El Año sin Primavera – Relatos III

Tercer y penúltimo artículo del I Certamen de Relatos «El Año sin Primavera». Ya se va acercando el final, pero aún quedan auténticas joyas por leer y no me refiero sólo a los relatos finalistas, ni a los relatos de los sacos, ya veréis como en el artículo de hoy encontráis alguno que os toque la fibra.

Ahora a disfrutarlo, y recordad que si os gusta algún relato en especial, si dejáis un comentario el autor lo agradecerá enormemente.

 

 

 

EL ECO MÁS PROFUNDO por Ander Pérez

Lo último que vio la oceanógrafa Lena Vaughan antes de introducirse en la cápsula de inmersión, fueron los relámpagos purpúreos sobre sobre el puerto de Innsmouth.

–Es normal que esté nerviosa, señorita –dijo uno de los hombres del barco con tono condescendiente–, pero le aseguro que aunque estemos mar adentro, las aguas seguirán en calma hasta bien entrada la madrugada.

Una vez dentro, Lena ayudó a entrar en la cabina a su compañero, Jacob Lambert.

–Ignóralo, Lena –aconsejó él con una sonrisa cómplice–. No quiero que hagas llorar a esos rudos marineros.

Lena soltó una carcajada mientras se ajustaba la cremallera del mono de trabajo. Acarició la insignia de la Universidad Miskatonic, bordada en el pecho.

–¿Sabes en qué pensaba? –preguntó mientras observaba cómo cerraban la escotilla sobre ellos– En que podríamos haber sido buenos amantes…

–Si te gustaran los hombres –apostilló Jacob con sorna mientras confirmaba que todo estaba listo para descender. Lena le guiñó el ojo y recogió su melena rizada, salpicada de alguna que otra cana, en un improvisado moño.

La cápsula había resultado todo un desafío para sus creadores. Espacio para dos personas, comunicación directa con el exterior gracias a un sistema de telefonía y un anclaje en la parte inferior que, al menos en teoría, debía conectarlos con la escotilla del submarino Bremen, que los esperaba a más de 40 metros de profundidad.
–¿Qué encontraremos allí abajo? –se preguntó Lena en voz alta. Jacob se encogió de hombros y resopló. A Lena le resultó cómico el gesto de su rostro enjuto.

La operación de acoplamiento rozó el fracaso, pero los astros parecieron alinearse para que la escotilla del Bremen fuera abierta desde la cápsula de inmersión; Lena y Jacob se colocaron las máscaras conectadas a unos pequeños depósitos de oxígeno y tras encender sus linternas, descendieron al interior del submarino.

–¿Hueles eso? Se cuela por la máscara –se quejó Jacob sacudiendo sus manos al aire. Olía a grasa y bencina; humedad y herrumbre–. ¿Serán gases? Maldita sea, no me gustaría morir envenenado.

Se encontraban en la sala de control. Giraron sobre sí mismos e iluminaron el lugar. El espacio era claustrofóbico y, casi sin darse cuenta, comenzaron a caminar agachados.

–Tanto secretismo por parte de la Universidad, me enerva –susurró Lena mientras avanzaba hacia los dormitorios del submarino–. El profesor Woodbury no nos contó todo sobre esta expedición…

–Un submarino desaparecido en 1916 que aparece once años después en perfecto estado a varias millas de su destino –repasó Jacob en voz alta mientras iluminaba el pasillo curvo. Los volantes de cierre dispuestos con tanta precisión para que encajaran en las estrechas paredes de la nave, le recordaron a las ventosas de un tentáculo–. Si te preguntabas qué íbamos a encontrar, apostaría a que unos cuantos esqueletos.

Unos pocos metros después, llegaron a la estancia dormitorio. Literas colocadas como si fueran baldas de una estantería. No había nadie allí. Ningún cadáver. Solo las pertenencias desperdigadas de los tripulantes desaparecidos.

El silencio se rompió con un crujido metálico. Lena se giró hacia Jacob y dejó de respirar durante un instante.

–El casco… la presión… –sugirió él mientras ladeaba la cabeza.

Lena continuó a paso lento hacia la zona de carga. Era allí donde debía encontrarse lo que el profesor Woodbury esperaba. «El Bremen transportaba un artefacto oculto entre su mercancía» fue lo único que les dijo antes de enrolarse en aquella aventura.

Jacob se agachó y comenzó a rebuscar entre cajas de madera y embalajes. De pronto Lena, sintió una punzada en los oídos. Un zumbido penetró su cabeza y no pudo evitar lanzar un pequeño grito. Giró sobre sus pies y a sus espaldas, entre varios paquetes envueltos en tela raída, vio un resplandor verdoso.

–¿Qué ocurre, Lena? –preguntó Jacob preocupado. Se acercó a ella y vio la misma incandescencia. Era un pulso de luz que seguía un ritmo constante. No parecía tratarse de una bombilla o parte de la maquinaria del submarino.

