aquí abajo hay más. Armas ligeras, sobre todo. A menos que las estés buscando, podrías confundirlas con el desgaste normal. —Se dio la vuelta—. Y fíjate en las cajas. ¿Qué ves?

Trish siguió su mirada. Ahora que lo mencionaba, había algo extraño en la disposición de los cajones en la bodega; la forma en que habían sido apilados recordaba a los emplazamientos de las trincheras que ella había visto durante la guerra. —Aquí abajo resistieron un asalto —dijo en voz baja. Roland asintió. —A mí también me lo parece.

Le ofreció la evidencia, pero ella la rechazó con un gesto mientras miraba a su alrededor. Su mente, entumecida por el frío, al fin había entrado en calor lo suficiente como para empezar a funcionar. La bodega estaba atestada. Inmunda. ¿A propósito? No. No eran contrabandistas, dedujo. Había conocido a contrabandistas rusos; había trabajado con ellos un par de veces. Este era un buque de transporte legítimo, con mugre y todo. Así que, ¿entonces qué…?

Se detuvo y olfateó el aire. —¿Hueles eso? Roland olfateó. —Huelo a agua de sentina. —No, eso no. ¿Recuerdas el año pasado… en México?

La mano de Roland descendió hacia su arma reglamentaria. Trish negó con la cabeza. —No está aquí, pero lo estuvo. Ese mismo hedor a agua salada… como un pez abandonado al sol, o una rana hervida. Creo que una de esas cosas estuvo aquí. Quizá más de una. Se estremeció al pronunciar las palabras. La monstruosidad que los había atacado en México había sido como algo conformado por las peores cualidades de una rana toro y una piraña. Casi los mata a los dos.

—No tiene sentido —Roland sacudió la cabeza—. La cosa de México nos persiguió porque nos estábamos acercando a Tillinghast. —¿Lo hacíamos? —murmuró Trish. Tal y como ella lo veía, Tillinghast había sido un callejón sin salida desde el principio. Una caza de gamusinos. Roland no le hizo caso. Ella suspiró—. ¿Recuerdas ese paquete que recibimos antes de salir de Arkham? Roland frunció el ceño. —¿Ese polvo extraño que Taylor nos dijo que usáramos? —Sí, el polvo extraño. El Polvo de Ibn Ghazi, para ser exactos. Hace que lo invisible se vuelva visible.

Metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó la bolsa de cuero que les habían entregado al inicio de aquella misión. Además de dinero e influencia, la Fundación tenía acceso a un sinfín de herramientas útiles. Aquel polvo arcano era una de ellas.

La bolsa era vieja, el cuero estaba agrietado. Desmoronándose. La abrió con cuidado y extrajo una pizca. Se le erizó la piel. Taylor les había advertido que solo usaran una pizca. Es un riesgo, había dicho, ver demasiado. Trish estaba más que familiarizada con esa idea. En el juego de los espías, ver demasiado era tan perjudicial como no ver lo suficiente.

Respiró hondo y sopló el polvo en el aire, justo como le habían enseñado. Un suave zumbido inundó la bodega, seguido de un resplandor gélido que chisporroteó y se expandió. Una forma vaga tomó contorno; no la cosa en sí, sabía ella, sino su recuerdo. Algunas criaturas eran tan antinaturales que dejaban una impronta de sí mismas en el mundo: un eco sombrío, perceptible únicamente a través de medios místicos o para aquellos con sensibilidad psíquica.

Roland se tragó una maldición cuando la forma se reveló. Trish se quedó petrificada. Lo que vieron entre el polvo arremolinado era similar a la criatura a la que se habían enfrentado en México, pero más grande. Enorme y más espeluznante; apenas quedaba rastro de humanidad en aquella figura encorvada. Poseía las fauces de un depredador de las profundidades marinas y unos ojos como faros que se clavaron en ellos mientras se desplazaba por la bodega. Pero, tan rápido como había aparecido, desapareció, desvaneciéndose a medida que el polvo perdía su potencia. Trish sintió una oleada de alivio cuando la visión fluctuó hasta la inexistencia.

Roland, que había medio desenfundado su arma, sacudió la cabeza. —Bueno, ahora lo sabemos. Pero, ¿por qué atacar una goleta rusa? Trish se encogió de hombros. —¿Por qué atacar a unos pescadores frente a la costa de Nantucket? ¿Por qué atacar a un mercante con destino a Lisboa? ¿Por qué algo de esto? Hasta que no capturemos a una de estas abominaciones, no creo que consigamos respuestas —suspiró—. Espero que estén teniendo más suerte en Arkham.