Lena dejó su linterna en el suelo y apartó los bultos de alrededor para revelar el objeto que emitía aquel brillo.

Era un artefacto piramidal, con bordes metálicos y facetas de un mineral tosco y translúcido, que filtraba la luz verde esmeralda de su interior. En cada esquina, había inscritas palabras en un idioma que ella no reconocía. Al cogerlo entre sus manos, notó que el objeto no pesaba apenas y estaba frío, demasiado frío. Lena se estremeció y el zumbido volvió a aparecer. En pocos segundos se sintió enferma. ¿Algún tipo de radiación, quizá?

–Esto no ha podido ser creado por ningún humano, Jacob –sentenció Lena con voz temblorosa.

Pero él no estaba allí. Lena comenzó a respirar con dificultad. Una voz ronca, como si alguien intentara hablar y no pudiera, llegó desde la sala de máquinas.

–¿Jacob? ¿Dónde estás? –preguntó Lena sin recibir respuesta. Corrió hacia la sala de máquinas; la pirámide iluminaba todo con su pulsación verdosa. Cuando ya no tenía adónde correr, Lena se detuvo. Allí no había nadie.

El fulgor dejaba ver la sala. Las bielas, chorreaban aceite. Los tubos, manivelas y depósitos de combustible, aparecían y desaparecían al compás marcado por la pirámide, entre las temblorosas manos de Lena.

–¿Ja-jacob…? –balbuceó Lena, paralizada por el miedo. El resplandor iluminó el fondo de la sala; solo tuberías y engranajes. Volvió la oscuridad y con ella, aquella voz áspera. De nuevo, la luz reveló las piezas de la sala de maquinas, pero en esa ocasión, había algo más; una sombra alargada, escondida entre las tuberías; pegada a la pared. Lena dio un salto hacia atrás y la pirámide se apagó. La voz pareció regurgitar algo. Lena extendió sus manos y esperó a que el pulso de luz regresara. La llama esmeralda dejó ver las mismas estructuras metálicas, embudos, bielas… y aquella sombra a la derecha, mucho más cerca.

–¡Por favor, Jacob! –gritó Lena a punto de perder la cordura. En cuclillas, alzó la pirámide y extendió sus brazos todo lo que pudo. La negrura envolvió su cuerpo y sintió un aliento hediondo en su cara. Cayó sobre su espalda pero aferró el artefacto como si le fuera la vida en ello. Entonces, todo se tiñó de verde y la sombra cobró forma ante ella. Un ser de aspecto antropomorfo, de piel brillante, escamosa y cabeza de pez. ¿Qué llevaba entre sus garras membranosas? ¿Acaso era una cabeza humana?

Horrorizada, Lena dio la espalda a la criatura marina y corrió hacia la sala de control. Debía volver a la cápsula; podía hacerlo, podía escapar de aquel horror. El pulso luminoso dirigía su camino; se encendió al cruzar la zona de carga; se apagó al salir de ella. Se encendió al llegar a los dormitorios; se apagó cuando faltaba poco para llegar a la salida.

Fue en la sala de control, bajo la escotilla, cuando retornó el destello y vio a aquellos seres anfibios, que parecían esperarla. Pronunciaron algo ininteligible para Lena y con violencia, arrancaron de sus manos el artefacto. El zumbido volvió y la pirámide se apagó por última vez.

Lena gritó todo lo que el oxígeno le permitió y, en ese preciso instante, fue consciente de que era imposible que su voz llegara jamás a la superficie.

 

 

 


EL ESTUDIO DEL CUERPO por Arantza García Vicente

A pesar de que John empujó la pesada puerta de metal con cuidado para no llamar la atención, no pudo evitar que chirriara de manera desagradable y estrepitosa. Apoyó su cara en ella para escudriñar por la rendija que había dejado abierta y la fría chapa sin adornos le devolvió un beso frío y húmedo.

– Llegan tarde –se dijo nervioso–. Habrá ocurrido algo?

Siempre era el mismo ritual: A media noche, en el almacén del callejón cercano a la calle Peabody , donde una única lámpara de arco se esforzaba por llegar con su luz a todos los rincones y apenas alcanzaba a alumbrar la mitad de ellos, creando cuando parpadeaba, sombras informes que arredrarían a muchos valientes de esta ciudad. Era el sitio perfecto.

Los tipos a los que esperaba no eran de los que uno recibe en su casa para cenar y sin embargo, fue allí donde los conoció. Bowles Finnigan se presentó una tarde en su consulta con su hermano Jack y una fea herida en el costado derecho que sangraba en abundancia. La oxidada placa a la puerta de su hogar que rezaba: John Mackennan – Doctor, le señalaba como uno de los pocos médicos de la ciudad de Arkham capaz de salvarlo de una grave infección, e incluso de la muerte sin hacer demasiadas preguntas.

Un ruido de motor lo devolvió al presente. Acercándose a ritmo cansino y con los faros apagados, se adivinaba una camioneta de color indeterminado, que por sus formas, parecía una Chevy un tanto destartalada. Según se aproximaba, la tenue luz del callejón permitía vislumbrar en su frontal lo que parecía un símbolo: un trébol de cuatro hojas. Eran ellos.

John salió por fin al exterior a recibirles, mientras Bowles bajaba del vehículo y Jack quedaba vigilando al volante con el motor a ralentí.

– ¿Ha traído el dinero? –susurró Bowles.

– Claro, como siempre –respondió el médico mientras palmeaba suavemente un par de veces el bolsillo de su abrigo gris– . ¿Qué tienes para mí?

Con paso rápido pero cauto, Bowles dirigió a John hacia la parte trasera de la camioneta cuya zona de carga estaba cubierta con una amplia lona de color ocre. Las marcadas aristas que se formaban en su superficie, revelaban casi sin ninguna duda una gran cantidad de cajas, que a buen seguro, procederían de alguna destilería clandestina cercana. Pero eso a John le traía sin cuidado. Lo que esperaba fue lo que vio a continuación: una ajada alfombra roja enrollada en un lateral de la cama del vehículo del que sobresalía una mano. Sus ojos brillaron de un modo tan avieso que incluso Bowles, tan indigno como era, se estremeció un poco.

– Sin preguntas –dijo John–. Ayúdame a entrarlo.

Ambos cargaron el pesado bulto introduciéndolo, a través de la puerta del almacén, en una primera estancia sin ventanas, pequeña y vacía, con muros desnudos de hormigón, que no era más que la antesala a la siguiente, una habitación algo mayor, con paredes y suelos alicatados en blanco sucio y una camilla metálica de patas plegables en el centro.

Las gotas de sangre que resbalaban por los dedos del cadáver y que la alfombra no lograba absorber, brillaban al caer en contraste con el suelo blanquecino y marcaban el camino hasta llegar a la improvisada mesa de operaciones.

–¿Una muerte reciente eh? Hará menos de 6 horas que este infeliz ha pasado a mejor vida –dijo John dirigiéndose al contrabandista–. La sangre aun no ha llegado a coagularse.

–Tuvo la mala suerte de meter las narices en asuntos privados –, masculló Bowles con desdén. –Bueno, ¿lo quiere o qué? Tengo que hacer otra entrega y ya voy con retraso.

–Por supuesto, amigo mío –Indicó John.

El médico pagó lo estipulado y Bowles visiblemente satisfecho, salió de la sala despidiéndose con un ademán despreocupado.

Una vez solo, John, se deshizo de su abrigo y en su lugar se vistió con una de sus batas blancas preparándose para la labor que le esperaba a continuación. Mientras avanzaba hacia el cadáver, respiró hondo y se permitió recordar cómo había llegado hasta aquí. Los titulares del Arkham Advertiser ya lo contaron hace un año: “Joven Doctorado con honores en la Escuela de Medicina de Miskatonic, expulsado del Colegio Médico por prácticas ilegales” Nunca entendieron mi ansia de conocimiento –se dijo para sí –, el dolor que me produce el no saber es real. Sé que necesito ayuda, pero ahora estoy aquí… –siseo entre dientes con una media sonrisa.

Destapó con un cuidado casi reverencial, el cadáver que tenía ante sí. Estaba desnudo ya. Acercó la mesa auxiliar de ruedas, donde tenía, además de su cuaderno de anotaciones, todo un arsenal de afilados instrumentos y comenzó a escribir con letra pulcra lo que observaba. Era un varón, entrado en la cuarentena y de complexión robusta. Los ojos de John corretearon inquietos por el cuerpo de en busca del origen de la sangre que manaba hace un rato pero no logró hallarla. Lo volteó para observar cuello, espalda y glúteos pero fue en vano. Ni rastro de herida alguna.

–¿De dónde procedía toda esa sangre? – Se preguntó inquieto–. Su olor dulzón aún me está mareando.

John retornó al hombre a su posición original, cuando de pronto, un brutal y violento espasmo encogió todo aquel enorme cuerpo sin vida. Primero hacia adelante, como si hubiera recibido un rudo directo en el estomago, y nuevamente hacia atrás, arqueando la espalda de un modo antinatural, casi imposible. El aire que se liberaba de entre sus vértebras, crujía y rompía el silencio como una grotesca carraca de feria. Sus extremidades vibrantes y desgobernadas, no eran más que meras comparsas del tronco y terminaron cayendo a plomo sobre la mesa junto con el resto del cuerpo. Luego cesó.

–¿Pero qué? ¿Cómo es posible? ¡Por todos los Santos! – balbució John, completamente pálido y con la nuca envuelta en sudor.