CAPÍTULO DOS: ARKHAM

La comisionada Qiana Taylor se recostó en su silla e intentó masajear el creciente dolor de sus sienes. Demasiadas noches largas y muy pocas horas de sueño. Demasiados problemas y escasas soluciones. Su escritorio estaba sepultado bajo un mar de papeleo; informes de campo, declaraciones de testigos, manifiestos de carga y telegramas constituían el grueso del montón. Todo ello decía lo mismo: el mundo estaba en llamas y nadie sabía por qué.

Clavó la mirada en el techo, contando distraídamente los lápices que colgaban de las baldosas como estalactitas. Durante el día, de vez en cuando, alguno se desplomaba, sobresaltándola y sacándola de sus cavilaciones. Suspiró y se enderezó en la silla. Los papeles seguían en su escritorio. Les dirigió una mirada acusadora y luego suspiró con resignación. Como su madre solía decir a menudo: cuanto antes se empieza, antes se termina.

Taylor comenzó por los telegramas. La mayoría estaban recién despachados, con fecha no anterior al día previo. Los hojeó rápidamente, pero se detuvo cuando uno captó su atención. Enviado desde la oficina de Londres. Una simple cadena de números y guiones; aunque no en números arábigos. Números enoquianos, concebidos por John Dee en nombre de Francis Walsingham durante el reinado de la buena reina Bess. Un cifrado con una sola clave, actualmente en posesión de los criptógrafos de la Fundación. Taylor la había memorizado, al igual que cualquier otro cifrado del arsenal de la Fundación. Su memoria era una caja fuerte sin parangón; como un elefante, nunca olvidaba nada.

Lo leyó, lo procesó… y lo volvió a leer. Maldijo entre dientes. Malas noticias; aunque en estos días siempre lo eran. Otro agente en paradero desconocido. Eso también estaba sucediendo con más frecuencia últimamente. Habían perdido a cinco en los últimos dos meses, de Lisboa, Shanghái, Viena, San Francisco y Ámsterdam. Todos buenos agentes, todos ahora desaparecidos.

Y ahora este último… Londres. Pickell, ese era su nombre. Recordaba haberlo conocido durante su último viaje al extranjero. Tenía un aspecto pálido y acuoso, como si él y el sol no se dirigieran la palabra. Aun así, había sido diligente. Tenaz.

Y ahora se había esfumado.

Dejó el telegrama a un lado y se frotó las sienes. Había una presión cada vez mayor para encontrar una respuesta al actual clima de incertidumbre; los barcos se desvanecían o aparecían desprovistos de vida, el comercio internacional se veía interrumpido por extraños fenómenos meteorológicos y avistamientos de vida marina antinatural, y todo lo demás. Los británicos querían echarle la culpa a los rusos, pero ella sabía que los rusos estaban demasiado ocupados matándose entre ellos como para prestar atención al resto del mundo. No, la verdad era que todo se remontaba a Arkham.

Lo que no lograban descifrar era cómo ni por qué. Y sin eso, no había forma de convencer a los distintos presidentes y primeros ministros de que aquello no era obra del hombre del saco político de su preferencia. En ese momento, era Rusia; en un mes, podría ser otro. Quizá Alemania de nuevo. Quizá Italia. O quizá incluso los Estados Unidos.

Tomó un informe de los agentes en España. Estaban tras la pista de alguien que encajaba con la descripción de Carl Sanford, antiguo sumo mago de la Logia del Crepúsculo de Plata, una sociedad oculta ahora extinta con sede en Arkham.

Sanford ocupaba un puesto alto en la lista de personas con las que quería sentarse a charlar, justo detrás de Randall Tillinghast. Sanford había sido visto recientemente con un miembro conocido de la Camarilla Roja, lo cual resultaba fastidioso. En teoría, la Camarilla y la Fundación estaban en el mismo bando en ese momento. Entonces, ¿por qué no habían mencionado a Sanford? Quizás habían asumido que ella ya lo sabía. Aun así, era de mala educación, por no decir sospechoso.

—Engranajes dentro de engranajes —murmuró Taylor, mientras dejaba el informe a un lado y alcanzaba una carta. El matasellos indicaba Oxford, y la carta había sido escrita a mano en lugar de a máquina. Sonrió con cariño al reconocer la elegante caligrafía—. Mabati, viejo zorro astuto. ¿Qué te traes entre manos ahora?