De nuevo, le pareció percibir un ligero movimiento. De los labios lívidos del cuerpo tendido ante sí, nacía la punta de algo violáceo y húmedo, envuelto en un leve gorjeo acuoso. John gritó enloquecido. No daba crédito a lo que veían sus ojos. Esa pequeña masa de “algo” estaba luchando por salir de las entrañas de aquel hombre a través de su boca ya reseca. Y ese algo indescriptible , era cada vez más largo y gelatinoso, más oscuro y dantesco. La mandíbula se rompió en mil pedazos cuando una gran lengua con forma tentacular apareció y comenzó a danzar ante él con lascivia.

Su corazón latía desenfrenadamente mientras sus manos temblorosas asían uno de los bisturís de la bandeja de modo inconsciente, colocándolo entre él y aquella monstruosidad, como si este fuera la última línea de defensa ante aquel espectáculo.

La reacción no se hizo esperar, y como el ataque de un áspid, el tentáculo retrocedió únicamente para tomar impulso de nuevo y salir disparado hacia John, hacía su boca, hacia sus ojos…

Entonces ocurrió: ¡El conocimiento era suyo! ¡Todo!

Segundos después, el bisturí cayó al suelo y ya no hubo nada más que negrura.

 

 

 


H2O por Enrique García Sánchez

Para un ser humano lo más terrorífico sería un espacio infinito sin puertas ni salidas. Un lugar del que por más que camines, corras y huyas jamás puedas escapar. El hombre teme a la inmensidad y es una parte tan insignificante del todo que carece de importancia su propia existencia.

Les contaré mi situación. No sé cómo he llegado aquí ni quien me ha traído. No sé donde estoy. Me encuentro en medio del mar, o del océano, andando sobre las aguas como si fuera el mesías, sólo que mi final aún parece más aterrador que el suyo. Si pudiera definir mi situación y ubicación actual diría que es incomprensible, imposible y otros calificativos que descartan la cruda realidad que estoy viviendo.

Camino sobre una plataforma metálica bastante estrecha, tanto que un balanceo puede hacer que me caiga fuera de ella. Debe tener un metro de ancho a lo sumo y carece de barandillas. Según mis conocimientos sobre arquitectura y lógica elemental para que algo se sustente a cierta altura debe tener al menos dos apoyos, o un único en el centro de gravedad quedando repartido el peso a cada lado del apoyo. Esta plataforma no tiene ninguno. Sé ésto porque estoy en medio del mar y mire a donde mire no veo más que agua. La plataforma, una especie de puente estrecho sin elementos verticales, queda ligeramente por debajo de la superficie del agua, de forma que ésta me llega hasta los tobillos. Cuando desperté en este sitio, estaba tumbado sobre ella y su sabor salado y frío me hizo cobrar el conocimiento. Agua, agua, agua. Una cruel tortura difícilmente imaginable.

Bajo mis pies puedo ver, o más bien intuir, las profundidades abisales del océano donde bestias y criaturas marinas aguardan en la oscuridad. El panorama es desolador y en un par de ocasiones he visto debajo de mi cuerpo una sombra inmensa que se desplaza entre las aguas. Tal vez haya tiburones en la zona. Tiburones que jamás hayan visto un humano y estén deseosos de conocer su sabor. Intento ver en el horizonte una isla, un puerto, quizá un barco. Necesito algo de esperanza. Pero la verdad es que estoy francamente impotente en esta situación. Siento un continuo pánico por lo que acecha en las aguas y no puedo guarecerme en ningún sitio. Lo único que puedo hacer es caminar y caminar en una de las dos direcciones que me marca mi extraordinaria prisión.

No soy lo que se dice un buen chico; debo dinero a gente y tengo varias traiciones a mis espaldas, pero no puedo imaginar que alguien haya montado todo esto con el único propósito de joderme. Sería mucho más fácil pegarme un tiro en la nuca y lanzarme a una fosa común. Dicen que morir ahogado es una de las peores maneras de salir de este mundo. Aún peor, la mayoría de náufragos mueren de sed al consumir agua de mar. El mecanismo de un ser humano es simple, tanto que es imposible poder frenar sus instintos. Si estás en un bote a la deriva y llevas dos días sin beber, inevitablemente probarás agua de mar, agua con un alto contenido en sal que te hará tener aún más sed. Es como el principio del fin. Tengo que tener los pensamientos claros y la mente fría. Empiezo a notar la espalda quemada y dolorida por el Sol. Y luego vendrá la noche.

Recuerdo cuando aún, siendo pequeño, mi padre y yo nos alejábamos de la orilla a profundidades que yo creía interminables y bajo de mí no vislumbraba más que el color verde parduzco de la posidonia oceánica. Siempre se me aceleraba el corazón pensando que una enorme boca repleta de dientes saldría de ella para devorarnos sin que nadie supiera nada jamás. Eso hacía que aleteara a más velocidad.

De nuevo una colosal sombra se mueve en las profundidades.

Imagino cientos de metros de pesada agua bajo mis pies, donde una criatura de dimensiones desproporcionadas se alimenta de ballenas y tiburones de tamaño medio. Un fabuloso kraken cuyos tentáculos tienen el tamaño de una embarcación de pesca. Tal vez el kraken que aparecía en aquella película, Furia de titanes, en la que los dioses del Olimpo decidían soltar de su prisión a la enorme bestia que emergía de las aguas para convertirse después en piedra al contemplar la cabeza de Medusa.

Sigo caminando y sigo sin ver tierra. Se respira tanta quietud que se hace patente que algo malo va a ocurrir. El Sol es abrasador y por su situación diría que son las dos o las tres de la tarde. Noto mis hombros irritados y escocidos por el continuo castigo de los rayos ultravioleta. Podría meterme un rato en el agua para refrescarme, claro que esa cosa, si es que la hay, podría también devorarme sin que me diera tiempo a decir la palabra mierda. Lo mejor es seguir caminando, caminando en la dirección marcada por mi cruel destino.

Suponiendo que estuviera a unos cincuenta kilómetros de la costa y caminando a una velocidad media de tres kilómetros a la hora, que puede ser menos debido a la resistencia continua que ofrece el agua a mis pies, tardaría casi veinte horas en llegar a tierra. Eso es prácticamente un día y sólo si estuviera a cincuenta kilómetros (y sin descansar). Estos datos estadísticos concluyen en un único resultado. Moriré aquí.

Estoy sentado, con el agua mojando mi trasero y preguntándome qué demonios hago aquí. ¿Y si estoy muerto? Puede que este sea mi infierno particular. Un inmenso mar cuyas aguas ocultan terribles peligros que un hombre es incapaz de imaginar. De nuevo el pesimismo me acoge en su seno y vuelca sobre el mar cualquier esperanza de supervivencia. No quiero morir aquí. No será hoy. Me incorporo estoicamente y miro al horizonte desafiante, grito con todas mis fuerzas el nombre de Dios y comienzo a correr hacia lo desconocido. La plataforma aguanta bien mis zancadas y el Sol quema tanto mi espalda que empiezo a notar la piel cuarteada y tirante. Corro y corro con una sonrisa fingida en mi rostro, con la expresión propia del que se lo pone fácil a la muerte. Finalmente caigo agotado sobre el sustento de mis pies y me golpeo la cabeza con el metal. Que acabe ya esto. Que acabe todo.

De nuevo despierto, una y otra vez en la misma pesadilla. Intento llorar pero perdería líquido que necesito para seguir vivo. Y entonces vuelve a moverse la inconcebible criatura en las profundidades. La imagino huyendo hacia la superficie donde resultaré ser una presa fácil. Alzo la vista al horizonte y veo esa estrella gigante de color naranja tan bella y magnífica que se me olvida que ha quemado mi cuerpo casi por completo.

La noche está llegando y con ella se apaga la esperanza. Cansado ya de imaginar un mañana, dejo caer mi fatigado y abrasado cuerpo al vasto océano, entregándome por completo a la furiosa bestia que se alza ante mí. La adoro como el vestigio de un Dios que trae mi salvación y sólo deseo que el dolor acabe pronto para poder seguir siendo un insignificante ser olvidado.

 

 

 


NO TE QUEDES JUGANDO A SOLAS por Ramón Reig Pons

Hacía rato que el reloj del comedor había cantado la medianoche. Pero Joel no lo había oído. No tan solo porque tenía cerrada la puerta de la pequeña habitación donde se encontraba, sinó porque los cascos le impedían oír casi nada de lo que sucedía a su alrededor. Con una mano sobre el teclado, y la otra manejando el ratón, el joven estaba absolutamente absorto en lo que sucedía en la pantalla del ordenador. En ella se veía un guerrero medieval, armado con espada, moviéndose por un nocturno campo abierto, a la luz de la luna.

Hacía ya un buen rato que sus compañeros de aventura se habían ido despidiendo, uno por uno, yéndose a dormir, pero Joel no quería cerrar todavía la partida. Se encontraba en una zona del juego que conocía muy bien, y estaba convencido de que podría obtener unas buenas ganancias con facilidad, sin tener que arriesgarse demasiado. Decidido, salvó la partida, y movió su personaje internándose en el oscuro cementerio.

La visibilidad del juego cambió; ahora únicamente se iluminaba un círculo alrededor del personaje, mientras que el espacio más allá quedaba a oscuras. La música se hizo más tétrica y grave. Conforme iba avanzando, le salían al paso los esperados enemigos no-muertos esqueléticos, de mayor o menor grado, que no suponían ninguna dificultad para Joel. Las ganancias iban sumándose en su cuenta y, viendo que subía de niveles con facilidad, siguió jugando sin reparos. Perdió la noción del tiempo.