Nkosi Mabati era el que se le había escapado; había intentado reclutarlo en la Fundación como consultor permanente al principio de su existencia, pero a él le gustaba hacerse de rogar. Un ocultista de nada desdeñable talento, siempre mantenía la oreja pegada al suelo y sabía más sobre asuntos paradimensionales que la mayoría de los aficionados; o, como mínimo, sabía cuándo dar la voz de alarma. Leyó la carta rápidamente por encima. Mabati estaba preocupado por ciertas rarezas en las Islas Orcadas, aunque no ofrecía muchos detalles al respecto.

Lo que sí hacía, sin embargo, era mencionar a Pickell, el agente desaparecido de Londres. Al parecer, él y Mabati habían estado trabajando en algo, solo que Mabati no había tenido noticias suyas durante un tiempo. Y, desde luego, Pickell no había mencionado nada sobre Mabati en sus informes más recientes.

—¿Qué te traías entre manos? —murmuró.

Con los otros agentes desaparecidos, no había habido nada que insinuara qué podría haberles ocurrido. Ni casos abiertos, ni mensajes… nada. Un instante estaban allí, y al siguiente, se habían esfumado. Pero si Pickell había estado trabajando con Mabati, eso significaba que había un rastro, por tenue que fuera, que podían seguir. Podría llevar a respuestas.

Se dirigió a la puerta de su despacho y se asomó, estudiando la sala de agentes. La Fundación había requisado una parte en desuso de los archivos en la Biblioteca Orne, en el campus de Miskatonic, como una nueva base de operaciones. No, pensó, no una base de operaciones… una base de vanguardia, en pleno corazón del territorio enemigo. Arkham había sido el epicentro de una gran incursión paradimensional —quizás más de una— y los efectos de dicha incursión todavía se propagaban hacia el exterior de formas impredecibles.

La sala de agentes estaba recién poblada con escritorios viejos y caras nuevas. La mayoría de los nuevos agentes habían sido traídos de todos los rincones de la costa este para reemplazar a los caídos en la Inundación de Arkham. Pocos, por no decir ninguno, tenían experiencia real con el tipo de atrocidades con las que la Fundación se había formado para lidiar. Pero aprenderían pronto, por desgracia.

El zumbido de la oficina era amortiguado en el mejor de los casos. Un duelo de zumbidos de conversaciones murmuradas competía con el constante traqueteo de los radiadores de la biblioteca. Taylor se aclaró la garganta y se hizo el silencio, salvo por los radiadores.

—¿Han vuelto ya Scarborough y Banks? —Mañana, creo —intervino una de las caras nuevas. Un hombre más bien joven, con el porte rígido de alguien que había pasado por el entrenamiento militar y lo había encontrado formativo—. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarla, señora?

Taylor lo estudió durante un momento. No lo conocía, aunque eso no era de extrañar. Érase una vez en que los había conocido a todos. Elegidos a dedo todos y cada uno, incluyendo a los agentes extranjeros como Pickell. Ahora, había demasiados rostros y nombres como para que incluso su memoria pudiera procesarlos.

Se ha convertido en una guerra de desgaste, pensó con abatimiento. No había empezado en absoluto como una guerra, sino como algo bastante diferente. O tal vez se equivocaba. Tal vez siempre había sido una guerra, y la raza humana tan solo había sido la última en darse cuenta. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo. Demasiado poco, demasiado tarde, pensó. Se dio cuenta de que todo el mundo la estaba mirando. Sacudió la cabeza.

—No. Simplemente avísenme cuando hayan llegado. Quiero verlos.

CAPÍTULO TRES: SOUTHAMPTON

Roland Banks se acomodó la bolsa de lona al hombro mientras bajaba pesadamente por la pasarela. Los muelles de Southampton eran ruidosos, y él hizo una mueca de dolor cuando el auténtico muro de sonido lo embistió. —Tienes mala cara —dijo Trish a sus espaldas—. ¿Todavía mareado?

—No —respondió Roland, cortante.

—Bien. Mantén los ojos bien abiertos. Se supone que Mabati nos verá aquí.

Roland suspiró y siguió caminando. No es que no confiara en Mabati, pero no sabían nada de aquel hombre, no realmente. Por lo que Roland podía deducir, se movía en los mismos círculos sutiles que hombres como Tillinghast o Carl Sanford. Lo cual significaba, a juicio de Roland, que sabía demasiado, y nada bueno. El mundo se había vuelto —no, siempre lo había sido— más salvaje y extraño de lo que a Roland le resultaba del todo cómodo. Todavía estaba intentando asimilarlo. Trish no parecía tener ese problema. Claro que ella probablemente estaba acostumbrada a que nada fuera lo que parecía.

Sus ojos barrieron los muelles al llegar al final de la pasarela. Multitudes de pasajeros desembarcando empujaban a tripulantes y estibadores en una ruidosa confusión. Las gaviotas volaban en círculos por encima de ellos, sumándose al estruendo. El aire estaba cargado de un hedor a humo, gasoil y agua de sentina. Deseaba un cigarrillo. Buscando a tientas en su abrigo, se apartó del gentío y se colocó junto al agua. Algo en aquella multitud lo tenía en tensión, aunque no sabría decir qué. Tal vez fuera solo el ruido; tal vez fuera su estómago revuelto.

O tal vez fuera otra cosa.

Trish llegó hasta él a tiempo para arrebatarle un cigarrillo de su paquete. —Tú también lo sientes —dijo ella, mientras él le encendía primero el suyo y luego el propio. No era una pregunta. Él asintió.

—Nos están vigilando.

—Podrían ser matones locales. Buscando presas fáciles entre la multitud.

—Ninguno de los dos parece rico —dijo Roland, echando un vistazo furtivo a la multitud, en busca de alguien que prestara demasiada atención, o que se esforzara deliberadamente por no prestar ninguna en absoluto. Trish exhaló un anillo de humo.

—Taylor nos dijo que nos mantuviéramos alerta —dijo en voz baja—. No se habría molestado en mencionarlo si no estuviera preocupada. Taylor los había acorralado tan pronto como regresaron de Alaska. Apenas habían tenido tiempo de redactar sus informes antes de estar de camino a Nueva York, y de allí a Southampton.

Roland gruñó. —Todo el mundo está preocupado.

—Y con razón.

—No he dicho que no la tengan —respondió. El mundo estaba en alerta máxima, aunque todo hijo de vecino intentara fingir que todo seguía igual. Pero las cosas distaban mucho de ser normales. Probablemente nunca volverían a serlo.

Él leía los periódicos. Las ballenas seguían varando en las playas y la gente aseguraba que, a veces, el viento olía a incienso o transportaba el suave eco de unas campanas. Todo parecía un presagio ahora. Mientras habían estado en Alaska, oyó hablar de cazadores que desaparecían para reaparecer semanas más tarde, con los pies calcinados hasta el hueso y murmurando acerca de algo que los había arrastrado hacia el cielo. Durante la travesía, había observado cómo las aves marinas se zambullían en el agua y nunca volvían a salir a la superficie. No le había mencionado ninguna de las dos cosas a Trish, por no preocuparla.

El mundo se había salido de su eje; él podía sentir ese desajuste en los huesos. Trish también podía, aunque nunca lo mencionara. A veces, Roland deseaba que lo hiciera, solo para poder hablar de ello con alguien. Otras veces, agradecía su silencio.

Trish le dio un codazo, sacándolo de sus ensoñaciones. —Ahí está.

Roland parpadeó, yendo medio paso por detrás de ella. —¿Quién?

—Mabati.

Avergonzado por su falta de atención, siguió su mirada y vio la figura familiar de Nkosi Mabati saludándolos desde la multitud. El otro hombre tenía prácticamente el mismo aspecto que la última vez que se habían visto, cuando acudieron a Oxford en busca de respuestas a lo que fuera que había ocurrido en Arkham. Roland sopesó su bolsa y siguió a Trish hacia el tumulto. Les llevó varios momentos de empujones y disculpas llegar hasta Mabati, quien los recibió con una amplia sonrisa y un apretón de manos. Al estrechar la mano de Roland, se inclinó hacia él. —Os están observando, amigo mío.

—Eso habíamos supuesto —murmuró Roland en respuesta.

Mabati asintió enérgicamente. —Venid. No sé vosotros dos, pero a mí me vendría bien un té.

—Yo mataría por un café —dijo Trish, entrelazando su brazo con el de Mabati. Él los llevó a una cafetería en la calle principal, llamada la Rosa Blanca de Miss Farrow. Era un local más bien pequeño, con una decoración anticuada y unos pocos asientos en su interior. Mabati les consiguió una mesa cerca de la ventana, y pidieron. Por suerte, servían café.

—Cuando Taylor me telegrafió para avisarme de que os enviaba a vosotros dos, admito que me alegré bastante. Me complace saber que ambos sobrevivisteis a vuestra… investigación, y que habéis encontrado un firme respaldo en la Fundación.