Vuelta a la derecha, camino hacia la izquierda, de unas tumbas salen dos esqueletos, destruidos, avanza unos metros hasta la acequia, tres esqueletos al paso, un poco de lucha, derrotados, corre hacia la izquierda por la ribera, gira a la derecha cuando llegues a los riscos de la montaña, sigue bordeándolos hasta…

Un momento. ¿Qué era eso, a la izquierda, en la pared de piedra?

Joel conocía bien el mapa del cementerio, y sabía que en esta pared de montaña no había ningún pasadizo. De todas formas giró el personaje y volvió sobre sus pasos. Llegó a la ribera de la acequia sin ver nada anómalo. Pérdida de tiempo. Dio media vuelta dirigiéndose hacia donde había llegado, caminando poco a poco, observando las piedras atentamente. De repente, se paró. Detrás de una fisura en la piedra, había una estrechura más oscura que su alrededor. Se acercó para tocarla, y vio cómo su mano desaparecía entre la roca.

El corazón de Joel dio un salto. Había descubierto un paso no documentado en ningún mapa del juego. Tanto si era un error del programa, como un pasadizo hacia otra zona, este descubrimiento le haría famoso en todas las páginas de la temática. Con la sangre corriéndole con fuerza por las venas, se adentró en la oscuridad del pasadizo…

Estrechez. Angustia. Con la visibilidad casi nula, avanzaba palpando las paredes. Apenas podía caminar sin moverse, ni a izquierda ni a derecha, y con el techo tocando su cabeza. Pasados unos minutos, finalmente salió a un espacio abierto.

La luz no era la habitual. Podía definirse como la de una noche cerrada, sin luna ni estrellas en el cielo negro, pero que permitía ver los objetos próximos e intuir los distantes. Los colores casi habían desaparecido, y únicamente se percibían oscuros, morados y ocres. La música había callado, o eso parecía porque a ratos se podía percibir como unos tonos graves, per debajo de lo audible. El paisaje… Bien, definirlo como paisaje era imaginativo: formas extrañas, en un suelo irregular, destacaban a intervalos, mientras en la lejanía se divisaban grandes mases, como montañas desequilibradas. En una atmósfera densa, hasta los olores cambiaron a otros indefinibles.

Joel avanzó lentamente. Un paso detrás de otro. La emoción del principio dejó paso a una sensación incómoda, expectante. De repente, se encontró con un animal. O lo que parecía un animal. De altura y volumen como un jabalí, cubierto de pelo recio o púas de erizo, sin una cabeza visible, soportado per un número indeterminado de patas, cuatro o seis, estaba a una cierta distancia, como observando. El guerrero reaccionó como lo hacía habitualmente, i se abalanzó sin ningún miramiento, clavándole la espada repetidas veces, hasta que el animal lanzó un grito indescriptible y cayó destrozado al suelo.

Envalentonado , avanzó más deprisa por el paraje desconocido. Le salieron al paso un par de animales más como el anterior, que no resistieron mucho rato las acometidas del guerrero, y murieron en medio de gemidos y gritos guturales. Sin mirar atrás, siguió avanzando. Sobre un altozano vio otro animal, que huyó cuesta abajo antes de que llegara. Des del cerro no se divisaba ningún otro ser vivo, si bien unos extraños ruidos como aullidos o gritos apagados resonaban en la lejanía. Se dio cuenta de la inmensidad del escenario y, por primera vez desde que entró en este sitio, se sintió observado. Incómodo, entró en pánico. Dio media vuelta, y empezó a bajar la vertiente per donde había subido. Primero poco a poco, i después caminando deprisa, volviendo por el camino recorrido.

Un ruido, unos metros por delante y a la derecha de donde estaba, lo paró en seco. El rumor no se repetía. Avanzó sin perder de vista el sitio donde le parecía que había oído el ruido. Hacia la izquierda detectó un movimiento por el rabillo del ojo, pero cuando giró la cabeza, no vio nada. El corazón empezó a palpitar con fuerza. Corría sin tener ninguna certeza de que pasara por el mismo sitio que había seguido en la ida. Detrás suyo, en la distancia, unos gruñidos se oían cada vez más cercanos. Sin dejar de correr, miró por encima del hombro y vio las siluetas de unos animales más altos que una persona, que lo estaban persiguiendo sin correr.

Sudando y con el corazón desbocado, encontró la vertiente de la montaña por donde había entrado a este sitio. No encontró la fisura en la pared. Girándose, vio un par, tres, tal vez más, de esos monstruos con grandes bocas abiertas y brazos de largas garras. Sobrecogido, tiró la espada y siguió palpando la pared, apresuradamente, golpeando la piedra con las palmas abiertas, gritando.

De repente, encontró la grieta. Se metió sin pensarlo, ya notando los monstruos encima suyo, con un olor penetrante, nauseabundo, y un fragor salvaje. Corría por el estrecho pasadizo, tropezando constantemente los brazos con las paredes, los pulmones luchando por conseguir más aire, las piernas cada vez más pesadas y doloridas. Inexplicablemente, podía sentir y oler los monstruos detrás suyo, bien cerca.

Al fondo divisó una brecha en la negrura, con la luz de la luna. Un último esfuerzo lo trajo por la grieta abierta al cementerio, y cayó al suelo tropezando, sin aliento. Tan sólo tuvo tiempo de girarse desde el suelo, para ver salir en tromba los monstruos por el pasadizo. Sus bocas estiradas, llenas de dientes puntiagudos, fueron la última visión del guerrero.

Por la mañana encontraron el cuerpo destrozado de Joel, desmembrado y reventado, con la sangre y las vísceras salpicando paredes y muebles, absolutamente irreconocible. No había nada más en todo el piso, que pudiera dar una idea de cómo se había producido su muerte.

 

 

 


EL TRANCE por Ander Pérez

El don de la joven Eliza Blackburn era conocido por muchos en Providence, pero el escepticismo y el miedo más arraigado, habían ahuyentado a los clientes del negocio de la vidente, hasta el punto de que nadie quería pasar por delante de su casa. Al menos hasta que Gerald Holloway irrumpió en la consulta en mitad de una lluviosa noche de invierno.

–Buenas noches, señorita Blackburn –saludó él desde el quicio de la puerta.

–Le esperaba, Holloway. Deje su sombrero y gabardina en el perchero –indicó Eliza con desdén.

El parco Gerald colgó su ropa empapada y se quedó ahí, quieto en la penumbra de la entrada. Eliza lo invitó a sentarse en un pequeño taburete frente a su mesa de trabajo, solo iluminada por una lámpara de estilo Tifanny, mientras ella se acomodaba en un elegante sillón de piel. Era su forma de mostrarse superior a quien tuviera ante ella. 
 Frente a frente, Eliza fijó su mirada de forma furtiva en el rostro de aquel hombre rudo. Una fea cicatriz cruzaba su ojo derecho, desde la ceja hasta el pómulo. Retocó su peinado garçon con disimulo y se aseguró de que el escote de su elegante vestido de encaje lila no mostrara demasiado.

–Necesito contactar con mi hijo –suplicó Holloway mientras intentaba acomodarse en el ridículo asiento–. Mi mujer y yo perdimos a Daniel hace nueve años, en la guerra…

Eliza pasó sus manos sobre el tapiz de terciopelo de la mesa y suspiró. No era la primera vez que alguien la visitaba en busca de expiación.

–Fue soldado de la Fuerza Expedicionaria en la batalla de Argonne –continuó él con semblante impenetrable–. El batallón perdido, lo llamaron. Aquel 2 de octubre de 1918 muchos desaparecieron, o simplemente fueron dados por muertos. Nuestro ejército, por error, dejó caer bombas sobre ellos y toda la zona se convirtió en un gran cráter. No quedó… nada.

Holloway extrajo algo del interior de su chaqueta y lo colocó en el centro de la mesa con un golpe seco. Era una cruz de bronce, con un águila de alas extendidas en el centro y una cinta esculpida en el metal donde se podía leer: «Al valor».

–La Cruz por Servicio Distinguido es lo único que guardo de mi hijo.¿Será suficiente para que lo encuentre? –preguntó nervioso. Estrechó sus manos con las de Eliza y ella las retiró con un gesto de reprobación.

–Si este objeto lo conecta a usted con su hijo, mi trance me llevará a él –aseguró Eliza con altivez–, siga o no vivo.
Holloway la miró con inquietante tranquilidad. Ella cogió con delicadeza la cruz por el galón azul de franjas rojas y blancas del que colgaba y se la acercó al pecho. Cerró los ojos y, pasados unos minutos en el más absoluto silencio, exhaló y dejó caer su cabeza hacia delante.

Cuando Eliza abrió los ojos en el plano astral, su cuerpo seguía en la habitación con los párpados cerrados. Miró en derredor y pudo ver los árboles del bosque de Argonne, como estacas clavadas en una tierra hedionda, cubierta por un manto de niebla, muerte y putrefacción.
Frente a ella, de espaldas, solo quedaba un soldado en pie que caminaba con seguridad hacia un claro en el bosque, mientras sorteaba cuerpos desmembrados e ignoraba el estruendo de la batalla perdida.

–¿Daniel? –preguntó la vidente para llamar la atención de aquel hombre alto y fornido. Pero el soldado continuó su camino y desapareció tras unos zarzales.

Eliza lo siguió y, tras atravesar las zarzas, vio lo que había al otro lado. Un monolito de roca negruzca se alzaba en el centro de un montículo de raíces que contradecían su trayectoria natural y trepaban por la piedra como una retorcida enredadera. El enorme bloque, en su cara frontal, tenía tallada una escritura que resultaba ilegible a primera vista.