—Eso es una sorpresa, viniendo de usted —dijo Trish—. Por lo que Taylor nos contó, ha intentado reclutarle varias veces.

Mabati sonrió. —No sé trabajar en equipo. Además, detesto el papeleo.

—Entonces, háblenos de Pickell —dijo Roland, yendo al grano. Mabati esperó a que trajeran las bebidas —y un bollo para él— antes de empezar.

—Pickell. Un buen muchacho, aunque un tanto blando. —Mabati mordisqueó su bollo—. Me estaba ayudando a investigar algunas cosas. A expensas de la Fundación, por supuesto.

—Por supuesto —dijo Trish, con evidente diversión.

Roland resopló. —¿Qué cosas?

Mabati dio un sorbo a su té. —Scapa Flow.

Roland miró a Trish. Ella entornó los ojos. —Es un gran puerto natural, en las Islas Orcadas —explicó ella—. También es la sede de la principal base naval del Reino Unido. ¿No es así, señor Mabati?

Mabati asintió y dio otro sorbo de té. —Por no mencionar que es donde se echó a pique la flota alemana, tras el reciente altercado. Razón por la cual el gobierno de Su Majestad solicitó mi… ayuda en este asunto.

—¿Y de qué asunto se trata? —preguntó Roland. Estaba empezando a tener un mal presentimiento sobre todo esto—. ¿Qué le estaba ayudando a investigar Pickell?

Mabati suspiró. —Creo que está relacionado con un asunto que su organización ya está investigando. —Miró por la ventana, con expresión inquieta—. Los mares se están volviendo más agitados cada día que pasa.

—Sabe algo de los barcos abandonados —aventuró Roland. Mabati estudió su bollo.

—Me temo que no sé exactamente lo que sé. Solo que todo esto me resulta muy familiar, y de una forma bastante desagradable. ¿Recuerdan los libros que les enseñé la última vez que nos vimos?

Roland se estremeció. —Sí. Difícil olvidar aquel lugar. Mabati lo había llamado la Biblioteca Encadenada: una colección de tomos ocultistas, escondida bajo los archivos de la Bodleiana. Algo hecho de polvo y odio había ido a por ellos allí, y podría haberlos matado, de no ser porque Mabati lo había desterrado, de algún modo.

—Encontró algo en los libros —dijo Trish.

Mabati pellizcó un trozo de bollo y masticó pensativo. Lo comió solo, sin nata ni mermelada. —Sí, pero como ya he dicho, todavía no estoy seguro de qué es lo que he encontrado. Referencias vagas a un… un desove o una especie de migración. Un repentino resurgimiento desde lo más profundo del mar. Pero entre esos crípticos murmullos había localizaciones. La mayoría de ellas ya han desaparecido, engullidas por el océano o por las convulsiones de la tierra hace milenios, pero algunas aún subsisten. Y son de un acceso relativamente fácil.

—Scapa Flow —dijo Roland.

Mabati dio un golpecito en la mesa. —Ha dado en el clavo, señor Banks.

—¿Y dice que Pickell le ayudó a descubrir esto?

—En efecto. Era sorprendentemente astuto para ser uno de los chicos de los recados de Qiana… es decir, de la comisionada Taylor. —Mabati se encogió de hombros, avergonzado—. He conocido a muy pocos que estén adecuadamente instruidos en cuanto a la verdadera naturaleza del mundo que habitamos. La mayoría se aferra a un statu quo idealizado con la desesperación de los marineros que se ahogan, como si pudieran… obligar al mundo a ser como desean mediante pura y obstinada fuerza de voluntad. Miró a Roland mientras lo decía, y este último se preguntó si lo estaban insultando… o halagando.

Trish se aclaró la garganta. —Tal vez deberíamos contarle lo que encontramos en Alaska.

Roland hizo un gesto con la mano. —Adelante. Sus ojos se desviaron hacia la ventana mientras ella ponía al corriente a Mabati. Había empezado a llover. Ondas de agua se deslizaban por el cristal, deformando los colores de la calle en tonos desagradables. Roland parpadeó.

Había alguien al otro lado de la calle, vigilándolos.

Un hombre vestido de traje, con una gabardina y un sombrero homburg. Parecía inofensivo. Estaba apoyado en el umbral de una puerta, con un cigarrillo brillando entre los labios. Había sido el acto de encenderlo lo que le había llamado la atención a Roland.