–Lo logré –dijo una voz tras Eliza. Esta se volvió y se encontró de bruces con el soldado superviviente–. Conseguí traerte hasta aquí.

Eliza se llevó las manos a la boca y negó con la cabeza de forma instintiva. Aquel hombre tenía una cicatriz que le cruzaba la cara, desde la ceja al pómulo derecho.

–¿Holloway? –consiguió articular Eliza con voz trémula.

–Comandante Holloway –corrigió el soldado, mientras se acercaba a ella con firmeza.

–Nunca hubo un Daniel, ¿verdad? –preguntó ella dando un paso atrás.

Holloway la bordeó y se puso frente al monolito. Cruzó sus brazos por detrás de la espalda y soltó una sonora carcajada.

–Mire esta maravilla que vino del cielo –Se giró de nuevo hacia Eliza con una expresión de regocijo–. La misión cambió en cuanto vimos caer el meteorito; y no me importó perder a mis hombres. Eran débiles, no estaban preparados. Por lo visto, yo tampoco… porque el pliegue en el tiempo me trae aquí una y otra vez y me encuentro siempre con el mismo final: la bomba cae sobre mí y no consigo leer la inscripción.

Holloway hizo un ademán con la cabeza para que Eliza levantara su mirada hacia el cielo.

–¡Santo Dios! –gritó ella horrorizada. Una sombra crecía sobre ellos; la de una bomba militar que caía lentamente, como si les otorgara la última oportunidad de escapar con vida.

–¡Lea La Palabra! ¡Memorícela! –exclamó Holloway fuera de sí–. ¡No tenemos tiempo!

Eliza estaba paralizada. Los ojos le ardían por las lágrimas contenidas y cerró los puños con tal fuerza, que se clavó las uñas en las palmas de las manos. «Lea La Palabra», repitió para sí misma. Y en ese momento, su mente se abrió como un bulbo y pudo entender el jeroglífico de origen cósmico.

La bomba tocó el suelo. La explosión destruyó la imponente roca tallada y un ruido blanco ensordeció todo.

Los párpados del cuerpo físico de Eliza se abrieron y sus ojos vieron la cara desencajada de Gerald Holloway, que la miraba enloquecido por encima de la mesa de su consulta. Ella tardó unos instantes en darse cuenta de que si le faltaba el aire era porque las manos de aquel hombre la estaban estrangulando.

–¡Dígame qué ha visto! –escupió entre dientes. Y ella lo recordó; recordó la inscripción, recordó La Palabra. Y la pronunció.

Toda la habitación pareció bailar al son de un temblor abismal, un rumor que arañaba los cimientos de la casa y se expandía más allá de sus paredes.

Holloway soltó el cuello de Eliza y ella se dejó caer a un lado del sillón, a punto de desfallecer. Él arrastró los pies hasta la ventana de la sala y tras descorrer las cortinas, la abrió de par en par.

Un olor a carne quemada inundó las fosas nasales de Eliza. Los gritos de la gente en la calle sonaban como notas de una melodía enfermiza. Se incorporó con dificultad y se acercó al alféizar.

Lo que vio fuera era de una monstruosidad tan inconcebible que, de forma irracional, se vio abocada a abrazarse con fuerza a Holloway.

–¿Qué he hecho, por favor? Dígame qué he hecho –preguntó Eliza desconsolada.

–Libres, mujer –contestó Holloway sin dejar de sonreír–. Nos has hecho libres.

 

 

 


MADRE HIEDRA por Laura Mars

Eran un grupo de once fanáticos de lo oculto, siguiendo el rastro dejado por unos escritos de hacía más de cien años. Horas de investigación, reuniones e intentos de invocación, todo en vano hasta ese instante. Aurora y Magnus dejaron de lado a sus compañeros al descubrir la trampilla en la iglesia abandonada. Se deslizaron por ella cerrando con sigilo.

—Haz menos ruido, ¿quieres? —le increpó Aurora a su compañero.

—Tus pisadas también suenan.

Los muros de piedra fría hicieron eco de sus palabras. Olía a humedad, moho y algo más. Avanzaron por el oscuro pasillo iluminando por el haz de sus linternas. Cuanto más se adentraban, más vegetación hallaban en las paredes, al principio finas hebras, después gruesas enredaderas.

—Aquí cerca debe haber agua —dijo Magnus pensando en alto.

—¿Tú crees? —contestó ella con ironía.

—¿Por qué tienes que ser así?

—¿Cómo?

—Paso de discutir.

—No, dime. ¿Cómo soy?

Magnus negó con la cabeza, acogiéndose a la estrategia del silencio como su aliada. Nunca se habían llevado bien y la tensión del momento solo empeoraba sus diferencias.