Mabati siguió su mirada y dio una cabezada. —Nos ha seguido desde los muelles. ¿Lo conoce?

—No. ¿Trish?

—Lo vi antes de entrar. Y no. Podría ser de la Inteligencia británica, preguntándose qué hacemos en su territorio. Especialmente si nuestro amigo aquí presente ha estado trabajando para ellos.

—No es de los suyos —aseguró Mabati.

Roland le lanzó una mirada. —¿Cómo puede estar tan seguro?

—Porque lleva consigo un talismán de gran poder. No es el tipo de herramienta que emplea el espía medio, me temo. —Mabati frunció el ceño y se frotó la sien—. Puedo sentir cómo golpea mis sentidos como el calor de una hoguera. No sabría decir qué hace, aunque es obvio que no está pensado para ocultar su presencia.

Roland se puso en pie. —A lo mejor deberíamos preguntárselo. Ya estaba fuera antes de que Trish o Mabati pudieran levantarse de sus asientos. La lluvia caía a cántaros y se alegró de haberse dejado el abrigo puesto al sentarse en la cafetería, aunque había sido más por despiste que por paranoia. Cruzó la calle a grandes zancadas, con los ojos clavados en la entrada y en el hombre que ahora observaba cómo se acercaba. El vigía arrojó su cigarrillo a la calle y salió bajo la lluvia. Se subió el cuello del abrigo y empezó a alejarse de Roland.

—Oiga, espere un minuto —le gritó Roland—. Quiero hablar con usted.

Pero el otro hombre siguió caminando. De hecho, aceleró el paso. Roland se apresuró a ir tras él, pero entre la lluvia y los demás peatones, le resultó imposible darle alcance. Al poco tiempo, lo perdió de vista por completo.

La multitud iba y venía a su alrededor, y se dio cuenta de que también había perdido de vista la cafetería. Se dio la vuelta, tratando de ver si lograba divisarla, cuando alguien le agarró del brazo y lo sobresaltó. Se giró rápidamente con los puños en alto, pero se detuvo al ver que era Trish.

Ella le lanzó una mirada fulminante. —¿Eres idiota? El abecé del espionaje, Roland. No dejes que alguien que ha sido un poco demasiado obvio al vigilarnos te atraiga hacia una ciudad que no conoces.

Roland dio un paso atrás, apartándose de la calzada, desconcertado. Rara vez Trish se enfadaba. —No me estaban atrayendo, estaba persiguiendo a un sospechoso —replicó. Sonó a una excusa pobre, incluso para él. Trish dejó escapar un suspiro de frustración y miró a Mabati.

—Dígaselo usted.

Mabati abrió las manos. —¿Decirle el qué? Él lo sabe. Pero por lo que he podido ver en nuestro breve trato, está en su naturaleza irrumpir en las fauces de la serpiente y asfixiarla desde dentro. —Lanzó una mirada de disculpa a Roland—. Yo no lo haría de esa forma, que conste, pero claro, yo no soy un agente de la Oficina de Investigación.

—Exagente —corrigió Roland. Miró a su alrededor—. Lo he perdido. Estaba molesto consigo mismo y lo notó en su propio tono de voz.

—Lo sé —dijo Trish. No parecía especialmente contrariada; más bien estaba aliviada—. ¿Podría haber sido una de esas… cosas? He oído que algunas casi podrían pasar por humanas.

Mabati hizo una mueca. —Es posible. Lo que es más preocupante: si… esa gente está realmente involucrada como afirman, entonces esto no es un simple desbordamiento paradimensional, como podría llamarlo la comisionada Taylor. Más bien forma parte de una estrategia, y una que potencialmente lleva eones fraguándose. Arkham no fue más que la primera onda. Habrá más, y más grandes. —Mabati miró hacia los muelles—. Una inundación como nuestro mundo solo ha visto una vez, en la era en que la Atlántida era el centro de la creación. —Miró a Roland y a Trish—. Pickell fue a Scapa Flow y no regresó. Ahí es donde debemos empezar.

—¿Debemos? —preguntó Roland, mirando a Trish—. ¿Viene con nosotros?

Mabati sonrió. —¡Por supuesto! No podría enviarles allí solos. Qiana… es decir, la comisionada Taylor, me cortaría la cabeza. Y no sé ustedes, pero a mí me gusta mi cabeza donde está, firmemente unida a mi cuello.

Roland suspiró. —Supongo que necesitaremos tres billetes para las Orcadas, entonces.

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